sábado, 14 de diciembre de 2013

Un día veremos

Soñé la otra noche que te ibas.
Como un pendiente resbalado por el desagüe del lavabo.
Como una pelota hinchable fugada en las olas hasta el horizonte.
Como las plumas al país de las plumas perdidas.
Como el par del calcetín que guardo en la gaveta.
Desperté llorando y, entonces, te llamé. Tú, aún perdido en el sueño, me contestaste. No sé si dijiste Adiós o Amor, pero quise creer la palabra amable. Era viernes 13. Mal signo. Supersticiones aparte, la agonía tiene forma de puñal venenoso.
Una mano que no era la tuya me abrazó por la espalda, -no, no era la tuya, porque no me salvaba, me llevaba de vuelta al páramo donde las pesadillas proliferan como alergias-.
Cuando sueñas te crecen otras manos, otros ojos, otra boca y otro sexo. Me herías haciéndome el amor, clavando aguijones de escorpión en mi lomo, rasgando la piel, agrietando los labios. Y te reías llamándome ilusa. Te reías viendo la sangre y desviabas la vista hacia las redes sociales. Te reías con la burla de los vencedores. 
Quise zafarme el amor, odiarte como a los monstruos que de niña entraban por la ventana. Me liberé de ellos contándoles historias con mi boca embaucadora. Me pasó otro tanto en el infierno cuando, después de tirarme a Belcebú, escapé por la rendija de su boca. Fugarse tiene su cosa. Te lo dije: alma de Houdini. Mi mente me libera. Mis dedos abren vías a otros mundos. Mis ojos conocen todas las fronteras. Sé dónde tengo el más tonto de los segundos. Sé cómo revertir las horas, cómo menguar o hacerme sequoia, cómo desatornillar un corazón, cómo arrancarlo de cuajo y tirarlo donde no sea reciclado, cortar las cadenas, romper las jaulas, quitar la sedosa piel y travestirla en escamas. Soy la escapista perfecta. Pregúntale a Madre, a Titán, al heroico amigo que sujetó mis venas nudosas cuando todos los prospectos me daban por muerta.
Oh, sí, hija de Houdini, pedante valquiria que en sal su propio cuerpo convierte.
Pero no lo hice. No había fuga posible, ningún lugar donde esconderse, ni siquiera tras mis propios ojos. Fue entonces cuando me desgarré el vientre, saqué los intestinos e hice con ellos un rosario para rezarte plegaria repetida: Vuelve, vuelve, vuelve...
No, no creas que fue difícil coger el cuchillo grande e incidir desde el ombligo hasta el pecho. En canal, para que arrancaras con tu ausencia todas mis tripas si no habrías de volver. En canal, para que vieras morir bombeando un corazón que solo sabe pulsar tu nombre. No fue difícil: nada más quedaba por hacer. Tu beso o la nada. Tu verdadera mano o la nada. Tu verdadero sexo o la nada.
Ese tú que eres tú y que solo yo sé bien que tú eres. Ese tú que a mí me ama, que me conoce, ese tú que me salva, me trae a la costa, me redime de lo absurdo y me hace suya.
Ese tú al que imploro para despertar y al que, desde este oscuro lugar donde lloro, jamás diré adiós; solo: para siempre.


Puccini - Madame Butterfly - Un bel di vedremo