sábado, 24 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XV


Esmagarei a matriz que
me envolve para volver
amar e sentir o meu útero
libre e aberto. Fareino con
amor, con poesía, con présa.
Lupe Gómez





Y cuándo volverás, preguntó Tomás padre. No sé, pá, nos vamos por ahí. Por ahí... por ahí... siempre por ahí. Sabes que no me gustan tus amigos, tienen pinta de drogatas, a saber qué hacéis cuando nadie os ve. Joder, pá, no hacemos ná, solo estar por ahí. Bueno, tú, por si acaso, no hagas caso de nadie y no tomes drogas ni andes con maricones. Claro, pá, claro que sí. Venga, me voy ya. Lo de drogatas, Tomás hijo no acaba de pillarlo, porque sus amigos todo lo más se habían fumado un porro, pero sí entendía lo de maricón, y le dolía. Ya le costaba ocultarlo en el colegio para que no le pegaran una vez a la semana o se rieran de él cuando le salía la manera. En el quinto vivía una mujer, Sofía, que había nacido hombre. Le había costado dos fortunas operarse y cambiarse el nombre en el Registro. Sofía era hermosa y le gustaban los hombres masculinos y musculosos y perturbadores. Se hicieron amigos pronto y el chaval subía al quinto a estar con ella de cuando en cuando. Mi puerta daba con la de Sofía y muchas tardes nos juntábamos a tomar café, escuchar música y contarnos cosas de chicas. Una tarde nos fuimos de compras y, al regresar, nos encontramos con Tomás hijo en el rellano del cuarto, como decidiendo si entrar o quedarse toda la vida allí. Subimos a casa de Sofía con los paquetes y allí empezamos a probarnos todo lo nuevo. Tomás se pintó los labios, puso medias, un vestido jardín de mariposas que me había comprado. Reíamos. Había desaparecido su fragilidad de tan feliz que se le veía. Al rato, Tomás padre llamó a la puerta. Sofía abrió y él entró desquiciado, llevándose todo por delante, agarró el brazo de su hijo y se lo llevó, arrantrándole por la escalera como un fardo, con las mariposas del vestido huyendo escaleras abajo. No conseguimos verle en una semana. Encerrado en su habitación. Jamás olvidaré el traqueteo de su huesos contra los peldaños o el sonido hueco de su cráneo contra la acera. Ni su cara triste o la mancha de sangre como un mapamundi terrible, derramándose en el asfalto, mientras su padre lloraba su muerte desconsolado. 







martes, 20 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XIV



 Correr sen parar ata ser libres. Buscar libertade nos pequenos motivos da vida.
Lupe Gómez







Siempre me sentí extranjera, parte del desarraigo de nacer fuera, hija de emigrantes, y parte por mi propia condición de emigrante; ninguna tierra tuya, nadie tu gente. Soy de todos lados: raíces amplias como un baobab sediento. Un día formulé un deseo: quería vivir en una casa, otra vez, con un cachito de tierra para flores y guantes y sacho. Y me vine al Valle de Borbén, a una casa de casi doscientos años, de ciento y pico metros de planta, mas ciento y pico de bodega, mas ciento y pico de desván, piscina, lareira, mina de agua y finca de 7000 m2 imposible de domesticar: polvo en las esquinas, telarañas que renacen como Lázaro, mina que dura limpia un suspiro -antiguo lavadero de la zona donde murió una vecina lavando pañales-, parras que ensucian hasta desnudas, hierba amazónica que crece centímetros por día, piscina caprichosa ahora verde ahora no, setos asesinados por un maldito gusano, grillos que no cesan, ranas chillonas, desbrozadoras rebeldes y perros que anuncian vecinos paseantes moscas, moscas y más moscas y poco tiempo. La decoré, mimé y disfruté. Tiempo atrás, al cumplir 38, conté tantas casas vividas como años; suma y sigue: 43, hasta esta. A los pocos meses de mudarme, vino mi padre y plantamos cebollino. Días más tarde, al irse, me entró la morriña de mi isla: familia, algo a lo que atar raíces. Otro día vinieron compañeros de curro: churrasco, amigos, risas y corazón confortado. Gente noble el gallego: te da sin pedir -una vez pasado el filtro de confianza, claro-. Vecinos: huevos y lo que necesites; amigos: abrazos y lo que necesites. Si estás enferma: disposición inmediata, más que para una fiesta. Galicia es como su gente -o será a la inversa-: indómita, abundante y generosa; plantas una piedra y nace una cantera. Todos los verdes imaginables y los azules y los malvas. Un lugar para vivir y acabarse. Sin embargo, hay algo que sé desde hace tiempo: tengo alma de caracol; da igual donde viva, llevo mi casa a cuestas. Pero, hasta un caracol reconoce cuando encuentra un hogar más grande que su concha. 





lunes, 12 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XIII

Pregúntome
onde estás
cando non te vexo.
É imposible
que te agaches
tanto.
Lupe Gómez




Llegamos de Ámsterdam a Tenerife, al paraíso donde sería la princesa de mis abuelos. Pero en Tenerife descubrí el viento y no es buen amigo de niñas de pelo rizado y largo: siempre despeinada. Si añades no ser quieta y mansa, se acabó el aspecto de princesa. Madre detestaba eso. Insistía: compórtate, peínate, no corras, no saltes, cruza las piernas, abre los ojos… Luego de mayor, aquello se complicó aún más; ya sabes: no digas lo que piensas, no hagas lo que deseas, estudia algo de provecho, no estés triste, tampoco demasiado alegre, obedece, cumple las normas, no protestes. Con dieciocho ya cobraba más que mi padre. Quería salir, divertirme. Pero, claro, la calle es zona de predadores. Así que: Ni hablar, en mi casa se hace lo que yo digo. Cogí mochila y fuera, a la calle. La calle no fue buena conmigo. No tenía adónde ir. Pasé días en la acera. María Jesús, una compañera de curro, me preguntó. Le conté. Me abrazó por fuera y por dentro, como te abrazo yo aún sin estar. Me llevó a su casa y dormí, por fin. Padre me buscó. Madre renegó de mí, del mismo modo que cuando estaba en su útero -eso cuenta ella, que intentó abortarme, pero que me agarré como una mala garrapata a su vientre-. Tenía trescientas mil pesetas ahorradas ya -mil quinientos en euros- y, obvio, se los pedí. Fue tajante, como él, pero, al contrario que él, sin arrepentirse jamás de lo pronunciado: Ni hablar, te doy treinta mil pesetas y te buscas la vida. Me la busqué; no volví. Y hasta el día de hoy. A veces, aún sueño que me abraza. 





viernes, 9 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XII

Hai en min desexos de romper todo.
Lupe Gómez





En la sala de espera del hospital, con una bolsa de hematíes colgando de un tubo, un pijama de seda -que el olor a desinfectante no te quite el glamour-, sin visitas, lloré la sangre que no tenía. Lloré por muchas cosas en aquellos tres meses y en los años que vinieron después, pero en aquella ocasión lloraba la maldad humana. Supuestamente, ella solo venía a sustituirme de forma "temporal", pues nadie conocía el fatal veredicto. Las oficinas no podían estar sin directora, eran como un barco a la deriva. Eso dijeron los grandes jefes, que siempre tienen grandes ideas. Nada que objetar, por supuesto. Comenzó su labor de trepa, apartando a mis compañeros y prohibiéndoles venir a verme. Todos acataron las nuevas órdenes, menos uno. Luego decidió ignorarme, mermar mi gestión, malinterpretar mis acciones, ocultarme en la trastienda para quedarse con mi sillón. Solo tenía el trabajo. Triste, pero solo tenía el trabajo duro de quince años -ah, y el novio pusilánime, que me olvidaba-. Un inventario de propiedades y cadáveres, una ristra de tristezas y muchas ganas de mandarla a la mierda. No podía, claro. Cuando uno se está muriendo puede hacer poco; tan solo desear. Aquella tarde muerta tan solo deseaba dos cosas: un cigarrillo y que ella se jodiera. Y me acordé de algo: siéntate en la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar. El mal es un búmeran: siempre vuelve. El cigarrillo me lo trajo mi amigo, que se negó a obedecer, y la justicia cósmica se encargó de ella: le entró, curiosamente, una enfermedad muy parecida a la mía. Solo que yo me curé; ella, aún no. 



lunes, 5 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XI

A min as luces a veces non me deixan verte.

Lupe Gómez






En vez de una carta, el humo del cigarrillo consumía el aire, me recordó Maiacovski. Y Titán, desdibujado, nos miraba desde el espacio. Una semana juntos y me prometió amor eterno. Yo rompí a reír; rompí literal con una carcajada cualquier venida del destino. No prometas algo que se te escapa, repliqué, pero la risa rebotaba las paredes, irónica, cruel, aguijoneando. Tampoco le importó demasiado. Volvió a agarrarme los rizos en una coleta, arquéandome el cuello hacia atrás y besando mi carótida como si quisiera sorberme la risa, la vida, yo entera. Era de metal que ríe y se hace blando, duro metal forjado con pulmones rotos, postura flor de loto, fotos de cuando llevaba pantalones cortos, una hija con corazón de aguila, la maleta llena de viajes hechos y sin hacer y una enciclopedia tan vieja como él, que había memorizado de niño y le convertía, así mismo, en otra enciclopedia andante, capaz de abrirte ojos y boca de pura sabiduría. Sabía bordar palabras con filigranas que jamás había visto, hacer la mejor tortilla del planeta, estar alerta y perfecto con 4 horas de sueño. Una habilidad para sobreponerse a las tragedias sin apenas cicatrices, para dar duro al saco de boxeo después de doce horas de restauración, horarios infernales, para hacerte sentir única entre seis millones de hembras. Y una especial forma de encarar la vida como si nada fuera realmente importante, ninguna ofensa, ningún dolor, solo el amor y la belleza. Buscaba belleza en todas partes: en su café que no era café, en los versos de otro, en vidas ilustres y fotos memorables, belleza que envolviera. A la belleza le pedía lo que a la vida: conmuéveme. Pero, tenía que irme. Cuando me dirigía al avión, le dije: Pídeme que vuelva. Vuelve, murmuró antes de que mi espalda le dijera adiós. 
A veces, aún siento mi risa irónica rebotando en la noche cuando los grillos salen de fiesta, que me tengo que tragar, claro. Porque cumplió su promesa por los dos: amor eterno. 



domingo, 4 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. X


Quérote, detrás das bailarinas que se rompen.
Lupe Gómez 





Mimosa, empática y con lengua puntiaguda; capaz de sentenciar con una sonrisa conquistadora e inevitable. De orillas suaves y sin prisa. Vive al tanto, saboreando cada minuto como si fuera único, como debe ser. Lo extraño es que lo sepa tan pronto, antes del cuarto de siglo. Porque es un alma antigua. Un día la invité a comer, con Carson y Luka rastreando su olor y memorizándola. Pocos vienen a casa, lo admito; me canso del género humano a las dos horas. Nos contamos por etapas y sorteando detalles; a cada palabra, un "yo, también". ¿Sabes esas raras veces de conexión completa donde te preguntas dónde has estado hasta entonces? Como una cebolla: necesaria y con muchas capas, pero tardé en descubrirla. Aunque ella asegura: no era el momento, viene cuando viene y cuando tiene que ser, no antes. Hablamos del perdón. Yo no perdono, solté, dejo ahí abandonado como quien aparta un limón en la nevera: ni lo usas, ni lo tiras; los limones apartados acaban muriéndose solos. Hablamos de la vida. De las decisiones rápidas y no demorar lo que está latiendo. De no arrepentirse, de intentarlo todo, aunque des palos de ciego y hables en signos para el resto del mundo. Un viento vino y dio la vuelta y revolvió su ojos y una tristeza los sacudió como un relámpago, pero fue apenas perceptible. Podría tener otra vida más cómoda, me pagaban una plaza de y un coche de y no, no, prefiero ganármelo yo sin deber nada a nadie, argumentó orgullosa de sí misma. Y no es para menos. Me acordé de cuando uno de mis jefes me ofreció un puesto en otra parte del mundo, con apartamento, ganas de arrimarse y disponibilidad horaria. Le respondí que era muy vieja para prostituirme. Hablamos de la valentía y tirarse a la piscina. No hay beneficio ni pérdida sin riesgo, pero no arriesgar es morirse un poco cada día, sentencié. Entonces recordé que tú tendrías su edad si hubieras vivido. Abrí el pecho trancado y ella me abrazó el corazón. 


viernes, 2 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. IX

Rebélome contras as palabras mortas e arranco vida da materia morta. 
Suicídome na tarde sen que me vexan. Son feliz sen que me vexan. 
Eu só quero ser un espello e rompelo.
Lupe Gómez 


De nombre francés y foto de Johnny Deep en El Libertino como imagen de perfil, mangas blancas almidonadas y melena de romper copas y bragas. Escribía con cinismo y dulzura, pero solo a ella o donde ella aparecía, como el séquito fiel sigue a su reina. Había amor, de amigos cercanos y eternos. Me pinchaban los celos, lo admito. De cuando en cuando, algo íntimo confesaba: quería romper todas las cadenas, todas, salvo la forjada con ella. Ningún dato o foto. Comencé a releer a hurtadillas sus comentarios, como espiándole. Entraba a buscarle, a ver si respiraba, qué había escrito, qué música. Cada sílaba un regalo y, si era para mí, euforia. Euforia al verle aparecer, neurosis cuando desaparecía. Le imaginaba escribiendo, durmiendo, comiendo, follando. No tardé en imaginarlo haciendo todo eso conmigo. Sin embargo, guardaba todo bajo llave. Ella le describía alto, delgado, anguloso, lejano, herido, errante. Un día le pedí que me lo presentase. Que no pasa nada, tampoco es importante, le respondí cuando ella se negó. No es lo que piensas, olvídate de él, me dijo, como si sospechara mi intimidad. Comenzó a descalificarlo, sacándole defectos que yo juré por imposibles. Que si era cruel, déspota, solitario, tóxico, nada recomendable. Consiguió justo lo contrario, claro. Un día, obstinada, escribí una carta de amor tan... En fin, fue borrada de mi memoria después de su respuesta. No quieras saber qué me contestó, pero estuve a punto de lanzarme desde el acantilado. No quieras saber lo que sangré. Qué pena, pero qué pena más grande, tú... A ver cómo te explico cuánto escuece: rájate la tripa, límpiate la herida con alcohol y verás. Al poco, su perfil fue borrado, comentarios, nombre de todos los buscadores. Volatilizado, como si nunca hubiera existido. Pasados meses y conversaciones con mi amiga, germinó una sospecha: un personaje de ficción inventado por ella; Catfish, mentiras en la red. Johnny Deep jamás se lo perdonó.