sábado, 14 de diciembre de 2013

Un día veremos

Soñé la otra noche que te ibas.
Como un pendiente resbalado por el desagüe del lavabo.
Como una pelota hinchable fugada en las olas hasta el horizonte.
Como las plumas al país de las plumas perdidas.
Como el par del calcetín que guardo en la gaveta.
Desperté llorando y, entonces, te llamé. Tú, aún perdido en el sueño, me contestaste. No sé si dijiste Adiós o Amor, pero quise creer la palabra amable. Era viernes 13. Mal signo. Supersticiones aparte, la agonía tiene forma de puñal venenoso.
Una mano que no era la tuya me abrazó por la espalda, -no, no era la tuya, porque no me salvaba, me llevaba de vuelta al páramo donde las pesadillas proliferan como alergias-.
Cuando sueñas te crecen otras manos, otros ojos, otra boca y otro sexo. Me herías haciéndome el amor, clavando aguijones de escorpión en mi lomo, rasgando la piel, agrietando los labios. Y te reías llamándome ilusa. Te reías viendo la sangre y desviabas la vista hacia las redes sociales. Te reías con la burla de los vencedores. 
Quise zafarme el amor, odiarte como a los monstruos que de niña entraban por la ventana. Me liberé de ellos contándoles historias con mi boca embaucadora. Me pasó otro tanto en el infierno cuando, después de tirarme a Belcebú, escapé por la rendija de su boca. Fugarse tiene su cosa. Te lo dije: alma de Houdini. Mi mente me libera. Mis dedos abren vías a otros mundos. Mis ojos conocen todas las fronteras. Sé dónde tengo el más tonto de los segundos. Sé cómo revertir las horas, cómo menguar o hacerme sequoia, cómo desatornillar un corazón, cómo arrancarlo de cuajo y tirarlo donde no sea reciclado, cortar las cadenas, romper las jaulas, quitar la sedosa piel y travestirla en escamas. Soy la escapista perfecta. Pregúntale a Madre, a Titán, al heroico amigo que sujetó mis venas nudosas cuando todos los prospectos me daban por muerta.
Oh, sí, hija de Houdini, pedante valquiria que en sal su propio cuerpo convierte.
Pero no lo hice. No había fuga posible, ningún lugar donde esconderse, ni siquiera tras mis propios ojos. Fue entonces cuando me desgarré el vientre, saqué los intestinos e hice con ellos un rosario para rezarte plegaria repetida: Vuelve, vuelve, vuelve...
No, no creas que fue difícil coger el cuchillo grande e incidir desde el ombligo hasta el pecho. En canal, para que arrancaras con tu ausencia todas mis tripas si no habrías de volver. En canal, para que vieras morir bombeando un corazón que solo sabe pulsar tu nombre. No fue difícil: nada más quedaba por hacer. Tu beso o la nada. Tu verdadera mano o la nada. Tu verdadero sexo o la nada.
Ese tú que eres tú y que solo yo sé bien que tú eres. Ese tú que a mí me ama, que me conoce, ese tú que me salva, me trae a la costa, me redime de lo absurdo y me hace suya.
Ese tú al que imploro para despertar y al que, desde este oscuro lugar donde lloro, jamás diré adiós; solo: para siempre.


Puccini - Madame Butterfly - Un bel di vedremo

viernes, 13 de diciembre de 2013

hay un hueco

hay un hueco en mi mano, ideal para subir gatos y gotas de lluvia que parecen lágrimas, ideal para escurrir suspiros bordando peldaños de otra época; me encanta andar descalza, pero hace frío y busco calcetines, hace tanto frío de puertas para afuera como de puertas para adentro, pero mis calcetines están rotos, como todo,  no tenía dinero para nuevos y aprendí a zurcir, por eso tengo los dedos gastados como los ojos; también aprendí a matar inocentes andoriñas ocupadas en tejer hermosas palabras en ajenos tejados, por eso levanto la ceja al recordar tu voz batiendo alas; mutilé un suspiro cuando te leí por vez primera, lo recuerdo expresamente, recuerdo arrancarle el iris y dejarle las manos, deslizaba sus dedos lanzándome señales en braille, pero mis raídos tímpanos solo tenían frecuencia para la risa de las andoriñas fantasmas, que golpeaban con sus invisibles alas todos los cristales fabricados para esconderme; no sé qué escribo ahora, ni siquiera consciencia pura puede llamarse, pero sé que hilo algo nacido de tu boca que se llenó al decirme te quiero; nadie colecciona certezas como tú, colocándolas sobre estantes vacíos para que solo yo las vea, y yo miro esas certezas nuevas que cubren el polvo de la estantería, que no dejan ver la huella del tiempo, del tiempo que aguanto llorando para adentro, de los minutos que desterré tras mis cicatrices, de una corona de espinas aparentemente merecida y que no era mía, una lanza en el costado, un clavo y dos de arena; entonces llego aquí y me paro, me paro a contemplarme en un espejo donde tú no estás: y me veo bella en esto que soy contigo

el perfume-banda sonora

domingo, 8 de diciembre de 2013

Pronto llegará el invierno


No tuve ningún lugar donde esconderme del trueno, así que ya no le temo.”
Gengis Kan

(.../...)

-V-

invierno

la casa de Prudencia tenía una lámpara hecha con lágrimas de san lorenzo, las cortinas de verde terciopelo decolorado en los bordes, una mesa de cerezo para seis comensales con sus seis sillas torneadas y barrocas, una alfombra de mercadillo, que Madre decía árabe, deshilachada en una esquina y recosida por la abuela que jamás venía a quedarse en invierno -demasiado frío, demasiado frío no es bueno salvo para curar embutidos- el salón era odioso, mi dormitorio también, pero tenía esa ventana a la cama que el mundo veía como cama hacia la ventana cuando siempre fue al revés

aún estoy ahí, manteniendo el equilibrio y asomada sobre el acantilado que era el filo de la cama, como cuando tenía nueve años; en el borde del precipicio te intuyo mirarme, te veo sentado en tu despacho, a lo lejos, observando desde tu ventana cómo caen las rocas desprendidas bajo mis pies; y me siento caer, casi caigo, casi ya muero, estoy cayendo, casi, mientras tú, desde el dintel de tu aséptica ventana, lleno de cagadas de gaviotas, lloras para adentro como dicen que lloran las personas adultas, y sé que vendrás a ayudarme del mismo modo que sé que te quiero

(.../...)
 
Extracto Capítulo 56, Donde duermen los lobos.
 
Low Roar - Patience


martes, 20 de agosto de 2013

Uñas Rojas X

Deconstrucción, apocalipsis personales, traiciones, olvidos, más traiciones, terrores nocturnos, pesadillas diurnas, guerras, hambrunas, pandemias, tristezas varias o conjuntas, derramas emocionales, crisis, más deconstrucción, contracultura, manifestaciones, subversivo, público, MySpace y la duda y el miedo a las letras desnudas, MySpace y tu versos, otros versos, otras caras y otras Historias.

Como las novelas, esto nuestro tiene su principio, su génesis perfecta, diría alguien culto.
Hemos nadado entre pirañas.
Había un motivo para salvarse.
Nunca encuentro nada.
Todo lo pierdo.
Pero aún guardo tu promesa en el bolsillo.
No me prometas nada, te dije, pero aún guardo tu promesa en el bolsillo.
¿Qué había antes del Big-Bang?
Nada. Es una putada, sí, pero Nada, Nada.
De la Nada de Steiner a la esencia de la cosas.
A la importancia de las cosas.
Finalmente, no fuimos tan estrellados.
Somos hijos de Dédalo, el hacedor de imágenes.
Supervivientes de la deconstrucción.
Empezó a gestarse el mundo cuando tú escribiste en la arena mi nombre si la A final y yo escribía "no me sueltes, no me sueltes, no me sueltes".
Diez dedos. Me habían regenerado deliberadamente después de la amputación: diez dedos con diez uñas rojas.
Para ti. Para tus manos.
Compartir.

Así que: ¿en el principio era el verbo?
Por qué entonces llegamos tan asfixiados al gerundio de amar, como si hubiéramos atravesado el jodido desierto de Atacama sin más agua que el sudor de nuestras axilas desesperanzadas.
Porque si hubiéramos cruzado vergeles de Arcadia o el país de los Nibelungos de la mano del cuasi inmortal Sigfrido, nunca habríamos conocido el gerundio que Brunilda esgrimió cuando se ensartó la espada Balmung al comprender que su amor, Sigfrido, había muerto.

Morir amando.
Tremenda perífrasis.
Morir amando hasta el final.

Como tu madre. Hasta el final de todos los finales.
Como tu padre, en su absurdo y eliminador Alzheimer, que aún fue capaz de acariciar la mejilla arrebolada de su esposa, compañera en los últimos 60 años de vida, mientras subíamos en el ascensor a casa, sin más: subir a casa para descansar de una comida familiar donde tú me habías presentado como tu amor.
Como tu padre, la sombra que el Alzheimer había dejado en esa persona que era tu padre, cuando antes de que se abriera la puerta del ascensor, en aquel arrebato de ternura, le dijo a tu madre: 

Te quiero



Carla Morrison - Disfruto

sábado, 6 de julio de 2013

Uñas Rojas IX



Conocí lo escondido tras las puertas, donde teje sus espinas el miedo.
Viví, como tú, en la vertical alambrada.
Habían nidos y perfectas promesas al otro lado.
Allí terminé mi recámara de excusas.
Ahora estoy en el final renglón de todos los quiero.

Has visto cómo huye la penúltima mañana.
Como un espejo con su calumnia necesaria contra el desaliento. 
 
Yo estuve, como tú, en otro mundo antes de regresar a ti.
Las Nornas crujen y el tejido finaliza como baraja truncada.
Pero mienten.
No somos impostores. No nos estafa ya la vida.
Sabías que el fin era el principio; infinito retorno jamás escapa.
Por eso estás aquí. Y nos quedamos.   

Nos resta componer versos no ya rotos, sino astillados;
uñas rojas de vida creciendo gemidos en el vertedero.
Ahora ya lo sabes: hay una luz nueva tras las puertas. 
Ella te ama, y, en silencio, pronuncia tu nombre. 

 
 
 
Asaf Avidan – Differents Pulses

martes, 28 de mayo de 2013

Uñas Rojas VIII

 
Los chicos de la calle Príncipe me solicitan una donación para los niños del África, pero yo nunca tengo tiempo y ya no creo en Ongs. Huyo hacia mi trabajo con simple afán recaudatorio y la coletilla de la puta crisis en todas las bocas. Ya no me compadezco por lo bajo que he caído en mi nómina, porque tú estás y aún puedo cantarle nanas a mis hijos perdidos. Pocas metas me quedan, algunas cuentas pendientes y venganzas que no me merecen mientras compro fulares en la feria de Bouzas.
De camino, el viejo de la Rúa do Urzaiz mea en una botella de espaldas al mundo, desperezando sus pies atorados después de una noche fría y húmeda en el soportal, frente a McDonald's y tiendas de imperios, ante el tránsito y la vida. Y podría decir: yo tuve una hipoteca, un trabajo, un amor, cuando la última gota resbala por el cuello del vidrio reciclado. También podría dolerse la columna y los ojos cansados esperando reconocimiento como Oroza, después de engendrar su "Évame" con las manos cruzadas a la espalda.
Todo se ha dado la vuelta y ya no hay calderilla para el pan de los pobres. Mauritania no está tan lejos. Pero hoy dormiré caliente, con mi mayor riqueza a mi lado. Y si vienen las pesadillas y mi coro de niños muertos, tú me romperás la entrepierna y me matarás un poco. Porque amarte es como morirse un poco en aquella vieja ciudad de Dubrovnik, donde Shaw encontró el cielo en la tierra antes de que la guerra dejara su huella de metralla.
Lo he perdido todo, salvo la capacidad de levantarme. Tú eres la frontera que me separa del borde. Por eso, cuando te vayas, me arrancaré mis uñas rojas, una a una, y mis venas torcidas se someterán a la Endura con el ayuno del cátaro, hasta la inanición.

Imagine Dragons - Radiactive
""... Se ha roto algo
 
Se ha dividido en dos el mundo y vuelvo a ser como una bestia realizada
 
Vuelvo al mundo
Y creo que las horas que escuchamos nos abren la puerta que nos permite entrar...""
 
"Évame", Carlos Oroza


 

martes, 21 de mayo de 2013

Uñas Rojas VII

Como marcajes de libros, cuánto debimos señalar para que esas horas indolentes dijeran algo y fueran caldo de memoria. Ya no digamos los días, las vidas indolentes; esas se nos escapan. Nunca supe pasmar, realmente, aún sabiendo que es necesario sentarse mirando la nada y sin nada a lo que recurrir como flotador. Sé. Pero también conozco el sobrepeso del vacío. Tú me enseñaste a cobijar la nada con el todo.
Teníamos un nido humilde donde pasmar juntos, que las urracas hurtaron hasta dejarlo colgado de una rama, que no partió porque era la más fuerte, que no abandonó porque fue fabricada con cadenas de otros átomos, que nos mantuvo porque dos salivas amadas son amarre superlativo. Tu boca y la mía ahí amparadas, abriendo camino al sexo o ni tan siquiera animadas como porteras; quietas, pasmadas, mirándose jugar y deshacerse. Era un nido hermoso como han de ser los nidos dignos de sostenerse. Y esos nidos no conocen deslealtad, ni saben de caminos secundarios al destierro. Permanecen sobre todos los mapas y burlan las estocadas, desafían machetes o escurren huracanes.
Nunca vendrá a mí tu traición, aunque lo intentes.
Tú no eres los otros. Ni te pareces.
El último hombre, oasis, samurái, zen,
alquimia, frontera, madrugada y te quiero.
Toca mi boca. Mi sexo. Surca mi espalda. Un revuelo al ombligo y troncal espiral girando. Aquí hay paz.
Resetea el orgasmo repetido y siempre nuevo.
Es pasmar este salto que no deja espacio entre un miedo y la noche, que evade de nosotros la dentellada y no pesa.
Es aquí, que el silencio no castiga y el gemido es gloria.
Es aquí, que el nido arañado por mis uñas rojas registra tu nombre y lo hace dueño.
No viste el llanto de la niña que te esperaba, cuando no apareciste en el horizonte de Abades. Tampoco viste la lágrima de la mujer que te recibió en su vientre ajado como si... Tú sabes cómo. 
Puedes morir, cambiar el cerrojo, torcer la boca y clavar desprecio con tus dientes, quemar los besos con algo de distancia, un nudo al abecedario de los amantes, crujir otros somieres, llevarte a Murakami o robarme a Sontag, una liana de engaños menores tejiendo el bosque, jugar a tres bandas con mi enemiga, pronunciar la palabra indebida. Puedes.

Nunca vendrá a mí tu traición, aunque lo intentes.

Hans Zimmer - A Small Measure of Peace
 

domingo, 28 de abril de 2013

Uñas Rojas VI

"Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?", te preguntó Djuna, y tú cerraste el hábito de cansarte y te convertiste en buscador, dejando el lomo herido al amparo de las redes, sin enseñar del todo tus cicatrices de guerra o tus cerezas y el árbol del que nunca te colgaste. Así buscabas, como quien lanza la caña de anzuelo gastado y sin cebo, esperando que el gran pez de Hemingway se dejara pescar o te abatiera, dándole un sentido a la vida. De igual modo que yo te buscaba, anidando en tejados ajenos y perdiendo justificantes para nulas devoluciones; lo vivido permanece y prevalece, no hay más losa para sepultarlo que la del cementerio. Pero dudé de ti. De mí. Del camino. Salvo tú, todos mis amores nacieron como jaulas y sin un principio de dudas. Ya sabemos que no hay motor más poderoso que el deseo, ni espejismo más fatuo ni ciego más evidente. En aquel entonces, escribía, desde dentro de las jaulas, tomaba la pluma al vuelo y, rasante, dibujaba salidas que no eran otra cosa que papel mojado. Y a los márgenes, anotaba: No estoy aquí. Esta no soy yo. No soy yo.
Si domestican a la loba, terminará aullando hacia dentro, aparentemente muda e inofensiva, hasta que el aullido sea detonador y trueno. Tu oído preciso la salvó, y tu sello feroz en la frente. Fue justo después del hundimiento en Orfidal, cuando permanecías despierto y expectante sin quererlo, como si dormir te estuviera prohibido o esperaras la llegada de alguien importante cuya venida no sería anunciada. Entonces el condicional nos subrayaba renglones en el folio, donde tú hendías versos y yo goteaba sangre: Y si esta que aulla soy yo, y si tú me oyes, y si bramas conmigo.
Encelado está reventado por sus costuras, leí en un artículo de la Nasa después de amarnos y mellar con nuestros jugos las sierras del mundo. Aquella luna de helio de Saturno y su gran cicatriz se parecía un tanto a mi cara, o a mi vida. Tú me acariciaste la cara vivida, repleta de sombras y marcas como Encelado. Vienes a mí como si fuera la primera vez y, aún mil veces venida, siempre te sorprendes, me dijiste después de contemplar cómo mi orgasmo hería el cielo con sus uñas rojas como lo haría el Temple Complex del Dharamsala. Y mis ojos la sorpresa, de tan magna y cierta, no los abría sino plegaba el párpado porque en ellos bailaba el vals más antiguo. Luego suspiraba amarrada a tu pecho agitado, que ya había vencido al insomnio, y una mano tuya firmaba en mi espalda. Allí quedaba la rúbrica como estampada, y sé, tan real como mi paso, que el mundo podía leer el nombre de mi propietario, que llevaba tú código eliminador de barras, una etiqueta con la composición de nuestro amor, que era tuya como tú me pertenecías, no en el sentido jurídico o social de propiedad sino como tuya es la sombra que tu cuerpo dibuja, tu mirada o tu ilegible ortografía.
Conque esto, finalmente, nos contó el Vigilante de la noche.
Echo en ti raíces de baobab. He llegado. Tu respiración reduce su agitado compás rojo, con el percutor del cazador salvaje amortiguado por mi caricia. Has llegado. Estamos en casa.



Led Zeppelin - Moby Dick

domingo, 21 de abril de 2013

Uñas Rojas V

Quédate, supliqué mientras tu último soplo me resbalaba garganta abajo. Habías decidido escapar horadando la pared de nuestro dormitorio con una cucharilla mediocre en vez de un martillo de gemas a lo Dufresne. 
La fuga sobrevino iniciado el tiempo de descuento, cuando ya teníamos arrugada la vida y un baúl repleto de presencias y fetiches. Te pregunté entonces por qué intentabas huir. Y, de espaldas a mí y a todo, comprendiste la importancia de las camas deshechas. Sin embargo, dentro del agujero, no podías girar, aprisionado en el túnel de la pared camino a otro mundo. Creo que ya no me recordabas ni me reconocías. Fue cuando me saludó el verdadero verdugo con su guillotina de miedo y un clavel rojo en el ojal. Y, como era de esperar, me eché temblores sobre la piel y los ojos. Pero no lloré. Solo recordé una tarde de abril frente a poniente, llena de caminantes de brazos desnudos y ganas de aire. Y me acordé de aquella pareja con síndrome de Down, parados en mitad del paseo y la gente, mirándose embelesados -y nosotros a ellos-, mientras él le acariciaba el mentón con el pulgar y ella sonreía como solo sonríen los felices. En aquel momento te pedí la eutanasia. Dame Campari, como pidió Sampedro antes de morir, pero dámelo con cianuro, si pierdo la memoria, el pie en el estribo de mi vida, te rogué.
El verdugo me saludó tocándose una cana con el clavel rojo. Estaba claro: sin nombre en tu vida, sin patente de recuerdos, era mejor morirse. Pero tú insistías en escapar en el último peaje, dejándome la última cuenta sin pagar, el último cargador vacío, la última cuneta sola.
No sé qué golpe o truco te alcanzó allí arrinconado en el boquete de la pared, pero conseguiste recular lo suficiente para volver a la cama deshecha, junto a mí. El verdugo ensombreció y fue engullido por la luz de tu boca. Alcanzaste mi mano, en la otra portabas un farolillo rojo de Ámsterdam, y me dijiste: Puta mía, ayúdame a cavar un hueco mayor con tus uñas rojas. Ya casi no recuerdo. Tomemos ese Campari juntos, al otro lado. Al otro lado nos espera Arcadia.

Win Mertens - No Testament

domingo, 7 de abril de 2013

Uñas Rojas IV

Estaba fuera de lugar, sin duda. Pero no solo yo, también el ambiente de velas y ese aire de noche loca que embadurnaba la casa: una botella de Terras Gauda bien fría, las canciones más sensuales de la Gibbons y mucho rojo derramándose.
Me había preparado a conciencia para la ocasión. Ya había pasado la línea de la resignación cuando tu palanca abrió mi puerta. Vivía al borde del estoicismo con una visión cenital del mundo y una quemadura que nadie veía. Quise darte la mano agradecida cuando me devolviste la fe, pero no pude. Estaba manca cuando llegaste. Mis feos muñones iban siempre camuflados en guantes sin dedos, como esos de los bebés; ciertas fealdades, de ser evidentes, es mejor ocultarlas. Pero no te importó, como tampoco la horrenda quemadura de mi muslo izquierdo. La primera noche ya la besaste con amor. Luego, siempre la acariciabas, como si ella fuera lo mejor de mí. Kim Phuc.
Nunca supe cómo lo hiciste, pero me creciste nuevas manos.
Me vestí aquel seductor picardías rojo con ellas.
Sentí venir la náusea. Si fuera Wilmot disfrazado de púrpura cardenalicia hubiera desentonado menos. Hay cierta fuerza centrífuga en las cosas cuando uno no encaja, como si el entorno girara por un remolino. Es la clásica sintomatología del mareo, nada particular, producto de la vergüenza.
De todos los detalles del espectáculo montado para seducirte, solo puedo decir a mi favor que el rojo de mis uñas casaba divinamente con la lencería de encaje. Allí, tumbada en el sofá, sin más que el picardías transparente, me encontraste. Tú y tu amigo. No hubo aviso ni tiempo de reacción. Tan solo pude cerrar mis invitadoras piernas cuando asomasteis al salón. La gata fue la única en responder con naturalidad, maullando y arqueando el lomo.
En la alfombra del vestíbulo quedó un círculo de babas. Nunca supe a cuál pertenecía. Mi siguiente recuerdo me lleva al baño y a la papelera donde tiré aquel maldito encaje.
La última vez que tropecé con tu amigo fue incapaz de mirarme a los ojos; yo, tampoco. Sin embargo, él no descendió la mirada como yo, hasta la punta de mis zapatos, sino que se detuvo a la altura de mi triángulo de las Bermudas. Creo que desapareció allí engullido. Como tú.
 
 
Portishead - Strangers

lunes, 1 de abril de 2013

Uñas Rojas III

Miramos desafiantes a las cuencas vacías de la muerte y tenemos hambre de todo. Sol. Aire. Música. Miradas repletas. Todos los escalofríos juntos y condensados, con la humedad rebosando los ángulos que nos contienen. Somos el vórtice desde donde todo gira. Fractales. Vintage de la vida. Un nido de sombras suicidándose en la luz. Jugando a querernos como si no hubiéramos amado nunca. Y puede que así sea realmente.
Amor, cuando lleguemos a casa, cántame una nana, me dijiste alguna vez; tu particular eufemismo de la felación. Sabías que nunca fue mi práctica favorita aquella de meterme en la boca algo que a mí ni a nadie cabría. Y yo me preguntaba cómo lo habrían hecho antes otras bocas, en otros momentos en los que habías sido una parte de lo que eres ahora. No sé dónde había leído que ciertos seres tienen la habilidad de relajar la garganta y facilitar así el tránsito y la mejor cabida. Supongo que, por aquello de la dación y entrega, algo en mí mutó. Puede que la mutación viniera de tu ternura al acariciarme el pelo o la súplica residiendo en tus ojos. Yo, entonces, bajaba con los míos cerrados. Un día recuerdo abrirlos y mirar al centro de tus pupilas, hijas de galaxias donde mi nombre reina por encima de todas las cosas. Lo intuía, pero no lo supe certeramente hasta que me vi anidando en ellas.
Alguna otra vez empujaste con la pelvis y dijiste: Un día me correré en tu boca. Habló esa parte tuya desafiante, que anhela destrozar fronteras como Livingstone ante las grandes cataratas. En cierto momento me apartabas con dulzura, tumbándome de espaldas. Luego bajabas a mis bajos fondos a succionar mi cumbre como yo había hecho antes. Exactamente igual: degustando y hundiéndote en mis pupilas como para verificar cuánto placer, cuánta presión. Cuánto.
Ya sabíamos que el amor era eso: el que parte y reparte no se queda con la mejor parte. Nos había costado toda la vida averiguarlo. Luego me besabas como si fuera a irme para siempre y me decías: Este es mi lugar. Y sentenciabas con ese algo definitivo, justo al entrar en mí como los hijos pródigos que regresan, por fin, a casa.

Te arañaré la espalda. Me sanarás el horror.
Buenas nanas.
Nuestros insomnios desertarán. Tú eres mi lugar.

 
http://youtu.be/aP8_hUXgK_U
Radiohead- Backdrifts

viernes, 22 de marzo de 2013

Uñas Rojas II

Pandora, Obra de J. Zahara

Tú hablabas de cuando aquella, de cuando esta, de cuando te hiciste viejo de golpe por un beso perdido, o de cuando abandonaste por tu biografía. Acompañaba a nuestros pasos el gemido de los pantalanes. Llevaba siete días lloviendo todas las lluvias: la vertical y furiosa, la lánguida diagonal que empapaba como caricia costados y rostros. Fueron días sin sombras hasta que al séptimo salimos a pasear y un sol cobarde dibujó tímido nuestras siluetas en los adoquines.

No mires atrás o me convertirás en sal, pensé yo. Un puñal crujía mi esternón cada vez que hablabas de tus vidas pasadas, posiblemente sin derecho alguno, porque los puñales son dictadores y traidores casi todas las veces. No sé por qué, pero vi a todas tus vidas pasadas con forma de copas de cristal: altas, finas, toscas o bohemias, posadas en las estanterías de tus recuerdos. Aquella con la que compartiste queso roquefort en el cine azul, la otra con la que aprendiste a decir te quiero en ruso; aquella de la que te despediste con un portazo en la boca, o la sensata que nadie entendió cómo quedó en la cuneta. Seré rara, pero me apeteció tanto estrellar todas las copas contra los adoquines húmedos. Y miraba el tatuaje de tu hombro y maldecía no haber estado allí para lamer la piel sangrienta.


Esa noche soñé que te ibas, que yo despedía al casero con una maleta en la mano y mi corazón dentro de un bote barato de cristal, posiblemente reciclado como el de mayonesa. Conseguí arrancármelo con las uñas pintadas del rojo de tu sangre. El casero requeriría explicaciones. Le dejé una nota en el buzón; a ti, una sobre la cama fría. Ponía en ambas: Cóbrate de la fianza.

Destrózame antes de irte. Vacíame. Hazme agujero negro, sal, piedra con tu adiós. Yo te arrancaré los labios antes de marchar.

Luego soñé que no te ibas del todo, que regresabas a lomos de mi calor y mis ganas. Pero yo había estrellado el bote de cristal contra el asfalto, justo cuando el casero me exigía cobrar el alquiler. En el hueco que dejó la víscera coloqué el reloj que te robé, regalo de una de tus vidas pasadas.

Al despertar me besaste, y yo no era sal ni piedra ni bote estrellado. Me besabas con los mismos labios de ayer, pero nuevos, con la boca de quien lleva toda la vida esperando beber de la copa correcta; siempre tan sediento hasta llegar a mí.



domingo, 17 de marzo de 2013

Uñas Rojas I

fuente: Red Nails I - The Canvas Works


Me he pintado las uñas con el rojo de tu sangre.
El Hombre de Burkina Faso ha dejado el carro de paraguas en la puerta del bar y pide una cerveza. Mira mis uñas rojas, pero sin demasiado interés. Parece no estar allí; tiene la extraña habilidad de ser invisible. Pienso si cualquiera de nosotros sería igual de invisible en su ciudad, pero pienso poco rato. La música me incita. Los rockeros cuelgan de mi fular de seda salvaje y mis rizos bailando desplazan objetos; el canalillo produce el efecto contrario.
Hay un corro de miradas persiguiendo mi cadera. Tú miras, apoyando el codo en la barra. El otro brazo cae con descuido después de apurar la cerveza. Es verdad: nunca me habías visto bailar. ¿No te conté que la gente baila como folla? Siempre dijiste que no era ley, pero fíjate, fíjate bien.

Se apodera de mí cierto aire exhibicionista. Sin embargo, me acerco a ti con la boca entreabierta y te bailo descarada; quiero dejar claro al público que tú eres el elegido y, de paso, marco el territorio como las perras con la intención de espantar a esa rubia de tetas de silicona. Las de verdad son mejores, te murmuro al oído mientras dirijo tus manos calientes y lánguidas a las mías.

El Hombre de Burkina Faso tararea alguna danza tribal y me mira con ojos vidriosos. Está cansado: diez horas pateando calles con paraguas que nadie compra. El resto apura copas y lenguas. El fular de seda salvaje cae al suelo y la música nos aleja, bien, bien lejos, donde no pretendan domesticarnos.

Volveré a pintarme las uñas con el rojo de tu sangre; nosotros no somos invisibles.