miércoles, 28 de marzo de 2012

Besarás lunares -I- Sin bragas

fuente: film La tentación vive arriba

Amalia tenía un lunar sobre el labio a lo Marilyn, pero cercano al borde de la carne rosa, que se relamía cuando el nervio venía a verla, siempre en situaciones de estrés, de indecisión, o sencillamente cuando se aburría. Como un tic inevitable, ella se relamía su lunar pegado al labio hacia el lado derecho de su cara, y cuando lo hacía, que era más frecuente de lo que ella jamás hubiera deseado, achinaba el ojo derecho como en un guiño. Aquel movimiento compulsivo le trajo más de un disgusto, dado lo insinuante que parecía a ojos del ignorante. Puesto que era repetitivo, inconsciente, y sin ningún tipo de pretensión, podía hacerlo en la cola del banco, de la panadería, mientras hojeaba una revista en el dentista, o cuando acudió al entierro de su madre, altamente agasajada por la sociedad convencional y conservadora del pueblo, de donde Amalia había escapado al cumplir la mayoría de edad. El pueblo parecía anclado en el siglo XIX, los hombres continuaban llevando sus sombreros a lo gánster, y las mujeres no enseñaban sus rodillas, incluso algunas ocultaban sus brazos, como les pasa a esas predicadoras que pasean por la rambla tratando de conquistar creyentes para su congregación evangelista. Salvo el cajero automático, los coches, y las luces de bajo consumo de las farolas, cualquier visitante podría situarse, sin ningún tipo de esfuerzo, en la época de la posguerra. Incluso cierta negrura ensombrecía el semblante de los habitantes, como si realmente hubieran perdido la guerra, o no tuvieran nada de lo que alegrarse. Amalia vivía en la capital de Isla Grande, Jauría, donde trabajaba como asesora financiera, pulcramente vestida, reducto de la conducta familiar, con sus ademanes finos de señorita elegante, pausada, erguida siempre sobre sus inmaculados zapatos de salón, cuidadosamente maquillada, y silenciosa. Amalia hablaba poco. Opinaba que las palabras vacías corrompían y por ello las medía con el mismo cuidado con el que se maquillaba. Aquella tarde de noviembre, el sol había caído en desdicha semanas antes, y apenas se dejaba ver como una amante resentida después de la trifulca, colándose escamoso entre nubes que no parecían querer marchar jamás. Todo el pueblo se reunió para el sepelio, y todos sus habitantes en edad de orar o de asistir a enterramiento, fueron pasando junto a ella, a darle el más sentido pésame, bien apretando su mano en un gesto compasivo, o plantándole un sonoro beso en su mejilla por la que aún no había resbalado una sola lágrima. Amalia lamía su lunar insistentemente, asomando la punta de su lengua jugosa mientras su ojo derecho guiñaba provocador aunque inocente. Se manoseaba las manos después de cada saludo, restregándolas contra su vestido de franela negro, sobrio y abrigado, muy apropiado para días de luto, mientras hundía su mentón en el pecho, y tal parecía compungida por la muerte de su madre, pero la realidad era bien distinta: se escudaba así de las miradas ajenas y ocultaba el tic que sabía insistente en su cara. El pelo negro azabache y liso le cubría el rostro como sendas cortinas cortadas en la raya del medio de su cráneo, ayudándole a ocultarse, pero cierto aire ventoso descorrió su pelo, y al igual que mecía a los cipreses, enseñó la lengua de Amalia relamiendo el lunar y el guiño de su ojo, hasta ese momento camuflados bajo la melena, justo cuando Don Néstor, venido de Alemania hacía menos de un año, después de emigrar en buscar de mejor fortuna y convertirse en un abogado de prestigio en la rama del derecho político, soltero y sin vida social aparente más que lo relativo a su despacho en la capital, se acercó a ella a presentarle sus respetos. Fue en ese instante que Amalia debió sacar más su lengua, cansada de tanto beso y aprieta manos, guiñó más su ojo, justo cuando el viento de noviembre levantó la falda de su vestido de franela por encima de su cintura, también a lo Marilyn y su falda al aire cuando la tentación vive arriba, dejando ver sus muslos blancos sobre los ligeros que sujetaban densas medias de nailon y, también, dejó ver que debajo de aquella aparente sobriedad, Amalia no llevaba bragas. Don Néstor paró en seco su mano y permaneció clavado e inamovible mientras Amalia sujetaba con ahínco su vestido de franela, sin dejar, en ningún momento, de relamer su lunar sobre el labio.

Besarás lunares. I – Sin bragas.
delia díaz
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PJ Harvey & Thom Yorke - This mess we're in

martes, 6 de marzo de 2012

agua mía

Mujer de Agua, Miguel Peralta


"Agua crepuscular, agua sedienta,
se te van como sílabas los pájaros tardíos.
Meciéndose en los álamos el viento te descuentan
la dicha de tus ojos bebiéndose en los míos.

Alié mi pensamiento a tus goces sombríos
y gusté la dulzura de tus palabras lentas.
Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas:
yo devoré en el pan tus trágicos estíos.

Mis manos quedarán húmedas de tu seno.
De mis obstinaciones te quedará el veneno,
flotante flor de angustia que bautizó el destino.

De nuestros dos silencios ha de brotar un día
el agua luminosa que dé un azul divino
al fondo de cipreses de tu alma y de la mía."

Carlos Pellicer Cámara (México; 1897-1977)

Nobou Uematsu - To Zanarkand





quien controla el agua, domina el mundo...