viernes, 14 de julio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XVIII


O amor son as alturas das montañas.
Lupe Gómez 





Te escribí miles de letras, desde todas las perspectivas y formas posibles: novelas, cuentos, poemas donde siempre aparecías disfrazado. Un tiempo te imaginé a mi lado en la forma de mi perro Zaspi y le decía "mi niño" como si fueras tú. Te vi reencarnado en otros; mucho tiempo atrás, incluso en alguna foto mía he creído percibir un destello tuyo, detrás, como esas investigaciones paranormales. También te pensé crecido, de veintipico ya, con barba y andar fuerte, conmigo colgada de tu brazo paseando por las ramblas y presumiendo de tu madre, claro está. En alguna pesadilla te vi enfermo y llorando y no llegaba con mi cuerpo a calmarte. Una tarde te percibí en un parque alegre, saltando baches y jugándote la vida en una bicicleta. Te soñé enamorado, alabándola y todo virtudes y yo celosa, sí, celosa, pero coherente. En otras pesadillas te percibí frustrado con la suerte y rompiéndote, al igual que también te soñé sonriente, alzando la copa del triunfo después de un gran esfuerzo. Sabemos que no tienes tumba ni más epitafio que esta esquina de dieciocho bordes donde el viento da la vuelta. Un psicólogo me dijo que debía enterrarte y es lo suyo, por supuesto; lo sano, lo correcto, lo adecuado, lo mejor para ambos. De hecho, quisiera estudiar Psicología, entre otras cosas, para aprender cómo transmitirle eso a un hipotético paciente y creérmelo. Porque, sinceramente, lo cierto es que mamá jamás te abandonará. 


domingo, 21 de mayo de 2017

Girasoles donde quieras.




Flaqueza o fuerza; ya está, es la fuerza. Tú no sabes adónde vas, ni por qué vas, entra en todas partes, responde a todo. No han de matarte más que si ya fueras cadáver. 

Rimbaud.





Robé con diez años un libro gordo llamado Senda, Historia de la Literatura Universal. Buena cosa fue, porque desde entonces no he dejado de escribir, aunque esas letras no fueran paridas en folios, en pantallas en blanco o en la piel de alguien, sino dentro de mis sienes, donde todo es mezclado y unido, saliendo una masa viscosa que en nada se parece a la realidad, si acaso la realidad fuera algo tangible y demostrable más allá de lo que cada uno piensa o percibe. Puede que mis ojos vean distinto, puede que mi cabeza retuerza y haga lo que le se le antoja, pero, ¿quién pone fronteras en los dedos? Nadie. Soy tan libre como cuando me negué a obedecer, tan pura como cuando me trocearon o tan valiente como cuando me levanté.  
Uno de mis hijos se llamaba Adrián. Tendría ahora el pelo negro de su padre y carné de conducir. Me hubiera gustado enseñarle fuerza, a disfrutar de las cosas pequeñas, a respetar a los animales y adorar a los niños, a no quejarse demasiado porque la queja ahuyenta a los amigos, a ser valiente ante las duras y exprimir las maduras, a amar la vida y retozar. A ser independiente pero cariñoso, orgulloso pero humilde, maduro pero niño -y, de paso, habría estado bien enseñármelo a mí-. Me hubiera gustado abrazarle, pero no tengo ni tumba donde ponerle flores. A veces escribo solo para él, como si pudiera leerme. 
He enterrado a Verlaine y Rimbaud bajo los dos robles, como si fueran él o Zaspi o las pérdidas que sufrí. Nunca sabré si murieron solos o fueron muertos. Pobres conejos que se dejaban coger y adoraban las cáscaras de plátanos. He llegado a esta casa con nada puesto y todo encima, 48 años con su secuela de mil siete cicatrices. He fallado a más de uno, he mentido, he sobornado, he sido cruel innecesariamente, he jurado en falso, dicho cosas que no pensaba realmente, adulado, jugado a dos bandas, traicionado, pecado y mucho, odiado. Sí, he odiado. De pequeña odiaba a mi madre por no ser la madre que yo necesitaba, como si eso fuera posible. De hecho, un día estrujé la botella del líquido del lavavajillas imaginando su cuello. Qué cosas. Tenía nueve años y aún no había robado el libro de literatura.  
También he sido feliz. He rebotado contra las paredes del abandono y he sabido lidiar con la soledad. Si traspasara al papel todo lo escrito en mi cabeza, ni Proust me pillaría. Ahora ando bien, estoy contenta conmigo, tengo esa sonrisa orgullosa de quien sabe quién es y todo encaja. Familia, buena salud, arte, magia, música, cielo, tierra y piel que aún tiembla, sorpresas que han de venir, aventuras sobre las olas y surcos donde dejar los pasos. 
Escribir es, a veces, purga y exorcismo; y otras, solo una senda, una ventana o la escapada perfecta. Te animo a que lo hagas cada vez que la vida te apriete el estómago, o cuando te lo acaricie. El mundo necesita más lectores, pero, también, más letras, porque las letras nos diferencian de las piedras y evitan la congelación. 

Me gustaría dejar buena huella y a mis hijos muertos -y a los vuestros vivos- un mundo mejor del encontrado, pero me temo que no tengo programa político ni discurso de miss, tampoco puedo acabar con presidentes cómplices corruptos o xenófobos, ni aumentar la riqueza de las naciones o domesticar al hombre para que no sea un lobo para el hombre. Tan solo puedo contribuir con mejores acciones y escribir lo que mis girasoles quieran contar, hasta que marchiten y caigan desgajados sobre la tierra. Tal vez antes se reproduzcan en vosotros: más libres, hermosos, amantes, fuertes, mejores de lo crecidos en mí.  

Sed buenos con ellos, son amigos frágiles y necesarios.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. VII








Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera todos los días.
Rimbaud



Manolo nunca nos dibujaba corazones en la espuma, ni espigas o cosas parecidas que, además de la fuerza del café, te empujara hacia un mejor día.  
Nos sentábamos en la terraza, apretando sillas bajo el voladizo y huyendo del frío y la lluvia. Mi esquina era siempre la izquierda, alejada de la puerta y del meollo de conversación mañanera. En la otra esquina, el anorak verde botella a la moda de la más moda de todas las modas, con las manos bien escondidas en esas mangas largas que buscamos los frioleros, apenas asomando para mover la cucharilla, esperando la hora y la espuma en el café. Parecía distraído, como si aquel no fuera su sitio, pero... ¿de quién lo era? Los polígonos industriales solo pueden ser hogar de ratas en la noche. Manolo le ponía siempre el café sin espuma, como si lo estuviera castigando por ser más guapo, o más joven, o lo que fuera más. Pero no era nada de eso, Manolo nunca tenía ganas de nada ni prisa. Ni siquiera para quitar las sombrillas veraniegas de la terraza cuando ya el invierno amenazaba tras los edificios de la avenida. Su mujer miraba a todos con lupa, haciendo que ayudaba mientras su marido arrancaba café tras café a una cafetera embrutecida, sonriendo idiota, como si su sonrisa fuera un reclamo y así la gente acudiera a llenar la cafetería y la cartera. Pero la gente iba porque no había otro bar en toda la manzana. Daba igual que él tardara diez minutos en servirte, cobrarte, mirarte siquiera, como si fueras un holograma proyectado y no tuvieras voluntad, o ella te analizara el Adn. 
Una muy fría mañana, Manolo me puso espuma en el café, con algo que parecía un corazón dibujado. Miré hacia el anorak verde y las manos enfundadas. Quería traspasarle el café y aquel presagio de buen día, pero me frenó el frío y las sensatas mangas largas. Entonces, llegó la mujer de Manolo, con su sonrisa idiota, y le sirvió también espuma con un corazón dibujado. Y después otro corazón vino rodando, con su espuma acariciante, y otro y otro. Los girasoles comenzaron a brotar por todas partes, como cajeros automáticos. Por un momento, fue un mejor lugar. Y fue verano. 


Phoebe Killder - The fade out line




viernes, 11 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. VI







Simon Siwak




Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, 
herido por el trigo, a pisar la pradera; 
soñador, sentiré su frescor en mis plantas 
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma. 
Me iré lejos, dichoso, como con una chica, 
por los campos , tan lejos como el gitano vaga.

Sensación, Rimbaud



Un hombre se perdió en Barbate. Tenía 30 años, complexión delgada, 1,70, cabello corto y castaño, ojos marrones de mirada incierta, como esa gente que mira sin mirar hasta que se detiene y mira con todo y sientes que te mira como si no te hubieran mirado antes. Hablaba entre pausas, inspirando cada frase al final sin dejar huellas, o eso creía él. Vestía bien, sin ser demasiado obsceno con las marcas ni estruendoso en los colores. Fumaba. Casi siempre guardaba el cigarrillo de liar demasiado rato entre los dedos, apagado. Se lo llevaba a la boca y fruncía el ceño al aspirar nada, pero no lo encendía. No, todavía. Podía decirse que era elegante, discreto, dueño de sus asuntos, algo jovial pero esquivo y con más mundo interior y belleza del que pretendía aparentar. Le gustaba una chica morena, compañera de trabajo. De cuando en cuando le decía cosas como que le alegraba el día verla, o qué bien te ves hoy, pero no avanzaba. No, todavía. Había madurado como las cebollas, por capas, y lloraba a escondidas sin que nadie le viera y sin saber por qué. Cuando desapareció, la Benemérita, familia y amigos lanzaron operativo de búsqueda: carteles, cuñas de radio, un artículo a toda página en el periódico, más carteles, boca a boca, ojo a ojo, confusiones, creyeron haberlo visto en Córdoba; luego, en un chiringo de Cádiz, que si había escapado al norte, donde siempre hay más trabajo, más lluvia, más dinero, porque la prosperidad es norteña en todo el mundo, no hay dudas. 
A los quince años de su desaparición, su hermano instó al juez para incoar su expediente de defunción. Nadie volvió a verle. Ni una huella en quince años. 
Me lo encontré hoy debajo de los dos robles, después de enterrar esta tarde a Verlaine, mi conejo muerto. Estaba sentado con su cigarrillo apagado entre los dedos: Me perdí en Barbate, no recuerdo nada más. Decidme cuándo vuelve la luna llena, que solo camino de noche, dijo a los girasoles de mi cabeza. 



Woodkid - I love you

martes, 1 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. V

De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada...
y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño,
llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.
Rimbaud



El niño estaba muerto. La blanca habitación se volvió gris; después, negra. Creo que nunca regresó a su color original, pero solo yo me percaté de eso -cosas de los girasoles, también muertos por aquel entonces-. Un día, casi diez años después, apareció Zaspi dentro de una jaula de cristal mirándome con sus ojos tristes. Iba a comprar un billete a Tenerife, 2003, a la agencia de viajes -internet en pañales, lo contrario que mi vida-. Junto a la agencia de Mónica había una tienda de animales. Mónica había salido y no estaba localizable -móviles también en pañales-. Vuelve otro día o le digo que te llame al despacho, dijo su compañera con cierto resquemor. Era un billete sin vuelta, pero sin vuelta del todo a ningún sitio posible, y solo quería que me atendiera Mónica, la chica leonesa de sonrisa más cálida de todo el hemisferio norte y especial, muy especial. Marché y regresé semana después, torpemente en un taxi, arrastrando muleta, mi pequeño y desgastado esqueleto y la sombra del niño demasiado oblicua. Otra vez, Zaspi en la jaula de cristal, lleno de legañas, sobre periódicos sucios y cacas, pises, tristeza. Llevaba quinientos euros, parte para el viaje y resto para pagar a unos robustos encargadores de mudanzas. Quinientos euros en un billete de quinientos euros, malva y sin desgastar, de esos que ya no volví a ver nunca más. Entré en la tienda y pregunté por el cachorro beige de la jaula de la entrada: Es un Lhasa Apso, ¿verdad?, ese que tenéis ahí como muriéndose, no sé si me explico, pero muriéndose-muriéndose. La dependienta me miró disculpándose: Lo siento, tienes razón, pero la tienda no es mía. Claro, claro, y ¿de quién es y dónde está el dueño? Dueña, es dueña, está detrás, en el almacén, dijo señalando una puerta verde. Llámala, quiero hablar con ella, pero antes: sácame al cachorro. Zaspi, que aún no sabía que iba a llamarse Zaspi, se encaramó a mi cuello, hizo ruiditos como de mimos y me dio un lengüetazo en la barbilla. Entretanto, la dueña salió frotándose las manos. ¿Cuánto pides? Setecientos euros, tiene pedigrí, pero un pedigrí de campeón y su madre es tal que cual y su padre es cual que tal. Deposité los quinientos euros malvas sobre el mostrador y asunto zanjado. Salí con el cachorro en mi brazo izquierdo, mientras mal sujetaba mi cuerpo sobre la muleta. Mónica sonrío tanto que iluminó León y parte del extranjero y dijo: Qué chiquitín, qué cocada. A lo que Zaspi respondió orgulloso: Soy su hijo. Sé que eres especial, pero, si no me crees, pregúntale a los girasoles de su cabeza.




martes, 25 de octubre de 2016

Girasoles en la cabeza. IV







“Solo yo poseo la clave de esta parada salvaje.”
Rimbaud




Hortensia era inmensa y elegante. Poco la conocí, no tuve tiempo, tan solo tres visitas: la primera, navidades y a su tumba. Era inmensa por el amor que derramó y retuvo -y por el amor que me dio a través de su sangre-. Pero lo supe mucho antes, al mirarla con los ojos cerrados.
Cuando encontramos esta casa, le dije a la dueña: Me gusta, tiene hortensias. Uy, dijo ella riéndose, tienes hortensias para hartarte. Espera, espera que veas la finca. Y, ciertamente, varias filas de matas grandiosas, otra y otra y otra, aquí y allá salpicando la tierra con sus flores azules, malvas, rosas. Leí no sé dónde que cada color responde al Ph de la tierra y que puede cambiarse, todos menos el blanco. Yo quería hortensias blancas, ya ves, pero me encantó ver aquel enjambre de hojas redondas como mundos observándonos. Hay que podarlas, añadió ella como disculpándose por la podredumbre de los bajos. Sí, hay que limpiarlas bien y dejarlas en tallos pequeños, cuando la luna mengüe. La Dueña sonrió ampliamente. El caso es que el sábado pasado cogí las tijeras de podar y dale duro y que nadie te vea desfallecer, esto es cortar para sanar, zanjar para nacer, resucitar, y tú de eso sabes un rato. Además, le vendrán bien a tus pectorales. Inspirar, cortar, expirar. Una tras otra, pero no pude con todas. Ella había dicho algo de “hortensias para hartarme”. Me duele todo, le dije a él, pero hasta músculos que no sabía que tenía. Y, claro, como no podía ser menos, cogió las enormes tijeras de podar y allí se fue, a por la última fila de quince matas gigantes de hortensias, inmensas como su madre. Con su poesía y su fuerza bruta y su melena disuelta, derramando flores de mundo por el camino, mientras Carson jugaba a ayudarle, llevándose alguna rama a no se sabe dónde, pero lejos, para que me sigas y juegues conmigo al pilla-pilla. Entonces vino la niebla. Ante una niebla, uno puede acurrucarse o abrir ojos. Pero, ya sabes, no siempre abrirlos más te lleva a ver más lejos ni mejor. Él detesta la niebla. En su perfil de WhatsApp tiene puesto un verbo sencillo que no simple: Mirar. Curioso, porque, de hecho, a él -también- hay que mirarle con los ojos cerrados. Y no, no es miopía. Cómo si no podrías ver a ciertos seres. Yo lo supe cuando me abrazó en la sala de llegadas del aeropuerto. Aún me abraza así, a veces, cuando viene la niebla. Y, entonces, cierro los ojos y le alumbro con los girasoles de mi cabeza.



LP – Lost on you


sábado, 22 de octubre de 2016

Girasoles en la cabeza. III

Masao Yamamoto



"Y la Reina, la maga que alumbra su brasa en la vasija de barro,
no querrá jamás contarnos lo que ella sabe y nosotros ignoramos."
Rimbaud


Todo es un giro. Partiendo en radios desde el cero, donde nosotros sembramos sobre el silencio con nuestras batallas vitales. La Nada sería algo así como la tierra y, desde allí, a fuerza de compost -fabricado con nuestros desechos- y semillas, la Nada es fertilizada. Sin embargo, nadie ignora que no todos somos buenos agricultores. Incluso siéndolo, la Nada vuelve finalmente. Siempre vence. Un pensador antiguo nos alumbraría con la importancia real del proceso: el proceso mismo. Hoy buscaríamos una aplicación -gratis, por supuesto- que conquistara la Nada. No tengo tiempo para eso ahora, porque me he mudado a una antigua casa gallega rodeada de finca y parras y árboles y verde, verde por todos lados, verde tapizando la tierra, la piel, mis ojos canela -qué descripción más mona: ojos canela-. A veces piso la tierra con miedo y se vuelven negros tirando a brasa en las últimas. No me digas de dónde procede ese miedo, pero tengo la sensación de que no he sido buena con ella, de que no la he cuidado y ella, por culpa de una mala metáfora, se vengará enviándome a la Nada antes de tiempo. Por eso abono constantemente los girasoles de mi cabeza -si naciste para martillo, ríes mejor-. Pero no siempre es suficiente. Porque, metáforas aparte, la tierra necesita ayuda o, por lo menos, sería bueno no herirla. Supongo que contribuí demasiado al desastre con mis negocios de hormigón y la culpa suele quedarse con uno, aunque ya no seas aquel delincuente. Así que hoy compré en el mercado simientes de repollo -también reciclo, evito usar pesticidas salvo para espantar gente tonta y procuro no pisar la hierba buena; a la mala: que le den, y que se ponga tonto Fukuoka-. La señora me increpó antes incluso de entrar a la plaza, arengándome para que, además, comprara puerros. De lo mejor de la zona, dijo, pero en gallego compacto como el dulce de membrillo. Por muy urbanitas que parezca, tengo un pasado agrónomo enredada en fango y uñas sucias, del que doy gracias. Pero, claro, el tiempo cobra memorias y le pregunté a la señora: Y, esto, ¿cómo se planta? Miró con condescendencia mi gabardina y mis botines beige y sonrío. ¿Tienes un sacho? Sí, sí, claro, ya imagino. Traté de escurrirme entre las coles ya maduras y orondas que, también, vendía. Estos dos por siete euros, lo tenía más caro, pero es muy tarde para venir al mercado -¿Había cierto reproche en su tono?-. Te regalo el repollo. Lo sostuve un momento, como si fuera una entendida en berzas, coles y familiares añadidos, y acepté la oferta. La señora sonrío y dijo -en su galego dulce de membrillo-: Te combina con los girasoles de la cabeza.




Tricky & P.J. Harvey – Broken homes