sábado, 22 de octubre de 2016

Girasoles en la cabeza. III

Masao Yamamoto



"Y la Reina, la maga que alumbra su brasa en la vasija de barro,
no querrá jamás contarnos lo que ella sabe y nosotros ignoramos."
Rimbaud


Todo es un giro. Partiendo en radios desde el cero, donde nosotros sembramos sobre el silencio con nuestras batallas vitales. La Nada sería algo así como la tierra y, desde allí, a fuerza de compost -fabricado con nuestros desechos- y semillas, la Nada es fertilizada. Sin embargo, nadie ignora que no todos somos buenos agricultores. Incluso siéndolo, la Nada vuelve finalmente. Siempre vence. Un pensador antiguo nos alumbraría con la importancia real del proceso: el proceso mismo. Hoy buscaríamos una aplicación -gratis, por supuesto- que conquistara la Nada. No tengo tiempo para eso ahora, porque me he mudado a una antigua casa gallega rodeada de finca y parras y árboles y verde, verde por todos lados, verde tapizando la tierra, la piel, mis ojos canela -qué descripción más mona: ojos canela-. A veces piso la tierra con miedo y se vuelven negros tirando a brasa en las últimas. No me digas de dónde procede ese miedo, pero tengo la sensación de que no he sido buena con ella, de que no la he cuidado y ella, por culpa de una mala metáfora, se vengará enviándome a la Nada antes de tiempo. Por eso abono constantemente los girasoles de mi cabeza -si naciste para martillo, ríes mejor-. Pero no siempre es suficiente. Porque, metáforas aparte, la tierra necesita ayuda o, por lo menos, sería bueno no herirla. Supongo que contribuí demasiado al desastre con mis negocios de hormigón y la culpa suele quedarse con uno, aunque ya no seas aquel delincuente. Así que hoy compré en el mercado simientes de repollo -también reciclo, evito usar pesticidas salvo para espantar gente tonta y procuro no pisar la hierba buena; a la mala: que le den, y que se ponga tonto Fukuoka-. La señora me increpó antes incluso de entrar a la plaza, arengándome para que, además, comprara puerros. De lo mejor de la zona, dijo, pero en gallego compacto como el dulce de membrillo. Por muy urbanitas que parezca, tengo un pasado agrónomo enredada en fango y uñas sucias, del que doy gracias. Pero, claro, el tiempo cobra memorias y le pregunté a la señora: Y, esto, ¿cómo se planta? Miró con condescendencia mi gabardina y mis botines beige y sonrío. ¿Tienes un sacho? Sí, sí, claro, ya imagino. Traté de escurrirme entre las coles ya maduras y orondas que, también, vendía. Estos dos por siete euros, lo tenía más caro, pero es muy tarde para venir al mercado -¿Había cierto reproche en su tono?-. Te regalo el repollo. Lo sostuve un momento, como si fuera una entendida en berzas, coles y familiares añadidos, y acepté la oferta. La señora sonrío y dijo -en su galego dulce de membrillo-: Te combina con los girasoles de la cabeza.




Tricky & P.J. Harvey – Broken homes