miércoles, 18 de mayo de 2011

¿qué canta tu alma?




A las persianas les nacen rendijas cuando se abren,
y un haz de luz se cuela por ellas,
llenas de motitas de polvo suspendidas
en los rayos de sol.

Tuve una visión en uno de ellos,
justo antes de dormir:
dos escarabajos copulaban con sus alas abiertas
y, después de separarse, un hilo dorado colgó,
rayo de luz abajo, hacia el suelo.

Al despertar, todo estaba tan oscuro,
hasta que sentí la cortina oscilar.
 Las velas fueron apagándose,
el fuego íntimo mermó al final del viento
y yo pude respirar nuevamente.
Me había olvidado de hacerlo.

Con la última vela sentí
una punzada en el esternón:
alguien me extraía líquido medular para analizar,
depositándolo con cuidado en una probeta vertida,
a su vez, en un vaso de tubo con dos cubitos de hielo.

Sonreía mientras mi esternón se hundía al peso de la extracción,
y yo me sentía desinflar, allí,
tumbada sobre la barra del bar que tanto se parecía a una camilla.


Fue entonces cuando habló,
sin dejar de mirarme al túnel de mis ojos,
sonriendo, con una voz madura y rota,
tan parecida a un chevrolet corvette descapotable,
y me dijo:

Hola, preciosa,
¿quieres mancharme los asientos de cuero blanco
con la médula que te sobra?

Qué podía decirle si ya la daba por muerta…

Quería sentir el viento enredándome los rizos.

Abre la capota, susurré, pero hazlo suave, muy suave,
que sienta el chirriar de tus bisagras contra mis pezones;
hazlo suave, no muerdas, no muerdas…


Y el chevrolet murmuró:
 
Cuéntame, Mujer, ¿qué canta tu alma?
 
 
Aunque seas mi muerte,
me quedaré junto a ti.
 
 
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