viernes, 30 de abril de 2010

memoria descalza




Él es tan hábil.
Con palabras.
Palabras sueltas o enlazadas,
que se prenden en mi oído.

Yo trato de no escuchar.

Cierro los ojos y pienso que no.

No es cierto.

No escucho tan siquiera mi propio latido
que retumba desordenado saliéndose del escote,
y sube y sube y sube y sube sin importar
gravedades o miedos.

Él sabe hablar.

Él sabe,
sabe cómo preparar frases que se quedarán en mi cabeza,
retumbando con ecos extraños,
como un déjà vu vivido y revivido,
como un péndulo oscilante que hipnotiza,
como un hilo de seda entre la retina
colgante...

Pero no quiero escuchar.

Quiero cerrar la puerta entornada que pesa.

El miedo calza cristales.

No quiero suelos movedizos.

No quiero caracolas en mi oreja.

Que se pierdan las elegías que mi corazón canta
en sus sílabas malditas.