domingo, 21 de abril de 2013

Uñas Rojas V

Quédate, supliqué mientras tu último soplo me resbalaba garganta abajo. Habías decidido escapar horadando la pared de nuestro dormitorio con una cucharilla mediocre en vez de un martillo de gemas a lo Dufresne. 
La fuga sobrevino iniciado el tiempo de descuento, cuando ya teníamos arrugada la vida y un baúl repleto de presencias y fetiches. Te pregunté entonces por qué intentabas huir. Y, de espaldas a mí y a todo, comprendiste la importancia de las camas deshechas. Sin embargo, dentro del agujero, no podías girar, aprisionado en el túnel de la pared camino a otro mundo. Creo que ya no me recordabas ni me reconocías. Fue cuando me saludó el verdadero verdugo con su guillotina de miedo y un clavel rojo en el ojal. Y, como era de esperar, me eché temblores sobre la piel y los ojos. Pero no lloré. Solo recordé una tarde de abril frente a poniente, llena de caminantes de brazos desnudos y ganas de aire. Y me acordé de aquella pareja con síndrome de Down, parados en mitad del paseo y la gente, mirándose embelesados -y nosotros a ellos-, mientras él le acariciaba el mentón con el pulgar y ella sonreía como solo sonríen los felices. En aquel momento te pedí la eutanasia. Dame Campari, como pidió Sampedro antes de morir, pero dámelo con cianuro, si pierdo la memoria, el pie en el estribo de mi vida, te rogué.
El verdugo me saludó tocándose una cana con el clavel rojo. Estaba claro: sin nombre en tu vida, sin patente de recuerdos, era mejor morirse. Pero tú insistías en escapar en el último peaje, dejándome la última cuenta sin pagar, el último cargador vacío, la última cuneta sola.
No sé qué golpe o truco te alcanzó allí arrinconado en el boquete de la pared, pero conseguiste recular lo suficiente para volver a la cama deshecha, junto a mí. El verdugo ensombreció y fue engullido por la luz de tu boca. Alcanzaste mi mano, en la otra portabas un farolillo rojo de Ámsterdam, y me dijiste: Puta mía, ayúdame a cavar un hueco mayor con tus uñas rojas. Ya casi no recuerdo. Tomemos ese Campari juntos, al otro lado. Al otro lado nos espera Arcadia.

Win Mertens - No Testament