miércoles, 5 de mayo de 2010

Globo.




"Llegará el rey de los bárbaros, bombeando truenos sobre los tejados.
Puedo mentirme y sentir sus pisadas en el pasillo."

Se me quemó la uña con el porro. Y el tripi me estaba haciendo efecto.

Recuerdo eso. Sí. Recuerdo cómo los ojos me bailaban descentrados y la habitación se balanceaba como en un columpio del parque, y olía a uña quemada de desierto y legaña y sed y hambre y…


“No tengo piel ajena que tocar.
Tanta carne solitaria me duele.
Pero no me apetece carne ajena.
Mis dedos sirven para todo.
Sin embargo, siento al rey de los bárbaros goteando baba sobre mi coronilla.
Baba hermosa, baba apetecible, baba blanca como las corridas.”


No sabía encontrar el reguero de mis pasos de vuelta.

Recuerdo ese rato.

Recuerdo el tic tac del despertador pegado a mi oreja izquierda, y recuerdo como mi cuerpo se diluía en las baldosas frías de la habitación. Alguien había quitado la alfombra. Estaba en el suelo, apoyada la cabeza en la cama. Desnuda. Con un porro entre los dedos ya moribundo, que se resistía a perecer en el cenicero.

Demasiada luz entraba por la ventana, así que debía ser mediodía. Un día de fiesta, posiblemente. De esos días en los que el trabajo no dominaba mi rutina y me hacía parecer un ser humano, y no cucaracha. Pero era un engaño, pues en el curro era más cucaracha que fuera de él. En él, era un autómata con un montón de cables y botones rojos que no podían tocarse. Era un par de piernas calzadas en tacón de aguja, un traje chaqueta impoluto, pelo atado y ojos sin vida. Fuera de él, era muro y piedra, hierro y azufre, estómago revuelto y legañas, pero tenía vísceras, tenía algo de carne, algo de alma, algo de prensa de corazón roto y deseo descompuesto.

Recuerdo el agujero negro del pecho.

Recuerdo la llamada de la muerte.

Recuerdo el olor a uña quemada.

Siempre fui una cobarde para el suicidio. La muerte se burlaba de mí, de mi incapacidad para alcanzarla, y me decía algo así como “eres una perra cobarde e inútil”.

Recuerdo inflarme, hincharme de aire sucio de cloaca llena de ratas que cagan y mean unas encima de otras mientras se comen los descompuestos de sus congéneres, previamente asesinados a dentelladas por ellas mismas, en un ataque de canibalismo hambriento.

Recuerdo el párpado hinchado de tal modo que me era imposible ver, mientras mi cuerpo ascendía y ascendía buscando una salida al exterior, buscando la ventana abierta de la habitación.


Una salida, una salida, una puerta que me libere.


Hoy es 05-05-10: 5+5=10


Diez es sobresaliente. Diez es perfecto. Diez mandamientos. Diez cadáveres.


Ahora mismo he vuelto a ese minuto. Huelo a uña quemada. Huelo a porro. Huelo a cloaca, y soy un globo de mierda, ligero como el helio, flotando perdido por la estratosfera, pensando en ti, en ti, y en ti...



Globo. 05-05-10


Delia Díaz


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