miércoles, 1 de enero de 2014

Porque yo te necesito para respirar


Nina sentía un extraño placer arrancándole las alas a aquella mosca indefensa. Estaba totalmente ensimismada, contemplando cómo el bicho se movía desesperado sobre el cristal de la mesa del comedor, mientras con unas pinzas de depilar ella le sujetaba el abdomen, manteniéndola inmóvil y a expensas. El seseo de sus patas contra el cristal quebraban el silencio de la habitación, donde apenas su respiración entrecortada podía percibirse.

Tía Daniela apareció silenciosa a su lado.
- Me muevo como los indios.- dijo.

Nina la miró como si fuera transparente y fijó sus ojos en el acuario inmenso que Tía Daniela mimaba como a un hijo.
- Tengo que limpiar el filtro, lo sé. Pero estas carpas viven cómodamente en el agua turbia como ningún otro pez.

Las pinzas dejaron de sujetar a la mosca mutilada, pero no pudo levantar el vuelo y salió renqueando por la mesa hasta llegar al borde y precipitarse al suelo. Eso llamó la atención de Nina durante exactamente dos segundos, porque algo más poderoso le había atrapado: el aleteo de un precioso pez cola de velo, blanco y espléndido, el rey del acuario.
- Ese un día irá a la cazuela. Qué arroz más rico saldría.- bromeó Tía Daniela. – Hablando de comer… Tengo que ir a por pan. No tardo, Mi Niña.

Le saludó con su mano sobre el hombro izquierdo cómo solía hacer para reconfortarla y seguir a su lado, a pesar de la distancia que había entre el mundo vivo y ella, a pesar de su silencio de horas, de ese autismo que la embaucaba a quedarse tras la línea de los puntos y las comas, y de todas las palabras, que desde la muerte de su hijo, habían decidido tomarse vacaciones esporádicas: ahora sí hablo, pero poco; ahora no hablo nada.
Nina tenía esa habilidad para quedarse mirando un agujero en la pared como quien ha descubierto el agujero de la capa de ozono, y era terriblemente importante no perderlo de vista, pues toda la humanidad dependía de ello, y ella, solo ella, tenía la habilidad suficiente para evitar el fin del mundo, así que no había sobre la tierra podrida ningún asunto más importante que mantenerse en silencio, mirando el agujero para calcular exactamente dónde y cómo taponarlo.

Sonó la puerta al cerrarse y Nina fue a la cocina a por un cuchillo afilado. En la pecera, el cola de velo aleteaba ondulante, abriendo la boca una y otra vez, en un glup-glup eterno e inconsciente, mirando a través del vidrio del acuario y, como si pudiera adivinar el pensamiento de Nina, comenzó a aletear más rápido, como las alas de la mosca desesperada.
Debió quedarse demasiado tiempo contemplando cómo el pez percibía y se retorcía ante su final descuartizado, porque Tía Daniela apareció de nuevo a su lado, como los indios, silenciosa y calmada. Le puso otra vez la mano en el hombro, mientras con la otra conseguía arrancar el cuchillo de cocina de la mano de Nina.
- Lo mataremos. Lo abriremos en canal y le arrancaremos las agallas si con eso te sientes mejor, pero su muerte no nos traerá más vida.

Nina giró ciento ochenta grados hasta quedarse frente a frente a Tía Daniela.
- ¿Por qué no fui yo quien murió en el accidente?
- Porque yo te necesito para respirar.- murmuró Tía Daniela mientras la acogía entre sus brazos.


de la novela La magia del fin del mundo 
Cola de velo
Delia Díaz

Nº de Registro TF-467-10, del Registro de la Propiedad Intelectual de Santa Cruz de Tenerife.

 
Oso Leone - Rebellion