viernes, 22 de marzo de 2013

Uñas Rojas II

Pandora, Obra de J. Zahara

Tú hablabas de cuando aquella, de cuando esta, de cuando te hiciste viejo de golpe por un beso perdido, o de cuando abandonaste por tu biografía. Acompañaba a nuestros pasos el gemido de los pantalanes. Llevaba siete días lloviendo todas las lluvias: la vertical y furiosa, la lánguida diagonal que empapaba como caricia costados y rostros. Fueron días sin sombras hasta que al séptimo salimos a pasear y un sol cobarde dibujó tímido nuestras siluetas en los adoquines.

No mires atrás o me convertirás en sal, pensé yo. Un puñal crujía mi esternón cada vez que hablabas de tus vidas pasadas, posiblemente sin derecho alguno, porque los puñales son dictadores y traidores casi todas las veces. No sé por qué, pero vi a todas tus vidas pasadas con forma de copas de cristal: altas, finas, toscas o bohemias, posadas en las estanterías de tus recuerdos. Aquella con la que compartiste queso roquefort en el cine azul, la otra con la que aprendiste a decir te quiero en ruso; aquella de la que te despediste con un portazo en la boca, o la sensata que nadie entendió cómo quedó en la cuneta. Seré rara, pero me apeteció tanto estrellar todas las copas contra los adoquines húmedos. Y miraba el tatuaje de tu hombro y maldecía no haber estado allí para lamer la piel sangrienta.


Esa noche soñé que te ibas, que yo despedía al casero con una maleta en la mano y mi corazón dentro de un bote barato de cristal, posiblemente reciclado como el de mayonesa. Conseguí arrancármelo con las uñas pintadas del rojo de tu sangre. El casero requeriría explicaciones. Le dejé una nota en el buzón; a ti, una sobre la cama fría. Ponía en ambas: Cóbrate de la fianza.

Destrózame antes de irte. Vacíame. Hazme agujero negro, sal, piedra con tu adiós. Yo te arrancaré los labios antes de marchar.

Luego soñé que no te ibas del todo, que regresabas a lomos de mi calor y mis ganas. Pero yo había estrellado el bote de cristal contra el asfalto, justo cuando el casero me exigía cobrar el alquiler. En el hueco que dejó la víscera coloqué el reloj que te robé, regalo de una de tus vidas pasadas.

Al despertar me besaste, y yo no era sal ni piedra ni bote estrellado. Me besabas con los mismos labios de ayer, pero nuevos, con la boca de quien lleva toda la vida esperando beber de la copa correcta; siempre tan sediento hasta llegar a mí.