domingo, 13 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. VII








Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera todos los días.
Rimbaud



Manolo nunca nos dibujaba corazones en la espuma, ni espigas o cosas parecidas que, además de la fuerza del café, te empujara hacia un mejor día.  
Nos sentábamos en la terraza, apretando sillas bajo el voladizo y huyendo del frío y la lluvia. Mi esquina era siempre la izquierda, alejada de la puerta y del meollo de conversación mañanera. En la otra esquina, el anorak verde botella a la moda de la más moda de todas las modas, con las manos bien escondidas en esas mangas largas que buscamos los frioleros, apenas asomando para mover la cucharilla, esperando la hora y la espuma en el café. Parecía distraído, como si aquel no fuera su sitio, pero... ¿de quién lo era? Los polígonos industriales solo pueden ser hogar de ratas en la noche. Manolo le ponía siempre el café sin espuma, como si lo estuviera castigando por ser más guapo, o más joven, o lo que fuera más. Pero no era nada de eso, Manolo nunca tenía ganas de nada ni prisa. Ni siquiera para quitar las sombrillas veraniegas de la terraza cuando ya el invierno amenazaba tras los edificios de la avenida. Su mujer miraba a todos con lupa, haciendo que ayudaba mientras su marido arrancaba café tras café a una cafetera embrutecida, sonriendo idiota, como si su sonrisa fuera un reclamo y así la gente acudiera a llenar la cafetería y la cartera. Pero la gente iba porque no había otro bar en toda la manzana. Daba igual que él tardara diez minutos en servirte, cobrarte, mirarte siquiera, como si fueras un holograma proyectado y no tuvieras voluntad, o ella te analizara el Adn. 
Una muy fría mañana, Manolo me puso espuma en el café, con algo que parecía un corazón dibujado. Miré hacia el anorak verde y las manos enfundadas. Quería traspasarle el café y aquel presagio de buen día, pero me frenó el frío y las sensatas mangas largas. Entonces, llegó la mujer de Manolo, con su sonrisa idiota, y le sirvió también espuma con un corazón dibujado. Y después otro corazón vino rodando, con su espuma acariciante, y otro y otro. Los girasoles comenzaron a brotar por todas partes, como cajeros automáticos. Por un momento, fue un mejor lugar. Y fue verano. 


Phoebe Killder - The fade out line




viernes, 11 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. VI







Simon Siwak




Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, 
herido por el trigo, a pisar la pradera; 
soñador, sentiré su frescor en mis plantas 
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma. 
Me iré lejos, dichoso, como con una chica, 
por los campos , tan lejos como el gitano vaga.

Sensación, Rimbaud



Un hombre se perdió en Barbate. Tenía 30 años, complexión delgada, 1,70, cabello corto y castaño, ojos marrones de mirada incierta, como esa gente que mira sin mirar hasta que se detiene y mira con todo y sientes que te mira como si no te hubieran mirado antes. Hablaba entre pausas, inspirando cada frase al final sin dejar huellas, o eso creía él. Vestía bien, sin ser demasiado obsceno con las marcas ni estruendoso en los colores. Fumaba. Casi siempre guardaba el cigarrillo de liar demasiado rato entre los dedos, apagado. Se lo llevaba a la boca y fruncía el ceño al aspirar nada, pero no lo encendía. No, todavía. Podía decirse que era elegante, discreto, dueño de sus asuntos, algo jovial pero esquivo y con más mundo interior y belleza del que pretendía aparentar. Le gustaba una chica morena, compañera de trabajo. De cuando en cuando le decía cosas como que le alegraba el día verla, o qué bien te ves hoy, pero no avanzaba. No, todavía. Había madurado como las cebollas, por capas, y lloraba a escondidas sin que nadie le viera y sin saber por qué. Cuando desapareció, la Benemérita, familia y amigos lanzaron operativo de búsqueda: carteles, cuñas de radio, un artículo a toda página en el periódico, más carteles, boca a boca, ojo a ojo, confusiones, creyeron haberlo visto en Córdoba; luego, en un chiringo de Cádiz, que si había escapado al norte, donde siempre hay más trabajo, más lluvia, más dinero, porque la prosperidad es norteña en todo el mundo, no hay dudas. 
A los quince años de su desaparición, su hermano instó al juez para incoar su expediente de defunción. Nadie volvió a verle. Ni una huella en quince años. 
Me lo encontré hoy debajo de los dos robles, después de enterrar esta tarde a Verlaine, mi conejo muerto. Estaba sentado con su cigarrillo apagado entre los dedos: Me perdí en Barbate, no recuerdo nada más. Decidme cuándo vuelve la luna llena, que solo camino de noche, dijo a los girasoles de mi cabeza. 



Woodkid - I love you

martes, 1 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. V

De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada...
y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño,
llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.
Rimbaud



El niño estaba muerto. La blanca habitación se volvió gris; después, negra. Creo que nunca regresó a su color original, pero solo yo me percaté de eso -cosas de los girasoles, también muertos por aquel entonces-. Un día, casi diez años después, apareció Zaspi dentro de una jaula de cristal mirándome con sus ojos tristes. Iba a comprar un billete a Tenerife, 2003, a la agencia de viajes -internet en pañales, lo contrario que mi vida-. Junto a la agencia de Mónica había una tienda de animales. Mónica había salido y no estaba localizable -móviles también en pañales-. Vuelve otro día o le digo que te llame al despacho, dijo su compañera con cierto resquemor. Era un billete sin vuelta, pero sin vuelta del todo a ningún sitio posible, y solo quería que me atendiera Mónica, la chica leonesa de sonrisa más cálida de todo el hemisferio norte y especial, muy especial. Marché y regresé semana después, torpemente en un taxi, arrastrando muleta, mi pequeño y desgastado esqueleto y la sombra del niño demasiado oblicua. Otra vez, Zaspi en la jaula de cristal, lleno de legañas, sobre periódicos sucios y cacas, pises, tristeza. Llevaba quinientos euros, parte para el viaje y resto para pagar a unos robustos encargadores de mudanzas. Quinientos euros en un billete de quinientos euros, malva y sin desgastar, de esos que ya no volví a ver nunca más. Entré en la tienda y pregunté por el cachorro beige de la jaula de la entrada: Es un Lhasa Apso, ¿verdad?, ese que tenéis ahí como muriéndose, no sé si me explico, pero muriéndose-muriéndose. La dependienta me miró disculpándose: Lo siento, tienes razón, pero la tienda no es mía. Claro, claro, y ¿de quién es y dónde está el dueño? Dueña, es dueña, está detrás, en el almacén, dijo señalando una puerta verde. Llámala, quiero hablar con ella, pero antes: sácame al cachorro. Zaspi, que aún no sabía que iba a llamarse Zaspi, se encaramó a mi cuello, hizo ruiditos como de mimos y me dio un lengüetazo en la barbilla. Entretanto, la dueña salió frotándose las manos. ¿Cuánto pides? Setecientos euros, tiene pedigrí, pero un pedigrí de campeón y su madre es tal que cual y su padre es cual que tal. Deposité los quinientos euros malvas sobre el mostrador y asunto zanjado. Salí con el cachorro en mi brazo izquierdo, mientras mal sujetaba mi cuerpo sobre la muleta. Mónica sonrío tanto que iluminó León y parte del extranjero y dijo: Qué chiquitín, qué cocada. A lo que Zaspi respondió orgulloso: Soy su hijo. Sé que eres especial, pero, si no me crees, pregúntale a los girasoles de su cabeza.