lunes, 13 de agosto de 2012

Canarias arde


fuente: Diario de Avisos






Cosas no incinerables,
como, por ejemplo, esta crónica del periodista Rafa Avero:
 
LA GOMERA, EL FUEGO Y LA MEMORIA; 28 AÑOS DESPUES.

28 años después un periodista de Canarias7 vuelve a La Gomera para cubrir nuevamente la información sobre un incendio forestal. El fuego ha arrasado 3.100 hectáreas contra las 900 del anterior. Esta vez, eso sí, no hubo desgracias personales. Una vez más el barranco de Benchijigua y el Roque Agando son asolados por el fuego. Algunas cosas han cambiado. Otras, desgraciadamente, no tanto.
El próximo 11 de septiembre, se cumplirán 28 años de la tragedia que se vivió en La Gomera al producirse un incendio forestal el día anterior que acabó con la vida de 20 personas. En aquella ocasión, y en horas de la madrugada, las campanas de la iglesia de San Sebastián tocaban a arrebato mientras desde un coche con megáfonos se convocaba a la población a acudir a la plaza del Ayuntamiento para organizar partidas de voluntarios que se sumaran a combatir el incendio. Las ayudas desde Tenerife llegarían a las 24 horas.
Las noticias comienzan a llegar a la redacción de Canarias7. Un teletipo de la agencia Colpisa, citando fuentes de la guardia civil, recomienda la evacuación total de la isla. Una exageración, pero hay que ponerse en marcha. Francisco González Concepción, un perro viejo del periodismo es el redactor elegido. A mi me envían como gráfico. El director me elige porque sabe que conozco bastante bien la isla y en particular su monte. A las pocas horas ya estamos en Tenerife.
El puerto de Los Cristianos, es un hervidero de periodistas, técnicos, bomberos, vecinos y voluntarios que quieren ir a La Gomera a ayudar en las tareas de extinción. Hay que llegar a La Gomera pero el ferry no está. Encontramos un pequeño barco pesquero artesanal de gomeros que va a salir hacia la isla. Convencemos a su patrón para que nos deje acompañarle.
Además de la tripulación viajamos tres técnicos de Icona, dos periodistas del ahora desaparecido Diario16 y yo. Somos muchos para las dimensiones del barco y cuando ya estamos a bordo y con el motor en marcha un alto oficial de la Armada española nos quiere obligar a desembarcar. Nos negamos. Discutimos. Amenaza al patrón pero este ordena levantar amarras y el barco se aleja del muelle y de aquel militar que sigue gritándonos sus amenazas.
Deben ser las 12 de la noche. El motor del pequeño artesanal hace un ruido infernal. El barco huele a combustible. Es noche cerrada y a lo lejos se adivina la silueta de La Gomera con sus cumbres ardiendo en rojo. Parece el infierno y hacia allí nos dirigimos. Las olas nos pasan por encima y llegamos horas después al puerto de San Sebastián de La Gomera completamente empapados.
Me acerco al ayuntamiento. Hay una cadena humana de voluntarios que cargan hacia varios land rover botellas de agua y bocadillos. Mi primer instinto es hacerles una foto, pero guardo la cámara y me incorporo como uno más a trasladar las provisiones.
Al amanecer ya estamos en el Roque de Agando, lugar de la tragedia. El escenario es dantesco. El paisaje es negro. A ratos huele a carne quemada. Un grupo de montañeros preparan unas tirolinas para poder izar en el último tramo los cadáveres que van apareciendo completamente calcinados en el fondo del barranco. Cinco de ellos aparecen en fila. El fuego los fue abrasando uno tras otro mientras intentaban huir a través del Barranco de Benchijigua.
Hay casi 100 personas y el silencio y la tristeza son absolutos. Hay dolor. Mucho dolor. A esa hora ya van unos 16 muertos contabilizados. Algunos voluntarios visten aun con las chancletas que tenían puestas en la playa cuando se incorporaron a las labores de extinción del incendio. No existía la Unidad Militar de Emergencias en aquel entonces. “La UME es el dinero mejor empleado de nuestros impuestos” me decía el pasado miércoles un campesino de Chipude. Tampoco había cuerpo de bomberos profesionales y hoy la isla sigue sin contar con ellos. Burro viejo no aprende idiomas, dicen.
Tengo que enviar las fotos al periódico. Es 1984 y no existe la tecnología digital. La Gomera tampoco tiene aeropuerto. Ahora sí tiene y hace el viaje más cómodo a las autoridades que vienen al último incendio a hacerse la foto.
Me acerco al puerto a ver si encuentro un barco en el que pueda enviar el material gráfico. Tengo suerte. Un helicóptero con autoridades, el delegado del Gobierno Eligio Hernández y el general de la guardia civil Sáenz de Santamaría entre ellos, va a salir hacia Tenerife. En él también viaja Gustavo Armas, fotógrafo del Diario de Avisos, al que le entrego 10 rollos de película destinadas a Canarias7 con las fotos más dolorosas que he realizado en dos años de vida profesional.
Hablo con el periódico desde una cabina pública de teléfonos. Estamos en 1984 y no, tampoco existían los móviles. Un descerebrado de la redacción de entonces, del que afortunadamente he olvidado su nombre, me pregunta si tengo una buena foto de algún cadáver. “Tengo un primer plano de un cadáver desnudo y completamente quemado en medio de la carretera, le digo. Va a mitad del rollo número 7, tras unas tomas del Roque Agando”. “Genial, me responde”. La foto es una de las que se publican. Es el cadáver de un pajarito del monte calcinado. Al que quería caldo de sensacionalismo, dos tazas de ética.
Llevo unas 30 horas trabajando. Sin dormir. Agotado. Mi ropa huele a ceniza. A unos 10 metros un grupo de adolescentes lloran abrazados al enterarse de la muerte de un amigo en el incendio. Click, click. Les hago dos fotos. No me da tiempo para más. Uno de ellos levanta la mirada y me ve. Corre hacia mi y todo su dolor lo encauza en rabia mientras me grita: “periodista, hijo de p...”.. Comienza a golpearme y aun hoy no me explico como conseguí esquivar sus golpes con mis brazos protegiéndome. Protegiendo el equipo. Un grupo de personas consiguen apartarlo de mi y me alejo caminando en busca de un lugar donde pasar la noche.
No consigo relajarme en la habitación. Tengo casi 21 años y salgo a pasear intentando asimilar la tragedia de la que he sido testigo en las últimas horas. El joven que me golpeó me ve y se acerca. Me hace gestos con las manos para que lo espere. Nobleza gomera obliga. Me pide disculpas. Dice que ha perdido en el incendio a sus tres mejores amigos. Me ruega que le perdone. Nos abrazamos y lloramos los dos.
Han pasado 28 años. La isla ha vuelto a arder. Y hay cosas en esta isla, y en la vida, que ni el fuego consigue incinerar.