martes, 25 de octubre de 2016

Girasoles en la cabeza. IV







“Solo yo poseo la clave de esta parada salvaje.”
Rimbaud




Hortensia era inmensa y elegante. Poco la conocí, no tuve tiempo, tan solo tres visitas: la primera, navidades y a su tumba. Era inmensa por el amor que derramó y retuvo -y por el amor que me dio a través de su sangre-. Pero lo supe mucho antes, al mirarla con los ojos cerrados.
Cuando encontramos esta casa, le dije a la dueña: Me gusta, tiene hortensias. Uy, dijo ella riéndose, tienes hortensias para hartarte. Espera, espera que veas la finca. Y, ciertamente, varias filas de matas grandiosas, otra y otra y otra, aquí y allá salpicando la tierra con sus flores azules, malvas, rosas. Leí no sé dónde que cada color responde al Ph de la tierra y que puede cambiarse, todos menos el blanco. Yo quería hortensias blancas, ya ves, pero me encantó ver aquel enjambre de hojas redondas como mundos observándonos. Hay que podarlas, añadió ella como disculpándose por la podredumbre de los bajos. Sí, hay que limpiarlas bien y dejarlas en tallos pequeños, cuando la luna mengüe. La Dueña sonrió ampliamente. El caso es que el sábado pasado cogí las tijeras de podar y dale duro y que nadie te vea desfallecer, esto es cortar para sanar, zanjar para nacer, resucitar, y tú de eso sabes un rato. Además, le vendrán bien a tus pectorales. Inspirar, cortar, expirar. Una tras otra, pero no pude con todas. Ella había dicho algo de “hortensias para hartarme”. Me duele todo, le dije a él, pero hasta músculos que no sabía que tenía. Y, claro, como no podía ser menos, cogió las enormes tijeras de podar y allí se fue, a por la última fila de quince matas gigantes de hortensias, inmensas como su madre. Con su poesía y su fuerza bruta y su melena disuelta, derramando flores de mundo por el camino, mientras Carson jugaba a ayudarle, llevándose alguna rama a no se sabe dónde, pero lejos, para que me sigas y juegues conmigo al pilla-pilla. Entonces vino la niebla. Ante una niebla, uno puede acurrucarse o abrir ojos. Pero, ya sabes, no siempre abrirlos más te lleva a ver más lejos ni mejor. Él detesta la niebla. En su perfil de WhatsApp tiene puesto un verbo sencillo que no simple: Mirar. Curioso, porque, de hecho, a él -también- hay que mirarle con los ojos cerrados. Y no, no es miopía. Cómo si no podrías ver a ciertos seres. Yo lo supe cuando me abrazó en la sala de llegadas del aeropuerto. Aún me abraza así, a veces, cuando viene la niebla. Y, entonces, cierro los ojos y le alumbro con los girasoles de mi cabeza.



LP – Lost on you