domingo, 7 de abril de 2013

Uñas Rojas IV

Estaba fuera de lugar, sin duda. Pero no solo yo, también el ambiente de velas y ese aire de noche loca que embadurnaba la casa: una botella de Terras Gauda bien fría, las canciones más sensuales de la Gibbons y mucho rojo derramándose.
Me había preparado a conciencia para la ocasión. Ya había pasado la línea de la resignación cuando tu palanca abrió mi puerta. Vivía al borde del estoicismo con una visión cenital del mundo y una quemadura que nadie veía. Quise darte la mano agradecida cuando me devolviste la fe, pero no pude. Estaba manca cuando llegaste. Mis feos muñones iban siempre camuflados en guantes sin dedos, como esos de los bebés; ciertas fealdades, de ser evidentes, es mejor ocultarlas. Pero no te importó, como tampoco la horrenda quemadura de mi muslo izquierdo. La primera noche ya la besaste con amor. Luego, siempre la acariciabas, como si ella fuera lo mejor de mí. Kim Phuc.
Nunca supe cómo lo hiciste, pero me creciste nuevas manos.
Me vestí aquel seductor picardías rojo con ellas.
Sentí venir la náusea. Si fuera Wilmot disfrazado de púrpura cardenalicia hubiera desentonado menos. Hay cierta fuerza centrífuga en las cosas cuando uno no encaja, como si el entorno girara por un remolino. Es la clásica sintomatología del mareo, nada particular, producto de la vergüenza.
De todos los detalles del espectáculo montado para seducirte, solo puedo decir a mi favor que el rojo de mis uñas casaba divinamente con la lencería de encaje. Allí, tumbada en el sofá, sin más que el picardías transparente, me encontraste. Tú y tu amigo. No hubo aviso ni tiempo de reacción. Tan solo pude cerrar mis invitadoras piernas cuando asomasteis al salón. La gata fue la única en responder con naturalidad, maullando y arqueando el lomo.
En la alfombra del vestíbulo quedó un círculo de babas. Nunca supe a cuál pertenecía. Mi siguiente recuerdo me lleva al baño y a la papelera donde tiré aquel maldito encaje.
La última vez que tropecé con tu amigo fue incapaz de mirarme a los ojos; yo, tampoco. Sin embargo, él no descendió la mirada como yo, hasta la punta de mis zapatos, sino que se detuvo a la altura de mi triángulo de las Bermudas. Creo que desapareció allí engullido. Como tú.
 
 
Portishead - Strangers