martes, 20 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XIV



 Correr sen parar ata ser libres. Buscar libertade nos pequenos motivos da vida.
Lupe Gómez







Siempre me sentí extranjera, parte del desarraigo de nacer fuera, hija de emigrantes, y parte por mi propia condición de emigrante; ninguna tierra tuya, nadie tu gente. Soy de todos lados: raíces amplias como un baobab sediento. Un día formulé un deseo: quería vivir en una casa, otra vez, con un cachito de tierra para flores y guantes y sacho. Y me vine al Valle de Borbén, a una casa de casi doscientos años, de ciento y pico metros de planta, mas ciento y pico de bodega, mas ciento y pico de desván, piscina, lareira, mina de agua y finca de 7000 m2 imposible de domesticar: polvo en las esquinas, telarañas que renacen como Lázaro, mina que dura limpia un suspiro -antiguo lavadero de la zona donde murió una vecina lavando pañales-, parras que ensucian hasta desnudas, hierba amazónica que crece centímetros por día, piscina caprichosa ahora verde ahora no, setos asesinados por un maldito gusano, grillos que no cesan, ranas chillonas, desbrozadoras rebeldes y perros que anuncian vecinos paseantes moscas, moscas y más moscas y poco tiempo. La decoré, mimé y disfruté. Tiempo atrás, al cumplir 38, conté tantas casas vividas como años; suma y sigue: 43, hasta esta. A los pocos meses de mudarme, vino mi padre y plantamos cebollino. Días más tarde, al irse, me entró la morriña de mi isla: familia, algo a lo que atar raíces. Otro día vinieron compañeros de curro: churrasco, amigos, risas y corazón confortado. Gente noble el gallego: te da sin pedir -una vez pasado el filtro de confianza, claro-. Vecinos: huevos y lo que necesites; amigos: abrazos y lo que necesites. Si estás enferma: disposición inmediata, más que para una fiesta. Galicia es como su gente -o será a la inversa-: indómita, abundante y generosa; plantas una piedra y nace una cantera. Todos los verdes imaginables y los azules y los malvas. Un lugar para vivir y acabarse. Sin embargo, hay algo que sé desde hace tiempo: tengo alma de caracol; da igual donde viva, llevo mi casa a cuestas. Pero, hasta un caracol reconoce cuando encuentra un hogar más grande que su concha. 





lunes, 12 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XIII

Pregúntome
onde estás
cando non te vexo.
É imposible
que te agaches
tanto.
Lupe Gómez




Llegamos de Ámsterdam a Tenerife, al paraíso donde sería la princesa de mis abuelos. Pero en Tenerife descubrí el viento y no es buen amigo de niñas de pelo rizado y largo: siempre despeinada. Si añades no ser quieta y mansa, se acabó el aspecto de princesa. Madre detestaba eso. Insistía: compórtate, peínate, no corras, no saltes, cruza las piernas, abre los ojos… Luego de mayor, aquello se complicó aún más; ya sabes: no digas lo que piensas, no hagas lo que deseas, estudia algo de provecho, no estés triste, tampoco demasiado alegre, obedece, cumple las normas, no protestes. Con dieciocho ya cobraba más que mi padre. Quería salir, divertirme. Pero, claro, la calle es zona de predadores. Así que: Ni hablar, en mi casa se hace lo que yo digo. Cogí mochila y fuera, a la calle. La calle no fue buena conmigo. No tenía adónde ir. Pasé días en la acera. María Jesús, una compañera de curro, me preguntó. Le conté. Me abrazó por fuera y por dentro, como te abrazo yo aún sin estar. Me llevó a su casa y dormí, por fin. Padre me buscó. Madre renegó de mí, del mismo modo que cuando estaba en su útero -eso cuenta ella, que intentó abortarme, pero que me agarré como una mala garrapata a su vientre-. Tenía trescientas mil pesetas ahorradas ya -mil quinientos en euros- y, obvio, se los pedí. Fue tajante, como él, pero, al contrario que él, sin arrepentirse jamás de lo pronunciado: Ni hablar, te doy treinta mil pesetas y te buscas la vida. Me la busqué; no volví. Y hasta el día de hoy. A veces, aún sueño que me abraza. 





viernes, 9 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XII

Hai en min desexos de romper todo.
Lupe Gómez





En la sala de espera del hospital, con una bolsa de hematíes colgando de un tubo, un pijama de seda -que el olor a desinfectante no te quite el glamour-, sin visitas, lloré la sangre que no tenía. Lloré por muchas cosas en aquellos tres meses y en los años que vinieron después, pero en aquella ocasión lloraba la maldad humana. Supuestamente, ella solo venía a sustituirme de forma "temporal", pues nadie conocía el fatal veredicto. Las oficinas no podían estar sin directora, eran como un barco a la deriva. Eso dijeron los grandes jefes, que siempre tienen grandes ideas. Nada que objetar, por supuesto. Comenzó su labor de trepa, apartando a mis compañeros y prohibiéndoles venir a verme. Todos acataron las nuevas órdenes, menos uno. Luego decidió ignorarme, mermar mi gestión, malinterpretar mis acciones, ocultarme en la trastienda para quedarse con mi sillón. Solo tenía el trabajo. Triste, pero solo tenía el trabajo duro de quince años -ah, y el novio pusilánime, que me olvidaba-. Un inventario de propiedades y cadáveres, una ristra de tristezas y muchas ganas de mandarla a la mierda. No podía, claro. Cuando uno se está muriendo puede hacer poco; tan solo desear. Aquella tarde muerta tan solo deseaba dos cosas: un cigarrillo y que ella se jodiera. Y me acordé de algo: siéntate en la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar. El mal es un búmeran: siempre vuelve. El cigarrillo me lo trajo mi amigo, que se negó a obedecer, y la justicia cósmica se encargó de ella: le entró, curiosamente, una enfermedad muy parecida a la mía. Solo que yo me curé; ella, aún no. 



lunes, 5 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. XI

A min as luces a veces non me deixan verte.

Lupe Gómez






En vez de una carta, el humo del cigarrillo consumía el aire, me recordó Maiacovski. Y Titán, desdibujado, nos miraba desde el espacio. Una semana juntos y me prometió amor eterno. Yo rompí a reír; rompí literal con una carcajada cualquier venida del destino. No prometas algo que se te escapa, repliqué, pero la risa rebotaba las paredes, irónica, cruel, aguijoneando. Tampoco le importó demasiado. Volvió a agarrarme los rizos en una coleta, arquéandome el cuello hacia atrás y besando mi carótida como si quisiera sorberme la risa, la vida, yo entera. Era de metal que ríe y se hace blando, duro metal forjado con pulmones rotos, postura flor de loto, fotos de cuando llevaba pantalones cortos, una hija con corazón de aguila, la maleta llena de viajes hechos y sin hacer y una enciclopedia tan vieja como él, que había memorizado de niño y le convertía, así mismo, en otra enciclopedia andante, capaz de abrirte ojos y boca de pura sabiduría. Sabía bordar palabras con filigranas que jamás había visto, hacer la mejor tortilla del planeta, estar alerta y perfecto con 4 horas de sueño. Una habilidad para sobreponerse a las tragedias sin apenas cicatrices, para dar duro al saco de boxeo después de doce horas de restauración, horarios infernales, para hacerte sentir única entre seis millones de hembras. Y una especial forma de encarar la vida como si nada fuera realmente importante, ninguna ofensa, ningún dolor, solo el amor y la belleza. Buscaba belleza en todas partes: en su café que no era café, en los versos de otro, en vidas ilustres y fotos memorables, belleza que envolviera. A la belleza le pedía lo que a la vida: conmuéveme. Pero, tenía que irme. Cuando me dirigía al avión, le dije: Pídeme que vuelva. Vuelve, murmuró antes de que mi espalda le dijera adiós. 
A veces, aún siento mi risa irónica rebotando en la noche cuando los grillos salen de fiesta, que me tengo que tragar, claro. Porque cumplió su promesa por los dos: amor eterno. 



domingo, 4 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. X


Quérote, detrás das bailarinas que se rompen.
Lupe Gómez 





Mimosa, empática y con lengua puntiaguda; capaz de sentenciar con una sonrisa conquistadora e inevitable. De orillas suaves y sin prisa. Vive al tanto, saboreando cada minuto como si fuera único, como debe ser. Lo extraño es que lo sepa tan pronto, antes del cuarto de siglo. Porque es un alma antigua. Un día la invité a comer, con Carson y Luka rastreando su olor y memorizándola. Pocos vienen a casa, lo admito; me canso del género humano a las dos horas. Nos contamos por etapas y sorteando detalles; a cada palabra, un "yo, también". ¿Sabes esas raras veces de conexión completa donde te preguntas dónde has estado hasta entonces? Como una cebolla: necesaria y con muchas capas, pero tardé en descubrirla. Aunque ella asegura: no era el momento, viene cuando viene y cuando tiene que ser, no antes. Hablamos del perdón. Yo no perdono, solté, dejo ahí abandonado como quien aparta un limón en la nevera: ni lo usas, ni lo tiras; los limones apartados acaban muriéndose solos. Hablamos de la vida. De las decisiones rápidas y no demorar lo que está latiendo. De no arrepentirse, de intentarlo todo, aunque des palos de ciego y hables en signos para el resto del mundo. Un viento vino y dio la vuelta y revolvió su ojos y una tristeza los sacudió como un relámpago, pero fue apenas perceptible. Podría tener otra vida más cómoda, me pagaban una plaza de y un coche de y no, no, prefiero ganármelo yo sin deber nada a nadie, argumentó orgullosa de sí misma. Y no es para menos. Me acordé de cuando uno de mis jefes me ofreció un puesto en otra parte del mundo, con apartamento, ganas de arrimarse y disponibilidad horaria. Le respondí que era muy vieja para prostituirme. Hablamos de la valentía y tirarse a la piscina. No hay beneficio ni pérdida sin riesgo, pero no arriesgar es morirse un poco cada día, sentencié. Entonces recordé que tú tendrías su edad si hubieras vivido. Abrí el pecho trancado y ella me abrazó el corazón. 


viernes, 2 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. IX

Rebélome contras as palabras mortas e arranco vida da materia morta. 
Suicídome na tarde sen que me vexan. Son feliz sen que me vexan. 
Eu só quero ser un espello e rompelo.
Lupe Gómez 


De nombre francés y foto de Johnny Deep en El Libertino como imagen de perfil, mangas blancas almidonadas y melena de romper copas y bragas. Escribía con cinismo y dulzura, pero solo a ella o donde ella aparecía, como el séquito fiel sigue a su reina. Había amor, de amigos cercanos y eternos. Me pinchaban los celos, lo admito. De cuando en cuando, algo íntimo confesaba: quería romper todas las cadenas, todas, salvo la forjada con ella. Ningún dato o foto. Comencé a releer a hurtadillas sus comentarios, como espiándole. Entraba a buscarle, a ver si respiraba, qué había escrito, qué música. Cada sílaba un regalo y, si era para mí, euforia. Euforia al verle aparecer, neurosis cuando desaparecía. Le imaginaba escribiendo, durmiendo, comiendo, follando. No tardé en imaginarlo haciendo todo eso conmigo. Sin embargo, guardaba todo bajo llave. Ella le describía alto, delgado, anguloso, lejano, herido, errante. Un día le pedí que me lo presentase. Que no pasa nada, tampoco es importante, le respondí cuando ella se negó. No es lo que piensas, olvídate de él, me dijo, como si sospechara mi intimidad. Comenzó a descalificarlo, sacándole defectos que yo juré por imposibles. Que si era cruel, déspota, solitario, tóxico, nada recomendable. Consiguió justo lo contrario, claro. Un día, obstinada, escribí una carta de amor tan... En fin, fue borrada de mi memoria después de su respuesta. No quieras saber qué me contestó, pero estuve a punto de lanzarme desde el acantilado. No quieras saber lo que sangré. Qué pena, pero qué pena más grande, tú... A ver cómo te explico cuánto escuece: rájate la tripa, límpiate la herida con alcohol y verás. Al poco, su perfil fue borrado, comentarios, nombre de todos los buscadores. Volatilizado, como si nunca hubiera existido. Pasados meses y conversaciones con mi amiga, germinó una sospecha: un personaje de ficción inventado por ella; Catfish, mentiras en la red. Johnny Deep jamás se lo perdonó. 




jueves, 1 de junio de 2017

Donde el viento da la vuelta. VIII

 Sangro, sangro,
sangro, tanto como un home,
ou máis.
Lupe Gómez


Pues, Luka, la cosa es que durante un mes estuve vagando con mi hermano por el monte del Vixiador. Teníamos dos meses, hambre, frío, miedo, y nos habían dejado allí tirados, cerca de la protectora A Madroa, Ella me recogió entonces. Bueno, eso dice ella, pero fui yo quien la escogió. Se empeñó en subir ese día a la protectora, a esa hora y a ninguna otra. Ella no lo sabe, pero yo estaba llegando; la llamaba con fuerza, tenía que subir. 


Vaya, Carson, qué curioso: yo me perdí también en el monte, cerca de A Madroa. Aunque, en el fondo, sé que me abandonaron allí, pero nunca entendí porqué. ¡Si ni siquiera suelto pelo ni ladro ni soy tan grande como tú! Esa amiga suya que me encontró, un ángel, no te imaginas cómo lloraba porque no podía dejarme allí tirado y solo y triste. Pero no podía quedarse conmigo. Y ya ves: me trajo aquí.


Ya te digo. Cuando llegaste estabas asustado y yo no ayudé mucho.

Carson, ¿tú te has visto el tamaño?

Ya, ya. Bueno, tú no lo sabes, pero Ella llevaba tiempo queriendo adoptar otro perro. Pero un perro pequeño, decía, como su Zaspi. Un día lo dijo muy convencida y... ále, de la noche a la mañana, apareciste tú como por arte de magia. 

Qué suerte tuvimos, colega, qué suerte tuvimos.  

Está claro, Luka. Pero, ¿te das cuenta de que Ella dice lo mismo? 

Sí, que la suerte es suya 

No la abandonaremos nunca. 

No. Nunca. 

Hace viento, Luka, mañana seguimos explorando. Vamos pa'casa. 





martes, 30 de mayo de 2017

Donde el viento da la vuelta. VII


A miña pel enrugará.
Ningunha crema deterá
o teu paricio.
O patio da miña casa
será de terra e herba.
Non decidirán as miñas verbas,
parirás máis veces
despois de morta.
Lupe Gómez.






Me la suda, le contesté. Ya sé, ya sé, no fue correcto y no soy ejemplo, pero cuando te sueltan a bocajarro que la vas a palmar un día de estos más pronto que tarde, pues te queda un mal cuerpo que para andar con finuras. ( Primer médico: vas a morir. Segundo médico: vas a morir. Tercer médico: vas a... Vale, vale, lo pillo. Todos vamos a morir. Cuarto médico: No llegarás a los cuarenta ¿Mande? ) Lo de ni gota de sangre, ¿recuerdas? Pues eso: sin metáfora alguna. Entonces, pensé: Tanto rollo, tanto pelear y lágrimas y cardos y su madre en vinagre y...¿me viene esto ahora? No me lo podía creer. Y no me lo creí. Te llevé conmigo, como siempre, vendí todo, dimití, cogí cuatro cosas, regalé otras tantas, dejé a aquel novio pusilánime, que solo lloraba al verme morir, preguntándose cómo iba a pagar el chalé. Pobre. Había hecho seguro de vida, pero, en mi particular crueldad, no se lo dije. Me piro, vampiro, pa'Tenerife a palmarla. Tal cual. Si voy a morir, qué coño, que sea en el paraíso. Sin explicaciones a nadie, salvo a los médicos, que saquearon mis cuentas y las de la Seguridad Social -gracias, gente, por el aporte-. Conté pinchazos, transfusiones, horas de hospital, noches en blanco y días sin futuro. Como restando. Un día, al final de la cuesta y pesando menos de un quintal, me acordé de las parras y de aquel día que sentí rotar la tierra. ¿Y si yo puedo? ¿Creo que puedo? Y le eché coraje. No es fácil, tienes que abrirte el corazón y mirar dentro y pensar que lo mereces y quererlo y pelear porque lo quieres y lo mereces, todo junto, porque si no, no vale. Te advierto: funciona con todo, aunque no siempre cuando el adversario es la muerte. Sin embargo, cuando ya no puedes dar un paso más, la diferencia está en el paso mil uno. Empeñarse en morir o empeñarse en vivir, diría Red mirando el Pacífico, tan azul como en sus sueños. El Atlántico, en mi caso. Y me empeñé en vivir. Y aquí estoy. ¿Moraleja? Está claro, ¿no? Hazte seguro médico -y de vida-, por si acaso. 

lunes, 29 de mayo de 2017

Donde el viento da la vuelta. VI

Sinto ese vacío enorme que todos sentimos sempre. 
Sinto ese frío grande que vexo nos ollos de tódalas persoas.
Lupe Gómez.



No sé qué le veía. Era la más descentrada de nosotros, la más retraída. Ni siquiera cuando estábamos borrachos riendo y desparramados por el piso, ella formaba parte. Asentía, comentaba algo de cuando en cuando, una risa floja que ni era risa ni era floja y los labios siempre ladeados como si le hubiera dado un ictus de pequeña. Era así, sin más. Tenía su misterio. Quizá ahí estaba su encanto y en cierta melancolía de niña rota que nadie podría recomponer. La queríamos, a pesar de considerarse a sí misma un cero a la izquierda, pero no lo era. Ni para nosotros ni para él. Se enamoró tan profundamente que era monotemático. Todo el rato con el traqueteo: que si la quiero, que si no puedo vivir sin ella, que si es maravillosa. Supongo que de tan cansino, ella acabó liándose una noche de birras. Estábamos en la rambla, hacía bueno, la luna propicia, la falda abierta, la mano de él inquieta, ella con hambre de amor, aullábamos como lobos, risa y fiesta. Ella se dejó hacer. Tanto se dejó que, al día siguiente, apenas se tenían en pie. Andaban los dos como John Wayne, despatarrados. Él era tan feliz que el sol nacía en su cara; ella, no tanto. Mantenía su ictus, solo que ahora era como amargo. No sé cómo explicarlo, pero como si se hubiera arrepentido de la noche loca. Pues, amiga, lo siento mucho, pero la has liado. Él te quiere. No jodas. Te adora. No me vaciles. Está loco por ti. Cago en todo. Y tanto que se cagó. Fue como incendiar un polvorín con una bomba. Acoso y derribo. Si antes era monotemático, después de convirtió en una pesadilla. Al menos para ella. Se lo explicó de todas las maneras posibles, pero insistía. Si no me quieres, me mato, le amenazó una tarde de junio. Bah, ninguno creyó aquel farol. Hasta que, al final del verano con la gran ráfaga de viento, él se cortó las venas, dejándole una nota: Por tu culpa. Desde entonces anda descalza, haciendo una penitencia que no es suya. 


domingo, 28 de mayo de 2017

Donde el viento da la vuelta. V


Na miña nenez
non houbo putas.
Cando as vin
deslumbráronme.
Lupe Gómez.



Madrí está chungo en agosto, chica, dijo Jezabel, la puta, remangándose las medias de rejilla con un agujero enorme en la entrepierna, que no era un roto casual. Tenía ojos apagados, mucho rodaje y el sueño de una casita donde nadie la molestase salvo para pedirle azúcar. Echaba tres sobres al café, que ya la vida es mu amarga, reía. Batía la cucharilla como si así pudiera remover su alma y volver a su isla, a casarse con algún médico, tener hijos sanos y que no fueran de putas o que, si lo hicieran, las trataran bien. 
Sacó un pañuelo y secó el ojo morado, que lagrimeaba desde la noche anterior. La compañera de acera masculló algún taco al verle el párpado hinchado. El habló de sexo anal, pero su culo ya estaba demasiado reventado por la vida. Sin embargo, el tío dale que dale, decidió entrar por detrás. Como ella se revolvió, él lanzó un golpe de esos que te sacan los sesos de la cabeza. 

Mira, bolsa trite, tú ere loco o te jiede el caco, chupa bin bin, arránquese la verga con to y métesela usté por culo, y saboréeselo, coñaso, aborto mal hecho, salta pa'trá, come mierda, lambón, tumba polvo, bichicorto, escoria, tú no nasiste de una mujé, pa'lante remolacha, ¿a pegarme? maria santísima, que podría ser tu madre, tu hermana, tu hija, güebón, mal parío. 


Donde el viento da la vuelta. IV

O amor foi
un trallazo moi forte
que rompeu a
ventá. E quedou rota
para sempre. Eu limpei
do chan
os cristais. Corteime
con eles
en tódolos dedos.
Lupe Gómez




Me dejaste de rodillas sobre un mundo cubierto de cristales rotos, con los labios negros y una estaca en el corazón. Al rato me quedé sin sangre. Literal. Ni gota. Tuvieron que prestármela, como el aire o los pasos o las ganas de seguir. Irte no era una opción. Sin rastro ni vaho ni mano en la distancia. Tu ropa quedó en un baúl, esperándote. La tiré, rabiosa, años más tarde; incapaz de soportarlo. Tu cara en todas las caras. Alguna vez te imaginé secuestrado y envejeciendo en otro lugar del mundo, a salvo de los gusanos. Solo quería verte crecer, abrazarte cuando los dardos vinieran a por ti, darte el amor de mi vida. Todos los relojes pararon, hasta el eje de la tierra dijo basta, o eso sentí que, para el caso, es lo mismo. Noche antártica. Glaciar. El viento no dio la vuelta; convertido en tornado, me aplastó. Aún busco la manera de respirar, bajo las parras o donde sea. Me dije: deberás aprender a amar de nuevo, a levantarte. Y lo hice. Pero, al irte, me licuaste los huesos y nada me sostiene lo suficiente. Solo la armadura que, casi un cuarto de siglo después, aún despierta de madrugada llorando. Así y todo, conseguí sonreír y levantarme, a cachos, como un vestido de retales o un filete a medio comer dejado a expensas de las moscas. A veces creo verte torciendo una esquina, como si pudieras caminar y desaparecer de nuevo. Igual que esa mancha limpiada y que reaparece, recordándote lo mal que lo has hecho. Mi vida por la tuya: ese era el trato, que rompiste sin permitirme siquiera luchar.

Has pensado, alguna vez has pensado, cuánto pesa tu nombre. 




viernes, 26 de mayo de 2017

Donde el viento da la vuelta. III



Racho 
a gorxa
que fixeron
penetrar
no meu corpo.

Lupe Gómez





todo está por hacer y todo hecho y la mujer atravesada ya no aguarda sino cruje muelles, mares intensos, implosiona volcanes mientras contempla a las moscas huir despavoridas porque aquí solo quedan las rosas salvajes y la sangre de la tierra, húmeda después de la tormenta; deberíamos dejar de dar por sentado, empezar a construir desde dentro y no aparentando desde fuera, nacer la sonrisa con la tripa, porque estamos hechas de cristal que rompe y solo araña el diamante, porque somos la entraña pariendo generaciones, de carne, de aire, de papel, porque tenemos torres de babel dentro y metralla en el corazón, un escudo de cómic protegiendo a los nuestros y rayos gamma desde orión para destrozar al enemigo, lengua que seduce, lengua que escupe, fuego, sexo, cobijo, madre, hermana, hija, amiga, pero no seré alfombra que pisarás, dignidad que trocearás ni agujero que tu ego penetre, sino calor en la cama, manta que arropa, sábana mojada, espada a tu lado, seda y sudor, compañera; montaremos banderas con nuestra sangre, a horcajadas, romperemos reglas, tambores, himnos y desesperanza; sacudiremos desidia y, cuando estemos gastadas, amaremos de nuevo; cuando estemos rotas, renaceremos de nosotras mismas; hemos conquistado la galaxia y la vida desde donde nace el adn hasta donde el viento da la vuelta

somos eternas




jueves, 25 de mayo de 2017

Donde el viento da la vuelta. II


Teño a necesidade de falar bruto e claro. De romper os bordes. 
De ir directamente ao corazón da xente. Teño o deber de espirme. 
Sen medo, sen pudor. O pudor sería ser falsos. 
Eu quero navegar mares intensos

Lupe Gómez -Levantar as tetas-




- Déjalo que se haga, dijo el médico, y me miró como si fuera extraterrestre o mojigata o una católica apostólica y romana, no sé qué sería peor, tía. Pero es muy niño y no para, todo el día dando que dándole, insistí. El, muy majo, se echó a reír. Es normal a su edad, comentó, y me miró de tal forma que solo le faltó darme un manual. Es que, tía, ¿en qué pensará? ¿Verá vídeos a escondidas? Tengo que capar el router, solo el router. Pero, por otra parte, pobre niño mío, si es que es normal, lo ha dicho hasta el médico. ¿Acaso yo no? Bueno, yo no cuento, yo soy su madre, yo soy mayor, yo... A cona, yo... como todos los demás. 

Y rompió a reír rompiendo braguetas en todas partes.

Yo tenía que asentir ante esa última frase o decir alguna de mis salvajadas. Me quedé pensando. Eligiendo. Elegir es nuestra opción. Algunas cosas no podemos, pero podemos elegir qué decir. O qué no decir, que para el caso yo tampoco sé que sería peor.

- Pues te cuento: Tenía más de diez años. Quizá eran menos, pero tampoco quiero asegurarlo. Cuando te castigan en un baño a oscuras durante horas por haber roto un plato, y eres de las que rompen la vajilla, pues te pones a romper. Te lo prometo. Hazte a la idea: baldosas frías, tristeza, llanto; luego: aburrimiento, mente libre, manos sueltas, cosquillas en la ingle... y vamos a ver qué pasa. Sí, sí, ríete, ríete, pero si ella hubiera sabido cómo pasé esas horas de mierda, me habría encerrado hasta el fin de los tiempos.

Tampoco sé qué sería peor. 




martes, 23 de mayo de 2017

Donde el viento da la vuelta. I




Todo é un espello
e son fronteiras. Quero
mirarme nelas
e cruzalo.

Lupe Gómez





Me quedé ahí llorando, bajo las parras. Llora hasta que sangres, dijo Lupe décadas más tarde. 

Era verano. Yo aún desconocía el tamaño de las cosas y muchos nombres. Todo era nuevo y ojos abiertos y boca que no cesa y fíjate cómo cambia esa nube o qué cálido es el abrazo del abuelo. Había descubierto en la clase de ciencias que la tierra giraba sobre sí misma. Rotación. ¡Qué maravilla! Pero, atentos todos, ¡también giraba alrededor del sol! Traslación. ¿En serio? 
Me levantó el calor de madrugada y la yegua del abuelo que pateaba bajo mi habitación. Fui a acariciarle el morro y, de paso, una zanahoria. Ella me lavó la cara con su enorme lengua y me sonrió tranquila. Salí aún más a la noche, bajo el cinturón de Orión y esas tres estrellas que siempre me seguían cuando llegaba el verano. El pozo robaba toda la frescura. Junto a él, unas parras que el abuelo mimaba para luego cortar en septiembre y extraerles su sangre. Me daba miedo morderlas, pensando que iban a gritar de dolor. Y, cuando el abuelo y yo y todos entrábamos en el lagar a pisar las uvas, yo lloraba por ellas y por sus madres y por sus hijas.

Esa noche el calor me tumbó bajo las parras. Un viento vino de pronto y las sacudió y trajo más fresco y sonrisa. Entonces recordé la rotación. Si gira, lo notaré, pensé. Yo puedo sentir las uvas, las parras, a Marisa, la yegua, los pichones cuando nacen o los lagartos cuando se acercan. Puedo sentir si gira. El viento dio la vuelta y me dejó quieta, muy quieta. Todo quieto. Calla. No pienses. Escucha. No me digáis nada ahora, por favor. Cállate, grillo pesado. 

Abrí los brazos en cruz, apoyé bien la espalda, extendí las piernas, aguanté la respiración. Gira para mí, Tierra, gira para mí, murmuré. 

Y la tierra rotó. Y yo lo sentí. 


domingo, 21 de mayo de 2017

Girasoles donde quieras.




Flaqueza o fuerza; ya está, es la fuerza. Tú no sabes adónde vas, ni por qué vas, entra en todas partes, responde a todo. No han de matarte más que si ya fueras cadáver. 

Rimbaud.





Robé con diez años un libro gordo llamado Senda, Historia de la Literatura Universal. Buena cosa fue, porque desde entonces no he dejado de escribir, aunque esas letras no fueran paridas en folios, en pantallas en blanco o en la piel de alguien, sino dentro de mis sienes, donde todo es mezclado y unido, saliendo una masa viscosa que en nada se parece a la realidad, si acaso la realidad fuera algo tangible y demostrable más allá de lo que cada uno piensa o percibe. Puede que mis ojos vean distinto, puede que mi cabeza retuerza y haga lo que le se le antoja, pero, ¿quién pone fronteras en los dedos? Nadie. Soy tan libre como cuando me negué a obedecer, tan pura como cuando me trocearon o tan valiente como cuando me levanté.  
Uno de mis hijos se llamaba Adrián. Tendría ahora el pelo negro de su padre y carné de conducir. Me hubiera gustado enseñarle fuerza, a disfrutar de las cosas pequeñas, a respetar a los animales y adorar a los niños, a no quejarse demasiado porque la queja ahuyenta a los amigos, a ser valiente ante las duras y exprimir las maduras, a amar la vida y retozar. A ser independiente pero cariñoso, orgulloso pero humilde, maduro pero niño -y, de paso, habría estado bien enseñármelo a mí-. Me hubiera gustado abrazarle, pero no tengo ni tumba donde ponerle flores. A veces escribo solo para él, como si pudiera leerme. 
He enterrado a Verlaine y Rimbaud bajo los dos robles, como si fueran él o Zaspi o las pérdidas que sufrí. Nunca sabré si murieron solos o fueron muertos. Pobres conejos que se dejaban coger y adoraban las cáscaras de plátanos. He llegado a esta casa con nada puesto y todo encima, 48 años con su secuela de mil siete cicatrices. He fallado a más de uno, he mentido, he sobornado, he sido cruel innecesariamente, he jurado en falso, dicho cosas que no pensaba realmente, adulado, jugado a dos bandas, traicionado, pecado y mucho, odiado. Sí, he odiado. De pequeña odiaba a mi madre por no ser la madre que yo necesitaba, como si eso fuera posible. De hecho, un día estrujé la botella del líquido del lavavajillas imaginando su cuello. Qué cosas. Tenía nueve años y aún no había robado el libro de literatura.  
También he sido feliz. He rebotado contra las paredes del abandono y he sabido lidiar con la soledad. Si traspasara al papel todo lo escrito en mi cabeza, ni Proust me pillaría. Ahora ando bien, estoy contenta conmigo, tengo esa sonrisa orgullosa de quien sabe quién es y todo encaja. Familia, buena salud, arte, magia, música, cielo, tierra y piel que aún tiembla, sorpresas que han de venir, aventuras sobre las olas y surcos donde dejar los pasos. 
Escribir es, a veces, purga y exorcismo; y otras, solo una senda, una ventana o la escapada perfecta. Te animo a que lo hagas cada vez que la vida te apriete el estómago, o cuando te lo acaricie. El mundo necesita más lectores, pero, también, más letras, porque las letras nos diferencian de las piedras y evitan la congelación. 

Me gustaría dejar buena huella y a mis hijos muertos -y a los vuestros vivos- un mundo mejor del encontrado, pero me temo que no tengo programa político ni discurso de miss, tampoco puedo acabar con presidentes cómplices corruptos o xenófobos, ni aumentar la riqueza de las naciones o domesticar al hombre para que no sea un lobo para el hombre. Tan solo puedo contribuir con mejores acciones y escribir lo que mis girasoles quieran contar, hasta que marchiten y caigan desgajados sobre la tierra. Tal vez antes se reproduzcan en vosotros: más libres, hermosos, amantes, fuertes, mejores de lo crecidos en mí.  

Sed buenos con ellos, son amigos frágiles y necesarios.