domingo, 5 de enero de 2014

Desvitrifícame.

Ella no sabía qué hacer con su abrigo de visón. La mesa, los bancos de piel, sin colgadores, sin lugar para prendas de mayor importancia. El culo prieto en unos vaqueros de diseño y autor de calibre fabricado en Indonesia por niñas que dejarán pronto la inocencia y su virginidad en algún mercado hediondo. Ella abrió su bolso, también importante, extrajo su monedero más valioso que toda mi bisutería y pagó el café con un billete de cincuenta. El abrigo descansaba en su regazo durmiendo el sueño del visón descuartizado. Pensé en mi abrigo de conejo, aquel que compré en el rastro por diez euros a una señora londinense venida a menos. Yo también llevo pieles, joder. No puedo usar doble vara de medir. No puedo criticar el consumismo y luego mirar tiendas y llevar bolsas con los Reyes y ajustar mi culo ridículo en mis vaqueros también importantes. Ella me miró como si le debiera la vida y arqueé la ceja tanto que me dio la vuelta al cráneo. Abuelo criaba conejos y me enseñó a descuartizarlos para comer en las fiestas importantes. Algo hay que comer, me decía cuando yo lloraba porque aquel bicho me había ganado el corazón incluso aún más cuando el suyo dejó de latir. Mi abrigo de conejo me mira de soslayo. Está teñido. No es posible conejos de ese color. Me consuela pensar que es sintético. Los visones descuartizados chillan y nadie los oye. Ella desprecia mi bolso barato cuando saco una monedas y doy los buenos Reyes.

Los escaparates me contagian sus moléculas de cristal.

Acógeme en tus brazos. Desvitrifícame con tu saliva.


Porcupine Tree - Sleep Together.