lunes, 17 de octubre de 2016

Girasoles en la cabeza. I




Anónimo. 
Desnudo. 1860


"Conseguí desvanecer en mi espíritu toda esperanza humana.
Sobre toda dicha, para
estrangularla, salté con el ataque sordo del animal feroz".

Rimbaud.



Me crecí cuando miró por encima del hombro y mi mentón ascendió unos centímetros. Llámalo dignidad, chulería, como quieras, pero subió y subió hasta que el mundo vio la cicatrices que tengo bajo la barbilla. Treinta y dos puntos. ¿Nunca te habías fijado? Como mi ojo izquierdo raro. No puedo hacerme bien la raya esa que te rasga el ojo con clase, porque mi ojo izquierdo está como estrangulado. Apenas se nota si no miras con detalle, pero está. Como mi nariz rota. Tampoco se nota. Ahí me dieron cuatro puntos, nada más. Sin embargo, aquella rotura bastó para torcerme el tabique y desviarlo. El otro día, el otorrino y su residente me metieron un tubo hasta la garganta. Bueno, debo decir que lo intentaron varias veces. Yo gemía -no de gusto, más quisiera-, me retorcía en aquella silla negra de psiquiatra malo, abría los ojos como si no pudiera creerme aquella tortura. Qué manera de joder, mon dieu, pero qué manera. La próxima vez, cuando vuelvas a una consulta, pide instrumental de pediatría: tienes el tabique tan estrecho... Oh, sí, doctor, claro que sí, gracias, infinitas gracias, me faltó decirle con lágrimas en los ojos y una reverencia. La residente cogió el aparato diabólico y me miró fijamente, no sé si preguntando. Ay, no, no, no, si quieres practicar, te buscas otra incauta, solté como un disparo. Y guardó el arma en un cajón.
Pues eso, que me miró por encima del hombro y mis ciento sesenta y tres centímetros crecieron con mi mentón, como si me hubiera calzado plataformas. Entrecerré los ojos -el raro cierra bien, a pesar de todo- y algo debieron decir, incluso casi cerrados, porque tembló. No fue de esos espasmos que te sacuden, sino un ligero rumor como de hojas caídas y pisadas en el camino. Y bajó el mentón. Inversamente proporcional al mío. Ahí, pensé, ahí te has quedado, claro que sí. A mí, ni la muerte me mira por encima. ¿No has visto mis cicatrices?

Sonrieron los girasoles de mi cabeza.




Childen of the sun – Dead can dance