martes, 1 de noviembre de 2016

Girasoles en la cabeza. V

De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada...
y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño,
llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.
Rimbaud



El niño estaba muerto. La blanca habitación se volvió gris; después, negra. Creo que nunca regresó a su color original, pero solo yo me percaté de eso -cosas de los girasoles, también muertos por aquel entonces-. Un día, casi diez años después, apareció Zaspi dentro de una jaula de cristal mirándome con sus ojos tristes. Iba a comprar un billete a Tenerife, 2003, a la agencia de viajes -internet en pañales, lo contrario que mi vida-. Junto a la agencia de Mónica había una tienda de animales. Mónica había salido y no estaba localizable -móviles también en pañales-. Vuelve otro día o le digo que te llame al despacho, dijo su compañera con cierto resquemor. Era un billete sin vuelta, pero sin vuelta del todo a ningún sitio posible, y solo quería que me atendiera Mónica, la chica leonesa de sonrisa más cálida de todo el hemisferio norte y especial, muy especial. Marché y regresé semana después, torpemente en un taxi, arrastrando muleta, mi pequeño y desgastado esqueleto y la sombra del niño demasiado oblicua. Otra vez, Zaspi en la jaula de cristal, lleno de legañas, sobre periódicos sucios y cacas, pises, tristeza. Llevaba quinientos euros, parte para el viaje y resto para pagar a unos robustos encargadores de mudanzas. Quinientos euros en un billete de quinientos euros, malva y sin desgastar, de esos que ya no volví a ver nunca más. Entré en la tienda y pregunté por el cachorro beige de la jaula de la entrada: Es un Lhasa Apso, ¿verdad?, ese que tenéis ahí como muriéndose, no sé si me explico, pero muriéndose-muriéndose. La dependienta me miró disculpándose: Lo siento, tienes razón, pero la tienda no es mía. Claro, claro, y ¿de quién es y dónde está el dueño? Dueña, es dueña, está detrás, en el almacén, dijo señalando una puerta verde. Llámala, quiero hablar con ella, pero antes: sácame al cachorro. Zaspi, que aún no sabía que iba a llamarse Zaspi, se encaramó a mi cuello, hizo ruiditos como de mimos y me dio un lengüetazo en la barbilla. Entretanto, la dueña salió frotándose las manos. ¿Cuánto pides? Setecientos euros, tiene pedigrí, pero un pedigrí de campeón y su madre es tal que cual y su padre es cual que tal. Deposité los quinientos euros malvas sobre el mostrador y asunto zanjado. Salí con el cachorro en mi brazo izquierdo, mientras mal sujetaba mi cuerpo sobre la muleta. Mónica sonrío tanto que iluminó León y parte del extranjero y dijo: Qué chiquitín, qué cocada. A lo que Zaspi respondió orgulloso: Soy su hijo. Sé que eres especial, pero, si no me crees, pregúntale a los girasoles de su cabeza.