sábado, 2 de enero de 2016

Encontrarse es todo.




siempre te supe, te hallaba removiendo espinas y el olor del muelle impregnaba las bocinas y el aliento de los coches, y yo huía como los ladrones con la caja fuerte reventada -alguien la vació antes de mí- pero tampoco sentía mis manos entonces -alguien las arrancó antes de ti-; llevaba una rapidez en los puntos suspensivos de puro peligro mientras tú leías a Cortázar y yo confesaba cuánto le amaba; luego iba trazando excusas como quien dibuja mensajes de otros mundos, tratando de esquivar la bala entre los ojos que tus ojos traían, o la caricia de tu boca con forma de ola y de orilla y de lengua amordazada de lámina de amapola de miel y palma y resquemor de volcán herido; entonces miraba hacia otro lado como miran los niños cuando han roto la figura de porcelana y ese “yo no he sido” se cuelga de sus manos cruzadas atrás en la espalda; así miraban mis ojos a los tuyos en la otra esquina que, a su vez, no miraban distinto, pero me besaste, sí, con el borde interior de los sentidos, como quien se desnuda en la penumbra para no enseñar del todo, pero mostrando la curva en un pequeño comité de ganas; siempre anduve en ese filo de besos tuyos dejados a desmano y desamparados de distancias