martes, 20 de agosto de 2013

Uñas Rojas X

Deconstrucción, apocalipsis personales, traiciones, olvidos, más traiciones, terrores nocturnos, pesadillas diurnas, guerras, hambrunas, pandemias, tristezas varias o conjuntas, derramas emocionales, crisis, más deconstrucción, contracultura, manifestaciones, subversivo, público, MySpace y la duda y el miedo a las letras desnudas, MySpace y tu versos, otros versos, otras caras y otras Historias.

Como las novelas, esto nuestro tiene su principio, su génesis perfecta, diría alguien culto.
Hemos nadado entre pirañas.
Había un motivo para salvarse.
Nunca encuentro nada.
Todo lo pierdo.
Pero aún guardo tu promesa en el bolsillo.
No me prometas nada, te dije, pero aún guardo tu promesa en el bolsillo.
¿Qué había antes del Big-Bang?
Nada. Es una putada, sí, pero Nada, Nada.
De la Nada de Steiner a la esencia de la cosas.
A la importancia de las cosas.
Finalmente, no fuimos tan estrellados.
Somos hijos de Dédalo, el hacedor de imágenes.
Supervivientes de la deconstrucción.
Empezó a gestarse el mundo cuando tú escribiste en la arena mi nombre si la A final y yo escribía "no me sueltes, no me sueltes, no me sueltes".
Diez dedos. Me habían regenerado deliberadamente después de la amputación: diez dedos con diez uñas rojas.
Para ti. Para tus manos.
Compartir.

Así que: ¿en el principio era el verbo?
Por qué entonces llegamos tan asfixiados al gerundio de amar, como si hubiéramos atravesado el jodido desierto de Atacama sin más agua que el sudor de nuestras axilas desesperanzadas.
Porque si hubiéramos cruzado vergeles de Arcadia o el país de los Nibelungos de la mano del cuasi inmortal Sigfrido, nunca habríamos conocido el gerundio que Brunilda esgrimió cuando se ensartó la espada Balmung al comprender que su amor, Sigfrido, había muerto.

Morir amando.
Tremenda perífrasis.
Morir amando hasta el final.

Como tu madre. Hasta el final de todos los finales.
Como tu padre, en su absurdo y eliminador Alzheimer, que aún fue capaz de acariciar la mejilla arrebolada de su esposa, compañera en los últimos 60 años de vida, mientras subíamos en el ascensor a casa, sin más: subir a casa para descansar de una comida familiar donde tú me habías presentado como tu amor.
Como tu padre, la sombra que el Alzheimer había dejado en esa persona que era tu padre, cuando antes de que se abriera la puerta del ascensor, en aquel arrebato de ternura, le dijo a tu madre: 

Te quiero



Carla Morrison - Disfruto