martes, 14 de abril de 2015

Una mirada perdida. II



Casi 9 meses después...


Había perdido el hábito de detenerme y mirar, hasta que lo encontré y me detuve. Serenamente. Frente a la ría. Hay un pueblo llamado Domaio frente a mi ventana, que no sé por qué siempre me recuerda a aquel memorable jugador de beisbol: DiMaggio, qué tendrá qué ver. Tomaba hoy una clara, fifty limón fifty cerveza mientras contemplaba el correo eléctronico en mi superesmartfon como hace todo el mundo que está en un bar, incluso entre amigos, no vaya a ser que la diferencia me saque de esta humanidad cada vez más embrutecida. El correo era una notificación de un comentario en el blog, aquí mismo, aquí abajo, después de casi nueve meses sin actividad. Entré a ver las estadísticas y me sorprendieron las visitas; demasiadas para un sitio casi cerrado, polvoriento, con arañitas colgando de las esquinas y ojos que no vuelven. 

Me mudé en septiembre a esta orilla. Cumplí años. Pinté el salón, el dormitorio. Adecué mi hogar y realojé a mis bichos. Un día, sentada en una de las terrazas, apareció Miyuri, una gatita callejera atigrada beige y blanca, despeinada, sucia, famélica, atiborrada de pulgas y hambrienta de todo, más aún de mimos. La llamé. Zaspi vino a curiosear -doce años no le quitan esa insistencia en ser mi sombra y en erigirse dueño de mis atenciones-. Ella bufó desconfiada, pero, al yo insistir, se dejó querer. Me la coloqué en el regazo, le dí algo de la tostada, comenzó a ronronear y yo pensé: la hemos cagado. Desde entonces es una más en casa, gorda, hermosa, rotunda como ella sola en mimosería y tranquilidad, y complemento ideal de mi otra gata: Nina. 

Durante este tiempo me he puesto a corregir mi tercera novela, Donde duermen los lobos. La cuarta, Cartas de una Perra, fue frenada en seco en la página 267 -me sentí oportunista, a pesa de...- y será finiquitada cuando las sombras de Grey se desvanezcan. Durante este tiempo, he crecido, he amado, he escrito sin compartir. Nada de grandes quiebros ni horribles quebrantos. Nada de calamidades, ni siquiera grandes borrascas. Pacífica vida como pacífica es la ría de esta orilla, como un lago para bañar niños que no quieren ahogarse. 

A los que habéis pasado de nuevo por aquí, a los que pasaréis, a los que, de algún modo, se acercan a mí y a mis letras, deciros que volveré un día de estos, cuando la catarata que tengo por mente destroce las compuertas. 

Gracias, todas y alguna más que me guardo para cuando proceda. 

Recordad si os sentís reflejados en algún párrafo: 
siempre os estoy mirando. 


Woodkid - The other side
https://youtu.be/H3oCsdEfRB0