domingo, 26 de agosto de 2012

no me sueltes



fuente: J.A. Dasilva

andando en el filo, en la frontera sentados, tiempo ha que nos encontramos, nada que nos reconocimos -la intuición no pudo engañarnos-, desde la primera vocal de caricia, y como una revelación vino el estremecimiento, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? no lo sé, pero lo admito; admitimos el camino que somos y aquí estamos, reforestando desiertos con nuestra saliva, un día más acá en el abecedario que nos une al margen del desfiladero, las palabras tejen lazos, bastó de apretar nudos a la garganta, un embalse más roto, la marea, comenzamos a hablar como amantes encriptados y un jeroglífico de amor dibujó las cosas, nuevamente, todas nuevas, visión noctura, rayos x, espejos que rebotan tu aliento reflejado donde dibujo nuestro nombre entrelazado como cuando de niños pintábamos con tiza los pupitres; ahora las siluetas de las cosas se difuman en tu piel, no hay más espejo que tú, decía el oráculo, y yo miré el alfeizar esperando ver aparecer la gota de lluvia que te barriera adonde los nombres pierden importancia, pero vino tu boca que besa, tu boca que habla, susurra y hace inventarios, promete, dibuja, acaricia y murmura algo en idioma antiguo sin necesidad de traducción; vimos una pareja de tórtolas asomarse por la rendija, traían predicción de lluvia, no era escoba de lluvia, era agua redentora y calor de blanca espuma, el drago nos miraba de lejos en un pueblo también lejano, toda belleza anidaba lejos hasta que tú la acercaste con tu amor de llovizna y niebla, de humedad latente, de sol y arena, de alfombras y versos, la amapola dijo que allí estaba la silla definitiva, el aire respirable, la perfecta sintonía, los arpegios deseados, el horizonte tibio, la calidez del resguardo, el volcán que ruge, la lava quemante, la piel canela y el azúcar en venas alteradas, la miel, la miel, el beso y la miel caliente de la vela de tu boca, una sobredosis de ternura envuelta en un mordisco a tu boca, a tu boca que mira y miro como si no hubiera más boca ni más mirares, donde podría morir, dormir, desmayarme;
no me sueltes, no me sueltes, no me sueltes

de la novela Cartas de una perra,
Delia Díaz
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