lunes, 12 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XIII

Pregúntome
onde estás
cando non te vexo.
É imposible
que te agaches
tanto.
Lupe Gómez




Llegamos de Ámsterdam a Tenerife, al paraíso donde sería la princesa de mis abuelos. Pero en Tenerife descubrí el viento y no es buen amigo de niñas de pelo rizado y largo: siempre despeinada. Si añades no ser quieta y mansa, se acabó el aspecto de princesa. Madre detestaba eso. Insistía: compórtate, peínate, no corras, no saltes, cruza las piernas, abre los ojos… Luego de mayor, aquello se complicó aún más; ya sabes: no digas lo que piensas, no hagas lo que deseas, estudia algo de provecho, no estés triste, tampoco demasiado alegre, obedece, cumple las normas, no protestes. Con dieciocho ya cobraba más que mi padre. Quería salir, divertirme. Pero, claro, la calle es zona de predadores. Así que: Ni hablar, en mi casa se hace lo que yo digo. Cogí mochila y fuera, a la calle. La calle no fue buena conmigo. No tenía adónde ir. Pasé días en la acera. María Jesús, una compañera de curro, me preguntó. Le conté. Me abrazó por fuera y por dentro, como te abrazo yo aún sin estar. Me llevó a su casa y dormí, por fin. Padre me buscó. Madre renegó de mí, del mismo modo que cuando estaba en su útero -eso cuenta ella, que intentó abortarme, pero que me agarré como una mala garrapata a su vientre-. Tenía trescientas mil pesetas ahorradas ya -mil quinientos en euros- y, obvio, se los pedí. Fue tajante, como él, pero, al contrario que él, sin arrepentirse jamás de lo pronunciado: Ni hablar, te doy treinta mil pesetas y te buscas la vida. Me la busqué; no volví. Y hasta el día de hoy. A veces, aún sueño que me abraza.