domingo, 21 de mayo de 2017

Girasoles donde quieras.




Flaqueza o fuerza; ya está, es la fuerza. Tú no sabes adónde vas, ni por qué vas, entra en todas partes, responde a todo. No han de matarte más que si ya fueras cadáver. 

Rimbaud.





Robé con diez años un libro gordo llamado Senda, Historia de la Literatura Universal. Buena cosa fue, porque desde entonces no he dejado de escribir, aunque esas letras no fueran paridas en folios, en pantallas en blanco o en la piel de alguien, sino dentro de mis sienes, donde todo es mezclado y unido, saliendo una masa viscosa que en nada se parece a la realidad, si acaso la realidad fuera algo tangible y demostrable más allá de lo que cada uno piensa o percibe. Puede que mis ojos vean distinto, puede que mi cabeza retuerza y haga lo que le se le antoja, pero, ¿quién pone fronteras en los dedos? Nadie. Soy tan libre como cuando me negué a obedecer, tan pura como cuando me trocearon o tan valiente como cuando me levanté.  
Uno de mis hijos se llamaba Adrián. Tendría ahora el pelo negro de su padre y carné de conducir. Me hubiera gustado enseñarle fuerza, a disfrutar de las cosas pequeñas, a respetar a los animales y adorar a los niños, a no quejarse demasiado porque la queja ahuyenta a los amigos, a ser valiente ante las duras y exprimir las maduras, a amar la vida y retozar. A ser independiente pero cariñoso, orgulloso pero humilde, maduro pero niño -y, de paso, habría estado bien enseñármelo a mí-. Me hubiera gustado abrazarle, pero no tengo ni tumba donde ponerle flores. A veces escribo solo para él, como si pudiera leerme. 
He enterrado a Verlaine y Rimbaud bajo los dos robles, como si fueran él o Zaspi o las pérdidas que sufrí. Nunca sabré si murieron solos o fueron muertos. Pobres conejos que se dejaban coger y adoraban las cáscaras de plátanos. He llegado a esta casa con nada puesto y todo encima, 48 años con su secuela de mil siete cicatrices. He fallado a más de uno, he mentido, he sobornado, he sido cruel innecesariamente, he jurado en falso, dicho cosas que no pensaba realmente, adulado, jugado a dos bandas, traicionado, pecado y mucho, odiado. Sí, he odiado. De pequeña odiaba a mi madre por no ser la madre que yo necesitaba, como si eso fuera posible. De hecho, un día estrujé la botella del líquido del lavavajillas imaginando su cuello. Qué cosas. Tenía nueve años y aún no había robado el libro de literatura.  
También he sido feliz. He rebotado contra las paredes del abandono y he sabido lidiar con la soledad. Si traspasara al papel todo lo escrito en mi cabeza, ni Proust me pillaría. Ahora ando bien, estoy contenta conmigo, tengo esa sonrisa orgullosa de quien sabe quién es y todo encaja. Familia, buena salud, arte, magia, música, cielo, tierra y piel que aún tiembla, sorpresas que han de venir, aventuras sobre las olas y surcos donde dejar los pasos. 
Escribir es, a veces, purga y exorcismo; y otras, solo una senda, una ventana o la escapada perfecta. Te animo a que lo hagas cada vez que la vida te apriete el estómago, o cuando te lo acaricie. El mundo necesita más lectores, pero, también, más letras, porque las letras nos diferencian de las piedras y evitan la congelación. 

Me gustaría dejar buena huella y a mis hijos muertos -y a los vuestros vivos- un mundo mejor del encontrado, pero me temo que no tengo programa político ni discurso de miss, tampoco puedo acabar con presidentes cómplices corruptos o xenófobos, ni aumentar la riqueza de las naciones o domesticar al hombre para que no sea un lobo para el hombre. Tan solo puedo contribuir con mejores acciones y escribir lo que mis girasoles quieran contar, hasta que marchiten y caigan desgajados sobre la tierra. Tal vez antes se reproduzcan en vosotros: más libres, hermosos, amantes, fuertes, mejores de lo crecidos en mí.  

Sed buenos con ellos, son amigos frágiles y necesarios.