lunes, 17 de mayo de 2010

Transmutación terrible.



PROLOGO:

Este es un cuento de cómo una orquídea corazón quiso convertirse en la flor más rara del mundo y de cómo la flor más rara del mundo quiso convertirse en una orquídea corazón.


Lacandonia schismatica, la flor más rara del mundo, es blanca, casi transparente, y no tiene clorofila. Parece un hongo pero es una flor. Mide menos de dos centímetros, vive escondida entre la hojarasca, cubierta por la exuberancia de grandes árboles que la alejan del sol. Carece de pigmentos que sinteticen azúcares para alimentarse a sí misma y por ello vive en simbiosis con un hongo microscópico que habita dentro de ella. La diferencia fundamental entre ella y las aproximadamente otras 250 mil especies de flores es la relación espacial que presentan sus órganos reproductores, cuyas flores poseen estambres en el centro y están rodeados por los carpelos. Exactamente al revés de todas las demás. Otra singularidad es que sus flores son hermafroditas, es decir, es fertilizada antes de que la flor se abra, por lo que siempre se auto-fecunda, no necesitando ningún otro ser en este proceso.





Orquídea Corazón - Laeliocattleya hybr, procedente del Amazonas. Como singular detalle, las Orquídeas Amazónicas no tienen conexión directa con la tierra, sino que sus raíces se adhieren a las ramas de los árboles. Crecen a más de 25 metros de altura, porque sólo a ese nivel reciben la luz que necesitan para sobrevivir; pero no se alimentan del árbol, sino que se nutren únicamente de aire, humedad y luz. Está dotada, según determinadas creencias sobre terapias florares, a la trasmutación de energías, al amor en sí. Según las mismas, esta orquídea actúa sobre el chacra del corazón, permitiendo que las energías bloqueadas en el plexo solar asciendan, con lo que gracias a su trabajo de limpieza y liberación, se le supone la virtud de superar nuestros miedos, renunciando al egoísmo y permitiendo al humano abrirse plenamente a la generosidad del amor.

I. La mudanza.

Hace unos años, dos estudiantes del Departamento de Botánica, de la Facultad de Biología de la UNAM, en Méjico, siguiendo el rastro de los descubridores de esta extraña flor, también pertenecientes al Instituto de Biología de la UNAM, se dirigieron al estado de Chiapas, de dónde la misma es endémica, como parte de un estudio que debían realizar. Con la debida delicadeza, dada importancia del estudio como de la flor en sí, la sustrajeron con parte de la hojarasca donde residía esta miniatura extraña y la llevaron a su laboratorio. Una vez allí, la depositaron en un lugar apartado con vistas a una hermosa orquídea corazón.

II. El encuentro.



Es extraño lo blanco, casi transparente que es este ser, pensó la orquídea corazón. Si está aquí, definitivamente tiene que ser una flor, no otra cosa, porque estos humanos de aquí son muy metódicos en todo. Mira que es rara, tan pequeña y esas cosas que dicen de ella. Me gusta. Tiene que ser estupendo ser la flor más rara del mundo. Yo soy bonita, claro está, eso nadie la duda, y muy especial dentro de mis hermanas, tan roja y vistosa que siempre llamo la atención, no nos lo vamos a negar a estas alturas de la evolución, aparte de que es sabido mi poder curativo sobre el corazón humano y sus dolencias sentimentales, pero ella es tan perfecta, tan especial. Un salto evolutivo más, un peldaño espectacular protagonista de los más avanzados ensayos: el centro del universo botánico. Me gustaría ser tan especial como ella.

La flor más rara del mundo podía leer en los labios de la orquídea corazón, pero no tenía la capacidad de escucharla, la evolución extraña que la había convertido en lo que era, en un espécimen único entre todas las flores del mundo, también le había negado ese pequeño y tan vital detalle: el oído. Aunque no era quizás el mayor de sus problemas, porque tampoco tenía la capacidad de verbalizar sus pensamientos, con lo que la conversación entre ambas, mucho se temía, iba a desembocar sin lugar a dudas en un diálogo entre seres interplanetarios. La orquídea corazón hablaría con esos labios carnosos, sugerentes y tan apetecibles, pero ella no sería capaz de responderle, por más que ya hubiera aprendido a leer tanto en los labios de ella como en los de la corteza del árbol, de la hojarasca, de las hormigas y de todos aquellos seres que se acercaban a ella en medio de la selva de Chiapas, pero tenía un color rojo tan intenso y era tan especial, que el deseo de parecerse a ella la sobrecogió.


III. El conocimiento.


La Lacandonia, encerrada en su mutismo hermético, fue dejando un rastro de ideas sobre ella misma, porque sabía que ella misma estaba dándose a conocer con su sola presencia allí, e intuía que la orquídea no era boba, y podría descubrirla con el simple hecho de observarla. La orquídea, segura de la sordera y el mutismo de la Lacandonia, hablaba y hablaba como para sí misma, aún sabiendo que no era del todo cierto y contó y contó hasta lo incontable. En esa transmisión de datos, aparentemente unilateral, ambas descubrieron el conocimiento mutuo y extenso de la una sobre la otra, de una forma casi imperceptible a la vista, pero absolutamente real y consciente

Entre tanta conversación y conocimiento, la Lacandonia descubrió su particularidad, pero lejos de verla como una ventaja evolutiva la sintió como un defecto, asumiendo su deseo íntimo de ser roja como la orquídea, hermosa y bella, gigantesca, y no el ser insípido e incoloro, pequeño y apenas visible que era. Del mismo modo, la orquídea corazón tomó conciencia de su deseo primigenio, de su afán por apoderarse de los misterios que envolvían a la Lacandonia, acrecentándose aún más ese anhelo por convertirse en la flor más rara del mundo, porque ser una más entre millones de congéneres sin ningún tipo de peculiaridad, suponía a la orquídea corazón una gran decepción hacia sí misma, admitiendo, además, su deseo de dotar de color y corazón a la flor más rara del mundo, tan insípida y triste como la veía.


IV. La transmutación.

La orquídea corazón, en su apreciación de la falta de color de la Lacandonia, confesó abiertamente su deseo sin ningún tipo de decoro, consiguiendo con ello, en un intercambio de comercio lícito, parte de la singularidad de la flor más rara del mundo –porque roja serás más bonita y el amor te sentará bien-. La Lacandonia, por su parte, confesó su deseo ferviente de llevar a cabo tal intercambio mercantil, adquiriendo con él la habilidad de hablar, escuchar, y el color rojo que tanto ansiaba, realizando entonces el pacto más sublime habido entre especies tan alejadas en las ramas botánicas.


V. La concreción.


Llegados a este punto, ambas flores se unieron sellando el pacto ante el asombro de la comunidad científica, fundiéndose, para luego desprenderse nuevamente en dos individuos bien diferenciados, con el descubrimiento más asombroso del mestizaje y la mescolanza: la Lacandonia había adquirido todos los beneficios deseados de la orquídea, del mismo modo que la orquídea se había convertido en la flor más rara del mundo, asumiendo para sí las características que ambas habían deseado la una de la otra.


VI. La visión.


Ambas, una vez finalizada la transmutación genética, se contemplaron a sí mismas percibiendo un efecto secundario no deseado. La orquídea corazón descubrió la pérdida de su color rojo, volviéndose entonces en un ser pálido y sordo-mudo, del mismo modo que descubrió la terrible soledad que implica no necesitar a otro congénere para multiplicarse, con lo que el amor, a lo que ella –como buena orquídea corazón que se precie- estaba encantada de estar sometida. Es más, la orquídea corazón sólo pretendía eso en su vida, sólo que aún no había sido machada y exprimida en un mortero adecuado para extraer tan bellas propiedades.

Por su parte, la flor más rara del mundo, había perdido toda sus magníficas características, volviéndose roja y extraña entre los de su especie, escuchando más allá de lo recomendable dada su falta de costumbre, con lo que el ruido le resultó insufrible, aparte de poder verbalizar todos sus pensamientos que, como podía preverse dada su falta de diplomacia y buenas maneras, no fueron del todo bien recibidos por la comunidad.


VII. La conclusión.


Una vez tomada conciencia por parte de ambas de tal suerte de inoportunas transferencias que en nada les estaban resultando beneficiosas, la conclusión era más que obvia: alejamiento. En un intercambio, ya del todo irreversible, en el que se habían perdido las singularidades que les eran inherentes, la transmutación genética las había llevado a una no deseada soledad, apartadas del resto de su especie, incomprendidas, raras, extrañas, asumieron tal conversión y su nueva genética de una forma poco amistosa, plantando el odio entre ambas, que creció y creció en desmesura. La Lacandonia culpaba de su miseria y desolación a la orquídea, sintiéndose engañada; y a sí misma por el deseo insano. La orquídea corazón se culpaba así misma por su estúpida pretensión, además de odiar la llegada de la Lacandonia y culparla por la horrible metamorfosis sufrida. Convertidas ambas en seres extraños y para nada atractivos, desconfiados, irascibles, e incluso violentos, fueron rechazadas por la comunidad científica y el resto de las especies, condenadas a vivir en soledad, asumiendo en sus tallos la desdicha que tal deseo en ambas les había acarreado, con lo que, al paso de un tiempo no excesivamente largo, ambas se marchitaron y murieron sin ser capaces de mirarse, ni cruzar comunicación nunca más.



Transmutación terrible.

Delia Díaz

Escrito en la Ionosfera, a 17 de mayo de 2010



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