jueves, 25 de noviembre de 2010

el verdadero club de los despiadados










La historia como debí contarla:

Hace ocho meses me incitaste. Ello me llevó a usar este blanco impoluto para vomitar lo que nadie quiere ver. Aún habiéndome desprendido de todos los trajes y sus manchas, sigo sucia, condenadamente sucia.

Soy el mono que ríe bailando sobre las heces del mundo, el bufón de la vida, quien levanta caretas y descubre la verdad de todo lo que su sombra esconde.

No habría piedad en mí, ni sonrisa curativa, de no ser por tantos que amo.

Siempre planea esta lucha interior: el lado oscuro desea brotar por mis grietas, desplegarse poderoso, pero el lado amable es terco y sonríe a pesar de todo. Siempre hundida en esa batalla que no me pertenece, pues fue fabricada por los deseos de otros. Si estuviera totalmente sola, abandonada en una pequeña isla desierta del Pacífico, apenas sonreiría. Buscaría una piedra blanquecina, le pintaría una cara con la sangre que extrajera de un corte hecho para la ocasión y la llamaría Wilson, le hablaría de los días de las ratas, de la condensación del ácido, del estómago agujereado, de la palabra que se me resiste como buena doncella, de la pesada y verdadera tristeza, de la pérdida de la fe. Y, apenas sonreiría. Estoy convencida.

Sonrío para vencer mi infierno, para facilitar digestiones ajenas amadas, para mantener la pértiga de mi vida alzada, lista para saltar vallas y desiertos. Ese es mi lado amable, pero tengo la piel sembrada de agujas invertidas. Siento los pinchazos cuando alguien me acaricia o me abraza, y permanezco prudentemente callada, sin asomo de dolor ni miedo. Nadie percibe la masacre; mi verdadera carne es invisible al mundo.

Entonces siento cómo planean sobre mi cadáver las sonrisas que aborté, y me rindo y las busco entre las cloacas, las recojo con mimo y las acuno en posición fetal, antes de pudrirme del todo.

Lo hago por amor. No sé si dar las gracias o cagarme en dios cada vez que alguien me ama. No sé si me conviene seguir afrontando el negro que me engulle con la luz del amor. Mis amados alientan a la niña que aún me habita, la instan a seguir sonriendo, insistiendo. Pero ella sólo quiere que tú la abraces y comprendas el azufre que me consume.

Estoy cansada, terriblemente cansada.

No consigo sostener cabalmente abierto el párpado.

La niña que aún me habita se resiste al vaciado del hueso, se balancea detrás de mis ojos, colgada y mostrando las rodillas llenas de sangre. Ella me dice: No te dejes seducir por lo que cantan las grietas, aún debes vomitar tu líquido amniótico podrido. No dejes de sonreír.

Mi niña salta a la comba con mi intestino delgado; es cruel, y endiabladamente hermosa.

Sé que no te gusta, pero ella está enamorada de ti. Piensa que tu dolor magnífico sepultará al suyo y me perdonará el negro hasta consumirlo. También cree que su poderosa sonrisa limpiará tu pus y te hará feliz.

No quisiste nada de eso: tan sólo apartarte y respirar a solas, a solas, a solas.

Sé… Pero es una soñadora incorruptible, está incapacitada para perdonar al que no esté roto, y jamás conseguirá olvidarte.

Vive únicamente para columpiarse en un vértice apenas visible de la esperanza, deseando la ames. No te engañes: se pegará a ti como una garrapata, ansiosa por chuparte la sangre y la vida para seguir batallando contra mi abismo, y vencer al diablo que parió mi madre.



Si pudiera, si estuviera en una isla desierta, la estrangularía.





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