domingo, 23 de septiembre de 2012

juégame y paga

La fachada del casino estaba adornada de imponentes vidrieras, que eyaculaban luz coloreada sobre caras y pechos, sobre las mesas de juego, sobre faldas y braguetas. Uno debía saltar los dados truncados, el fieltro verde y sus casillas, del mismo modo que necesitaba burlar el inquisitivo girar de la ruleta rusa si pretendía acceder al salón de baile. En la batalla del zafarse, la luz arcoirisida copulaba con uno en su danza del vientre, y uno podía quedarse atrapado en las fauces de una máquina tragaperras sin condón y embarazarse de avaricia; incluso podía anclarse a la barra del bar y fornicar con el tintineo del hielo de un gin-tonic bien sexy. Pero, lo que más impedía el paso al salón de baile no eran los accesos a la ludopatía, sino Marcial, un señor con estructura de contenedor portuario y ojos de buey abatibles que, vestido como un mayordomo de época, permanecía impasible, en su postura mímica y ramblesca, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada condescendiente de un confesor.
Durante ocho horas diarias, en turnos rotativos, Marcial atornillaba su presencia al vestíbulo del casino y todo lo demás podía parecer superfluo en aquella estampa lúdica menos él; el mayordomo hacía hincapié con su sombra, como ratificando la necesidad de conciencia de aquellos que, con su superflua actitud, acudían a entregar sus tesoros a la banca.
Marcial era, en sí mismo, una cura de penitencia y, cuando los camuflados ludópatas pretendían cruzar el casino con la excusa del salón de baile, depositaban unas monedas en sus manos haciendo la vez de propina, que no era propina sino el justo precio por una vida superflua.
Los años pasaron como olas sucesivas y el mayordomo se transformó en parte del decorado, pero, a diferencia de las mesas de juegos, de las vidrieras provocadoras o las campanillas del éxito, Marcial lideraba una procesión al perdón con su mano extendida al recibir las propinas.
Cuando llegó su jubilación, Marcial no tuvo homenaje de despedida ni placa de reconocimiento a su ardua labor de estatua pontificia. Fue liquidado con cortés frialdad y un "le llamaremos para la cena de navidad". Sin embargo, llegaron las fiestas y nadie llamó a su casa. ¿Molestó ello al mayordomo? Ni gota, permaneció inmutable como había acostumbrado durante tres décadas y marcó números, hizo gestiones, llamó a clientes, relaciones públicas, hasta conseguir colocar un cartel en un local grande y amplio, también de vidrieras copuladoras, con el nombre de Real Casino. Aún le sobró dinero de todas las propinas recibidas durante treinta años. Lo justo para comprarse un estupendo traje de etiqueta, poderoso y estimulante; no de mayordomo, no, sino de hombre importante que hace cosas importantes en lugares suyos que, también, son importantes. Con aquel impoluto disfraz, ancló sus pies, nuevamente, a la entrada del nuevo local de su propiedad y, por primera vez en su vida, sonrío cuando el primer cliente depositó una moneda en sus manos para el perdón.

St. Lucia - September