martes, 18 de octubre de 2016

Girasoles en la cabeza. II




LeGray
Desnudo. 1849


Solo llevaba veinte euros encima. Decía que así no gastaba más. Le gustaba ahorrar. Cada día, en una cajita dorada, depositaba cuidadosamente un euro. Se tomaba un café menos para eso. Y los veinte euros debían durar toda la semana. Malo cuando había que coger taxis. Malo cuando había que comer fuera. Malo cuando surgía un imprevisto. Le gustaba controlar los tiempos, las monedas, las emociones. De vez en vez, se soltaba. Y, entonces, casi parecía humano. Era de esas personas que piensan, cuando llegan a la cima de una montaña después de rasgarse dedos y vestiduras, que ahora tiene que bajar. Y el mar de nubes a sus pies, pero no lo ve. El nacimiento del arco iris a sus pies, pero no lo ve. El cielo es suyo, pero no lo ve. Como los anoréxicos emocionales o los cactus, elige, que dará lo mismo. Un día, supongo que cuando menos se lo esperaba -aunque tampoco tenga muy claro que esperase nada concreto ningún día-, sucedió algo. Habíamos terminado de comer un resto de cocido preparado por su santísima madre. Eruptó bien, de provecho, se rascó la coronilla -de allí, a veces, salían ideas muy buenas- y me dijo que teníamos que comprar una monovolumen. ¿Mande? Pero, ¿para qué queremos una furgoneta de esas, si no tenemos ni perro? Es que me gusta conducir alto, soltó. Acabáramos. Entiendo, como si subieras a una montaña, ¿verdad? Entonces, cómprate un camión, añadí. Me miró como si no estuviera allí. ¿Sabes esas veces en las que te sientes invisible y ni dando patadas al suelo y chillidos al cielo percibes que te ven? Pues eso.
Me compraré una monovolumen, sentenció. Me quedé mirando un punto invisible en la pared que se parecía a mí y le pedí, por enésima vez, un perro. Me joden los animales, respondió. (Pausa vital, respiración, respiración, no ahogarse, manual de socorrista, inhala-exhala. No te pongas azul.) Me muero. Tendré un perro que dormirá a mi lado hasta que muera.

Como si yo existiera, al fin, así miró los renovados girasoles que crecían en mi cabeza.



Zaspi, cinco años después: 2008, Tenerife



Baltimore's fireflies – Woodkid