martes, 18 de mayo de 2010

dios está en los bares


Veinte grados sur, dieciséis este, en una latitud desconocida porque apenas sé de meridianos ni localizadores.


Los mapas de la vida esconden jeroglíficos que jamás entendí.

¿Os dije que olvidé cómo llorar? Sí, creo que sí. Era demasiado dura y las rocas no lloran, me dijeron. No está bien visto que una roca se derrame y no hay pañuelo lo suficientemente fuerte para secar sus lágrimas, sin caer hecho jirones sobre la tierra enmudecida. Porque el llanto de la roca duele a la tierra, como cuando se abre al parir demonios.


Una vez contemplé la abertura del cielo en cesárea de dónde brotó un ángel hermoso. Dichosos los iris que vieron tal espectáculo, pues nada quedará intacto ni sucio después de ello. Pero hasta eso olvidé. Así quiero creerlo. Olvidé cómo nació el ángel, pues también contemple a la tierra pariendo demonios por doquier. Y fueron tantos y tan perfectos en sus siluetas macabras y en sus intestinos hediondos, que la visión del ángel quedó repudiada en algún lugar de prohibido acceso a la que escribe.


Aunque, a decir verdad, no es tan cierto lo contado como lo realmente sucedido, pues quién venda mejor el iris no es el demonio ajeno que aletea con sus serpientes quebradas envenenando todo lo tocable, sino el demonio interno que emerge como la espuma de una cerveza severamente agitada en un bar atestado de almas hambrientas y solitarias, esas que buscan con los ojos en los ojos ajenos algo de compañía y tertulia con la que llenar huecos imposibles de llenado, pues los vacíos íntimos sólo saben arroparse de amor brutal y tierno, de amor descalzo y sin pertenencias, de comunión y sincronización de órganos vitales ajenos que, comulgados con los propios, laten a un mismo ritmo. Esa cadencia preciosa se valora aún más cuando uno llega a esos bares, con los ojos oscurecidos de la tristeza infinita, de la soledad absoluta que corroe todas las células que nuestros progenitores juntaron para crearnos, deseados o no, ilusionados o no, pero que juntaron en un acto de unión perfecta llena de cosmos y vidas, en un acto dónde la perfección existe y ahí se queda. Y es ese acto, esa unión sublime lo que nuestras hambres insatisfechas buscan y buscan, no por el hecho de la procreación de la raza, sino por la certidumbre de saber que no estamos solos.


Siempre dije que prefería ligar en una iglesia que un bar. Me repudian las barras como a la peor de las putas y creo que sé por qué. Me siento en el taburete y contempló a mi alrededor con absoluto y demoledor desprecio hacia todos mis congéneres, algo que también me pasa en los supermercados, en las farmacias, en los hospitales, en el tranvía, en la rambla, en la panadería, en mi casa…


Y sonrío con ironía y elevo la comisura posando la mirada donde más duele, adentro, adentro, adentro, y entonces veo lo que los demás no quieren enseñarme. Siempre tengo un primer pensamiento ante el escándalo, que los hay y muchos, y es la esperanza de estar equivocada, de que sea un error inconcebible, de que es mi mente enferma la que juzga sin motivo ni causa porque, entre otras cosas, no debe hacerlo, no es digna merecedora de la oposición a judicatura, no es concreta en lo simple ni en lo sencillo, busca subterfugios dónde no los hay y si no los encuentra, los inventa, con lo que la situación de la mente juzgadora no es la propia para tal menester. Y en esas me hallo, quitándome galones que no merezco ni preciso para poseer algo de esperanza sobre el mortal que a mi lado toma una cerveza, sujetándola con la mano mientras mira el espejo –que siempre está curiosamente colocado enfrente de las barras de los bares- contemplándose y auto-compadeciéndose, restregando en el borde de la jarra sus miserias, en tanto sus ojos se clavan en el espejo y mastican la soledad de verse reflejado en conciencia, cuando, casi sin querer o perfectamente premeditado, sus ojos se tropiezan con los míos. Oh, sí, bendito el tropiezo de ojos directos a la retina que engulle ávida de compenetración y concreciones cósmicas, ávidos de reconocimiento mutuo, de lamidas lastimeras sobre las heridas propias, buscando en las ajenas un reflejo de las mismas, del mismo modo que las retinas se clavaron en un punto común en el maldito espejo. Pero entonces, la magia se rompe cuando el ajeno abre la boca y una, que no debe juzgar más allá de su miserable huella digital que no sabe a nada más que a rancio, se pregunta entonces para qué demonios mira al fondo del ojo.

No me gusta la cerveza.

No me gustan los bares.

No bebo cerveza.

No voy a bares.

No me gustan las iglesias.

Pero sí voy a ellas. A veces me siento en un banco, quieta y callada, junto las manos mentirosamente y hago que rezo y pido y suplico. Después, me arrodillo durante más tiempo del que mis rodillas, buenas conocedores del acto de arrodillarse ya desde muy temprano, son capaces de soportar. Cierro los ojos y hablo con un dios que no me escucha ni me interroga ni me cuestiona ni me perdona ni me castiga ni me mutila ni me restringe, pero no le veo en la iglesia, no. Le veo en los bares, esos a los que no voy para no encontrármelo.

Cuando escapo, las ataduras pesan menos que las plumas de las notas de Corelli sobre mi mano mientras la bailo al son de sus acordes.

Y el mundo y yo, pesamos tampoco entonces…


Dios está en los bares


Delia Díaz






Escrito en Venus, a 18 de mayo de 2010

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