lunes, 1 de abril de 2013

Uñas Rojas III

Miramos desafiantes a las cuencas vacías de la muerte y tenemos hambre de todo. Sol. Aire. Música. Miradas repletas. Todos los escalofríos juntos y condensados, con la humedad rebosando los ángulos que nos contienen. Somos el vórtice desde donde todo gira. Fractales. Vintage de la vida. Un nido de sombras suicidándose en la luz. Jugando a querernos como si no hubiéramos amado nunca. Y puede que así sea realmente.
Amor, cuando lleguemos a casa, cántame una nana, me dijiste alguna vez; tu particular eufemismo de la felación. Sabías que nunca fue mi práctica favorita aquella de meterme en la boca algo que a mí ni a nadie cabría. Y yo me preguntaba cómo lo habrían hecho antes otras bocas, en otros momentos en los que habías sido una parte de lo que eres ahora. No sé dónde había leído que ciertos seres tienen la habilidad de relajar la garganta y facilitar así el tránsito y la mejor cabida. Supongo que, por aquello de la dación y entrega, algo en mí mutó. Puede que la mutación viniera de tu ternura al acariciarme el pelo o la súplica residiendo en tus ojos. Yo, entonces, bajaba con los míos cerrados. Un día recuerdo abrirlos y mirar al centro de tus pupilas, hijas de galaxias donde mi nombre reina por encima de todas las cosas. Lo intuía, pero no lo supe certeramente hasta que me vi anidando en ellas.
Alguna otra vez empujaste con la pelvis y dijiste: Un día me correré en tu boca. Habló esa parte tuya desafiante, que anhela destrozar fronteras como Livingstone ante las grandes cataratas. En cierto momento me apartabas con dulzura, tumbándome de espaldas. Luego bajabas a mis bajos fondos a succionar mi cumbre como yo había hecho antes. Exactamente igual: degustando y hundiéndote en mis pupilas como para verificar cuánto placer, cuánta presión. Cuánto.
Ya sabíamos que el amor era eso: el que parte y reparte no se queda con la mejor parte. Nos había costado toda la vida averiguarlo. Luego me besabas como si fuera a irme para siempre y me decías: Este es mi lugar. Y sentenciabas con ese algo definitivo, justo al entrar en mí como los hijos pródigos que regresan, por fin, a casa.

Te arañaré la espalda. Me sanarás el horror.
Buenas nanas.
Nuestros insomnios desertarán. Tú eres mi lugar.

 
http://youtu.be/aP8_hUXgK_U
Radiohead- Backdrifts