lunes, 3 de mayo de 2010

vuestra alma, de un trago...



Yo os confieso, tras la dejadez de la azucena marchita, que vomitaré todas mis almas, y tan cierto lo digo como cierta es la palabra en mi boca pronunciada, vomitaré todas mis almas para tragarme la vuestra.


Así, en pieza entera, indigesta y dolorida, quebrada y oscura.

Mi sonrisa cuarteada y muerta perecerá para siempre en las ciénagas donde braman los condenados a muerte, porque suyo es el fin de los días de llanto.

Aún viendo en vuestra alma una belleza auto-mutilándose en vivo, mientras los aplausos segregan de la humanidad al más prudente, y el bullicio engulle la agonía y el desespero.

Incluso adivinando en ella las pisadas de Mefistófeles siguiéndome las huellas, olisqueándome la piel tras el rastro de la derrota, en esa pose de predador sobre la carne culposa, sabedor de la caza mayor entre mis entretelas.

Y serán ellas, mis entretelas, quienes me adviertan del mal aliento de vuestros despojos, de esos aires de muerte que vienen por la esquina a llevarse el último rayo que me acarició el pelo.

Entonces, cuando el caos y el desorden arriben a mi mundo, cuando todo se venga abajo, tan abajo hasta descuartizar los relojes y los deseos, yo vendré a tragarme vuestra alma, tan corrupta como la mía, tan desposeída y sin nombre como las lápidas invisibles de los campos de concentración y miedo.

Consciente de que con ello maldigo mi última hora y la vuestra, pues mi digestión nos encerrará en un lodo incierto y oscuro, profundo como la fosa de las marianas, donde la luz jamás llega.

Pero sabed que tal oscuridad no es tan cierta, pues aún aquí, a expensas del aire corrupto y de las venas que laten, la oscuridad tejió tal suerte de enredos que la ceguera de la telaraña nos enredó los párpados.

Así pues, a sabiendas del fin marcado y del camino del averno, vomitaré todas mis almas y me tragaré la vuestra, pues de nada me sirven ya los ojos, los puños y los besos, sin ella.



De un trago. 03/05/10

Delia Díaz



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