domingo, 28 de abril de 2013

Uñas Rojas VI

"Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?", te preguntó Djuna, y tú cerraste el hábito de cansarte y te convertiste en buscador, dejando el lomo herido al amparo de las redes, sin enseñar del todo tus cicatrices de guerra o tus cerezas y el árbol del que nunca te colgaste. Así buscabas, como quien lanza la caña de anzuelo gastado y sin cebo, esperando que el gran pez de Hemingway se dejara pescar o te abatiera, dándole un sentido a la vida. De igual modo que yo te buscaba, anidando en tejados ajenos y perdiendo justificantes para nulas devoluciones; lo vivido permanece y prevalece, no hay más losa para sepultarlo que la del cementerio. Pero dudé de ti. De mí. Del camino. Salvo tú, todos mis amores nacieron como jaulas y sin un principio de dudas. Ya sabemos que no hay motor más poderoso que el deseo, ni espejismo más fatuo ni ciego más evidente. En aquel entonces, escribía, desde dentro de las jaulas, tomaba la pluma al vuelo y, rasante, dibujaba salidas que no eran otra cosa que papel mojado. Y a los márgenes, anotaba: No estoy aquí. Esta no soy yo. No soy yo.
Si domestican a la loba, terminará aullando hacia dentro, aparentemente muda e inofensiva, hasta que el aullido sea detonador y trueno. Tu oído preciso la salvó, y tu sello feroz en la frente. Fue justo después del hundimiento en Orfidal, cuando permanecías despierto y expectante sin quererlo, como si dormir te estuviera prohibido o esperaras la llegada de alguien importante cuya venida no sería anunciada. Entonces el condicional nos subrayaba renglones en el folio, donde tú hendías versos y yo goteaba sangre: Y si esta que aulla soy yo, y si tú me oyes, y si bramas conmigo.
Encelado está reventado por sus costuras, leí en un artículo de la Nasa después de amarnos y mellar con nuestros jugos las sierras del mundo. Aquella luna de helio de Saturno y su gran cicatriz se parecía un tanto a mi cara, o a mi vida. Tú me acariciaste la cara vivida, repleta de sombras y marcas como Encelado. Vienes a mí como si fuera la primera vez y, aún mil veces venida, siempre te sorprendes, me dijiste después de contemplar cómo mi orgasmo hería el cielo con sus uñas rojas como lo haría el Temple Complex del Dharamsala. Y mis ojos la sorpresa, de tan magna y cierta, no los abría sino plegaba el párpado porque en ellos bailaba el vals más antiguo. Luego suspiraba amarrada a tu pecho agitado, que ya había vencido al insomnio, y una mano tuya firmaba en mi espalda. Allí quedaba la rúbrica como estampada, y sé, tan real como mi paso, que el mundo podía leer el nombre de mi propietario, que llevaba tú código eliminador de barras, una etiqueta con la composición de nuestro amor, que era tuya como tú me pertenecías, no en el sentido jurídico o social de propiedad sino como tuya es la sombra que tu cuerpo dibuja, tu mirada o tu ilegible ortografía.
Conque esto, finalmente, nos contó el Vigilante de la noche.
Echo en ti raíces de baobab. He llegado. Tu respiración reduce su agitado compás rojo, con el percutor del cazador salvaje amortiguado por mi caricia. Has llegado. Estamos en casa.



Led Zeppelin - Moby Dick

domingo, 21 de abril de 2013

Uñas Rojas V

Quédate, supliqué mientras tu último soplo me resbalaba garganta abajo. Habías decidido escapar horadando la pared de nuestro dormitorio con una cucharilla mediocre en vez de un martillo de gemas a lo Dufresne. 
La fuga sobrevino iniciado el tiempo de descuento, cuando ya teníamos arrugada la vida y un baúl repleto de presencias y fetiches. Te pregunté entonces por qué intentabas huir. Y, de espaldas a mí y a todo, comprendiste la importancia de las camas deshechas. Sin embargo, dentro del agujero, no podías girar, aprisionado en el túnel de la pared camino a otro mundo. Creo que ya no me recordabas ni me reconocías. Fue cuando me saludó el verdadero verdugo con su guillotina de miedo y un clavel rojo en el ojal. Y, como era de esperar, me eché temblores sobre la piel y los ojos. Pero no lloré. Solo recordé una tarde de abril frente a poniente, llena de caminantes de brazos desnudos y ganas de aire. Y me acordé de aquella pareja con síndrome de Down, parados en mitad del paseo y la gente, mirándose embelesados -y nosotros a ellos-, mientras él le acariciaba el mentón con el pulgar y ella sonreía como solo sonríen los felices. En aquel momento te pedí la eutanasia. Dame Campari, como pidió Sampedro antes de morir, pero dámelo con cianuro, si pierdo la memoria, el pie en el estribo de mi vida, te rogué.
El verdugo me saludó tocándose una cana con el clavel rojo. Estaba claro: sin nombre en tu vida, sin patente de recuerdos, era mejor morirse. Pero tú insistías en escapar en el último peaje, dejándome la última cuenta sin pagar, el último cargador vacío, la última cuneta sola.
No sé qué golpe o truco te alcanzó allí arrinconado en el boquete de la pared, pero conseguiste recular lo suficiente para volver a la cama deshecha, junto a mí. El verdugo ensombreció y fue engullido por la luz de tu boca. Alcanzaste mi mano, en la otra portabas un farolillo rojo de Ámsterdam, y me dijiste: Puta mía, ayúdame a cavar un hueco mayor con tus uñas rojas. Ya casi no recuerdo. Tomemos ese Campari juntos, al otro lado. Al otro lado nos espera Arcadia.

Win Mertens - No Testament

domingo, 7 de abril de 2013

Uñas Rojas IV

Estaba fuera de lugar, sin duda. Pero no solo yo, también el ambiente de velas y ese aire de noche loca que embadurnaba la casa: una botella de Terras Gauda bien fría, las canciones más sensuales de la Gibbons y mucho rojo derramándose.
Me había preparado a conciencia para la ocasión. Ya había pasado la línea de la resignación cuando tu palanca abrió mi puerta. Vivía al borde del estoicismo con una visión cenital del mundo y una quemadura que nadie veía. Quise darte la mano agradecida cuando me devolviste la fe, pero no pude. Estaba manca cuando llegaste. Mis feos muñones iban siempre camuflados en guantes sin dedos, como esos de los bebés; ciertas fealdades, de ser evidentes, es mejor ocultarlas. Pero no te importó, como tampoco la horrenda quemadura de mi muslo izquierdo. La primera noche ya la besaste con amor. Luego, siempre la acariciabas, como si ella fuera lo mejor de mí. Kim Phuc.
Nunca supe cómo lo hiciste, pero me creciste nuevas manos.
Me vestí aquel seductor picardías rojo con ellas.
Sentí venir la náusea. Si fuera Wilmot disfrazado de púrpura cardenalicia hubiera desentonado menos. Hay cierta fuerza centrífuga en las cosas cuando uno no encaja, como si el entorno girara por un remolino. Es la clásica sintomatología del mareo, nada particular, producto de la vergüenza.
De todos los detalles del espectáculo montado para seducirte, solo puedo decir a mi favor que el rojo de mis uñas casaba divinamente con la lencería de encaje. Allí, tumbada en el sofá, sin más que el picardías transparente, me encontraste. Tú y tu amigo. No hubo aviso ni tiempo de reacción. Tan solo pude cerrar mis invitadoras piernas cuando asomasteis al salón. La gata fue la única en responder con naturalidad, maullando y arqueando el lomo.
En la alfombra del vestíbulo quedó un círculo de babas. Nunca supe a cuál pertenecía. Mi siguiente recuerdo me lleva al baño y a la papelera donde tiré aquel maldito encaje.
La última vez que tropecé con tu amigo fue incapaz de mirarme a los ojos; yo, tampoco. Sin embargo, él no descendió la mirada como yo, hasta la punta de mis zapatos, sino que se detuvo a la altura de mi triángulo de las Bermudas. Creo que desapareció allí engullido. Como tú.
 
 
Portishead - Strangers

lunes, 1 de abril de 2013

Uñas Rojas III

Miramos desafiantes a las cuencas vacías de la muerte y tenemos hambre de todo. Sol. Aire. Música. Miradas repletas. Todos los escalofríos juntos y condensados, con la humedad rebosando los ángulos que nos contienen. Somos el vórtice desde donde todo gira. Fractales. Vintage de la vida. Un nido de sombras suicidándose en la luz. Jugando a querernos como si no hubiéramos amado nunca. Y puede que así sea realmente.
Amor, cuando lleguemos a casa, cántame una nana, me dijiste alguna vez; tu particular eufemismo de la felación. Sabías que nunca fue mi práctica favorita aquella de meterme en la boca algo que a mí ni a nadie cabría. Y yo me preguntaba cómo lo habrían hecho antes otras bocas, en otros momentos en los que habías sido una parte de lo que eres ahora. No sé dónde había leído que ciertos seres tienen la habilidad de relajar la garganta y facilitar así el tránsito y la mejor cabida. Supongo que, por aquello de la dación y entrega, algo en mí mutó. Puede que la mutación viniera de tu ternura al acariciarme el pelo o la súplica residiendo en tus ojos. Yo, entonces, bajaba con los míos cerrados. Un día recuerdo abrirlos y mirar al centro de tus pupilas, hijas de galaxias donde mi nombre reina por encima de todas las cosas. Lo intuía, pero no lo supe certeramente hasta que me vi anidando en ellas.
Alguna otra vez empujaste con la pelvis y dijiste: Un día me correré en tu boca. Habló esa parte tuya desafiante, que anhela destrozar fronteras como Livingstone ante las grandes cataratas. En cierto momento me apartabas con dulzura, tumbándome de espaldas. Luego bajabas a mis bajos fondos a succionar mi cumbre como yo había hecho antes. Exactamente igual: degustando y hundiéndote en mis pupilas como para verificar cuánto placer, cuánta presión. Cuánto.
Ya sabíamos que el amor era eso: el que parte y reparte no se queda con la mejor parte. Nos había costado toda la vida averiguarlo. Luego me besabas como si fuera a irme para siempre y me decías: Este es mi lugar. Y sentenciabas con ese algo definitivo, justo al entrar en mí como los hijos pródigos que regresan, por fin, a casa.

Te arañaré la espalda. Me sanarás el horror.
Buenas nanas.
Nuestros insomnios desertarán. Tú eres mi lugar.

 
http://youtu.be/aP8_hUXgK_U
Radiohead- Backdrifts