sábado, 17 de noviembre de 2012

No te das cuenta


¿No te das cuenta de cuánto ruido? Nadie escucha ya la lengua de las mariposas. Todo es ruido. La dichosa crisis no es más que un problema de oído. ¿No te parece que algunos andan un poco sordos? Algo malo nos ocurre en los tímpanos, donde el sentido del equilibrio. Uno no deja de percibir esa terrible estridencia como de pantalla de tele de los cincuenta a las tantas de la madrugada: los que están a favor de huelgar, contra los que dicen de tirar pa'lante con lo que nos echen; los que quieren hacer el amor y no la guerra versus los que quieren resucitar a Robespierre y guillotinar más de una cabeza. Y, de fondo, todo el ruido y la sordera del mundo.  
Escuchar lo pronunciado por la lengua de las mariposas no sería tan difícil si los apocalípticos callaran un tanto, no sé, quizás dos segundos de minutero; nada del otro mundo. El fin de todo llegará, por supuesto. Nadie lo duda. Pero, ¿qué necesidad hay de estar gritando todos los días “Buenos días, Vietnam” como si el napalm fuera a caernos encima en cualquier momento? Que sí, que ya sabemos que la cosa está bien jodida, que todo se nos viene encima, que no llegamos a fin de mes, que... Pero, vaya, es como si nos incitara a una continua despedida. Algo así como estar todo el rato quemando puentes o dinamitando cadenas para no tener nada a lo que amarrarse. Porque, claro, si no tienes nada a lo que amarrarte, no tienes nada que perder, ¿no?
No sé, pero no me parece que por despedirme de todo quisqui, del mundo, de mi familia, de la vida, el fin se me haga más ameno. No sé tú, pero a mí despedirme no me hace mucho tilín. Y este continuo vaticinio hecatómbico, pues, oye, como que acaba hartando. Y todo ello porque el fin se acerca, más para todos esos suicidas que se quedaron sin casa. Pero no todos nos suicidaremos, ¿no? 
Por otra parte, escuchar la lengua de las mariposas tampoco sería tan difícil si los Pinkis gastaran toda su purpurina de una maldita vez y el rosa se extinguiera por completo como le pasó al brontosaurius. Que no estoy en contra del color rosa, lo aclaro desde ya, pero siento un poco de jodienda cuando me vienen los Pinkis con su sonrisa concienzuda en plan desarme, eslogeando ese “la vida es bella”. Se me afilan todos los pelos y es como si me desembarcaran, tal día D en Normandía, todos los Robertos Benignis del mundo.
Hazte una idea: miles de Robertos Benignis multiplicándose como esporas o virus, convirtiendo en flores cada tanque y en juego cada guerra. Pues no, Hijo Mío, no seamos tan ilusos. No hay forma de hacer juego de una guerra a menos que seas la mano que mueve los tanques desde arriba. Porque el que guerrea desde abajo, entre la metralla y los cascotes, a ese no le parecerá ningún juego, créeme. Como tampoco le parecerá rosa la cosa a ningún padre en paro que no pueda llevar un cacho pan a su mesa, o a ninguna madre en paro que no pueda... Bueno, todo eso que la proclamada igualdad de géneros dice que hacen las madres.
 
Ni es tan apocalíptica la cosa ni tan pinki. Ni se arregla haciendo testamento o sonriendo que es gratis. Solo es un problema de oído; mucho ruido, mucho. La lengua de las mariposas igual nos dice que debemos educar en el equilibrio, digo yo, que, a fin de cuentas, tampoco consigo escuchar bien.
 
Equilibrio, ¿tú sabes lo que es eso?
 
 
 
Arcade Fire - Burning Brigdes