viernes, 9 de octubre de 2015

Perdí la clave.

Un día tiré la bota a la bombilla con tan mala puntería que rompió el espejo. 7 años de mala suerte. Dito e feito, o como decimos en mi tierra: mal agüero el tuyo. En esa época odiaba mirarme, como quien odia mirar un gusano, cucaracha, rata apestosa o cualquier otro bicho inmundo, cosas del alcantarillado del alma que solo nosotros conocemos. Así que el tema del espejo no estuvo del todo mal, claro que no: ojos que no ven, sácatelos de encima. Lo que no sé si tendrá que ver con lo que vino después, porque me dio por darme asco la luz. Toda. Las farolas, los coches, los luminosos de neón, el sol, las bombillas de casa. Como no podía pelearme con todo, decidí eliminar las de casa. Tan solo dejé algunas de esas indirectas, tenues, que apenas hacían sombra porque todo eran sombras. Llegó un punto que también aquellas pobres luces miserables me molestaban y las finiquité. No que las tirará a la papelera, sino que las pisé con mis pies, una tras otra, hasta dejarlas sangrientas y astilladas rumiando el parqué. Cuando llegaba a casa, no había luz. Cuando me levantaba en la noche, no había luz. Aprendí a fuerza de moratones dónde estaban los muebles, las esquinas. Pero no conseguí ocultar el sol. Así que, en mi cabezonería, de día comencé a cerrar los ojos. Sí, tal cual: invidente dentro de mi casa. Iba palpando las paredes hasta llegar a la cocina. Me quemé cierto día. Me caí otro. Rompí algún diente. Aún conservo ciertas cicatrices. Y me gustan.  

https://youtu.be/8WraqZsOi_8

London Grammar - If You Wait