lunes, 18 de abril de 2011

confesiones tras los cristales -II-



Descifremos sueños, más si envueltos en seda cubren la piel ante las palabras sucias que el mundo pronuncia
y yo ya no quiero escuchar. Ligados estuvieron los ojos durante la luna llena a un minuto en suspensión,
balanceados sobre las nubes.
Yo estuve allí,
donde el rojo amapola cubría el asfalto de mis delirios.

Aún puedo recordarlo, y aún lo sueño:





“”” A modo de arcilla, mi piel se reblandece bajo tus manos.

El índice de las reclamaciones me señaló desde la grada, pero los violines comenzaron a endulzarme por dentro y ya no hubo forma de caer en sus reproches.

Me acerqué hasta él, convenientemente sorda, y chupé sus huellas hasta desgastarlas. Sentí cómo bailaban en el cielo de mi boca cada línea redonda de su identidad, ahora envuelta en mi saliva hambrienta, acariciándome la lengua que se había vuelto muda como ellas.

Fue entonces cuando el árbol me dijo: Estás bien, aunque dure un instante, estás bien. E increpó: Calla y besa. La corteza se arrugó tras mi espalda y pude comprobar de qué material está hecho el gozo: redondo y dulce como un caramelo que se deshace sobre la lengua. Me di la vuelta para centrarme en su boca. Endúlzame, cantaron las sirenas a lo lejos, mientras yo dibujaba en la corteza del árbol el corazón de siempre, con las huellas del índice de las reclamaciones que aún me quedaba en los labios.

Y bailando mis labios sobre los suyos, bailando mi lengua con la suya, me despegué para poder comprobar sus ojos canela, tan llenos de almidones como las buenas alcobas. Me gusta que nuestras lenguas bailen un vals antiguo, sentí que me decía en un arrullo. El perfume de los inocentes poseía aquel beso, adherido con ternura.

Abrázame por dentro, gritó mi esternón dislocado. Y él, amplio y fuerte como los árboles perfectos, plegó su copa ante mi pecho y retorció el esternón hasta colocarlo. Fue entonces, y solo entonces, cuando dejó de doler. Fue entonces, y sólo entonces, cuando erguida sobre su copa contemplé el bosque en su plenitud. Ahí, quieta y sedada, las hojas verdes cantaban mi alegría entre las manchas rojas de las amapolas, que aún podía ver cubriendo el asfalto.

Sé que pensé: es una pena no poder elegir cuándo y qué sueño… O, ¿sí?.


Pronto volverá el otoño.""""
 
 

Confesiones tras los cristales -II- A modo de arcilla.
delia díaz.


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