martes, 10 de mayo de 2011

cristales desde Bavaria



La lágrima cristaliza en los huecos y rellena charcos,
mezcolanza de amapolas y sedantes tiernos.
Importaba derramarse sobre la cal viva que procede
de las espinas secas y los laureles muertos.

Y continúa rodando por las pendientes que no cesan.

Comprendí algún pormenor de Auster, mas no todos.
Y sigo siendo un muro, por fuera y por dentro, cincelado.
Me escribo desde adentro con trozos de espejos rotos.
Pero ahora, si cierro los ojos, veo colores tras el párpado.




tengo una extraña sensación últimamente: es cómo si los trozos de espejo se reprodujeran, bien por cópula desenfrenada o por osmosis o clonaciones varias realizadas en probetas, higiénicamente manoseadas, y aunque los colores se deslizan corriéndose tras el párpado como una cortina de agua, los trozos de espejos brillan y rebotan todo, absolutamente todo, hasta que me siento rebotar a mí misma contra el antiguo muro y ya no sé si me licúo, si soy barro, yeso, cemento o esparto, hasta que me asomo a cierta terraza que dispuse, eso sí, muy precavidamente, antes de llegar al gran ojo, y miro por la barandilla, me asomo sin miedo y contemplo cómo el mundo se columpia en el filo de la daga...


y entonces, con espejos multiplicados, con colores estrellados, con la catarsis de los embobados, yo renazco sonriendo, como el jodido ave fénix, mientras lloro cristales sobre raíles de cianuro



¿no te parece de lo más ridículo?