domingo, 21 de octubre de 2012

tú, que no me sabes


fuente: Paris-EFE

La empatía es una esencia extraña entre todas las esencias que conforman al ser humano. La empatía no suele darse cuando el humano ha empobrecido de espíritu, se vuelve tacaña como la luz en la noche, escasa y algo famélica puede pulular por las calles en ciertos momentos de adecuada compasión. Y, así, si ella nos roza, puede que extendamos la mano para conceder limosna al prójimo, ese vecino nuestro al que la vida maltrató hasta el desahucio. Parió el periódico una noticia escalofriante en la mañana de este domingo insípido, un domingo cualquiera que dejó de ser cualquiera, precisamente, por falta de empatía. Pero esa es otra historia. Volvamos sobre la noticia que sacudió en exceso el azúcar, esparciéndolo por mi vestido negro impoluto, mientras el mundo caminaba delante de mí hacia algún buen lugar de domingo familiar y estable. En un país cercano, en un barrio normal y empobrecido como todos los barrios, un hombre había fallecido. Eso, en principio y sin cuestionar cómo era de memorable el fallecido, no era en sí una noticia de gran alcance. Sin embargo, ocupaba una de las primera páginas del diario, como si hubiera muerto el presidente de la república o un alto cargo eclesiástico. Y todo aquel bombo mediático no era más que la resulta de destacar la soledad del individuo. Por un problema de cañerías rotas, los vecinos habían instado a la policía para entrar en el apartamento, ocupado desde hacía décadas por un anciano solitario y del cual hacía bastante que no se tenía noticia. Sucedió que el viejo eremita había muerto solo, que su cadáver yacía allí mismo, en la cama que lo había cobijado durante casi treinta años, que era un esqueleto, que estaba descarnado, que ni gusanos ni restos de carroñeros ni descomposición, y que, probablemente, llevara cadáver más de quince años. Quince años fallecido en la cama. Quince años de solitaria tumba casera. Quince años de asceta esquelético. Ni una gota de empatía resbaló por aquellas paredes cuando la medicina forense intervino para asegurar la edad del difunto, hasta que alguien, quizás más humano o tan solo menos desempatizado, cayó en la cuenta de tanta soledad inadvertida. En el buzón de correos aún se leía su nombre con el apelativo de señor abreviado.

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Empathy - Christopher Young