jueves, 15 de octubre de 2015

Cuando un amor se va

Hace veinticuatro horas que te fuiste. Fue un último sueño dulce. También tuviste una última cena dulce con trozo de jamón ibérico por postre; me gusta pensar que viviste bien. Te hubiera invitado a la copa de Albariño con la que brindé por tu marcha, pero estaba a rebosar de lágrimas y no te habría gustado. No sé dónde estarás ahora, ni siquiera si estarás. A los humanos nos cuesta aceptar el fin, por eso inventamos paraísos, infiernos, otras vidas, reencarnaciones. Así que yo no voy a ser menos y contradeciré mi vida sin creencias: te has reencarnado en elefante, para que nadie te pise más. Porque de algo tiene que servirte haber sido tibetano, ¿no?
Te bajé a la playa por última vez. Como no podías ya caminar, te bajé en brazos. Dejaste, en ese momento, de llorar. Parecías tan calmado, tan feliz. 
No haré literatura del desgarro y tu ausencia. Solo diré que me salvaste la vida, y no una vez. Que tiraste de mí, y no una vez. Que fuiste mi amigo, mi compañero, mi hijo, mi vida, y no una vez. 
Doce años, compi, doce años. 
Te has ido, mi sombra. 
Cómo seguiré sin ti. 

La gentil veterinaria dijo al final: le diste mucho. 
Pero nadie, salvo yo, sabe la verdad: Tú me diste más. 



Zazpi en la playa de Cesantes, frente a la isla de San Simón. 
19/09/2015






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